Hace apenas un año, por estas fechas, estábamos mordiéndonos las uñas con todo lo relacionado con Eurovisión. Melody era un fenómeno viral con Esa diva y la expectación era total. La ilusión por el festival había vuelto a España después de que RTVE recuperase el Benidorm Fest y Chanel nos regalara ese tercer puesto que supo a victoria.
Sin embargo, las polémicas que salpicaban la participación de Israel, que casi ganó el festival, en pleno conflicto bélico en Gaza, provocaron que la cadena pública decidiera salir del concurso. Algo que ha sido muy aplaudido por los eurofans y muchos países del resto de Europa.
Lo que durante años fue una mezcla de kitsch, himnos pop y celebración de la música se ha transformado en un campo de batalla político. La decisión de RTVE de abandonar Eurovisión no solo abrió una grieta institucional dentro de la Unión Europea de Radiodifusión (UER), también activó una reacción en cadena que amenaza el músculo económico y cultural del festival.

Melody en Eurovisión con ‘Esa diva’
España era uno de los países clave del llamado Big Five, el grupo que sostiene financieramente el certamen. Su ausencia supone una pérdida de audiencia, patrocinio e impacto digital en uno de los mercados más activos del festival. De hecho, varios análisis publicados en las últimas semanas apuntan ya a una caída significativa en reproducciones de las canciones oficiales y menor conversación social respecto a ediciones anteriores. En muchos foros de eurofans se habla incluso de una edición «desinflada», marcada por el cansancio y el desgaste reputacional del concurso.
La UER intentó contener el incendio presentando Eurovisión como un espacio «neutral», pero esa narrativa hace tiempo que dejó de funcionar. La guerra en Gaza convirtió el festival en un escaparate geopolítico y, según diversos medios internacionales, Israel habría utilizado el certamen como herramienta de «poder blando» para mejorar su imagen exterior.

Dana Internacional en el Festival de Eurovisión 1998
La contradicción es evidente: Eurovisión presume de diversidad, inclusión y valores progresistas mientras evita posicionarse ante conflictos internacionales que atraviesan de lleno a sus participantes. Y esa ambigüedad ha acabado pasando factura. En Viena, sede de la edición de este año, el despliegue de seguridad está siendo inédito, con protestas previstas, controles reforzados y tensión permanente alrededor de la delegación israelí.
La retirada española, además, ha legitimado el debate dentro de otros entes públicos europeos. Portugal, Islandia o Irlanda han vivido presiones internas similares en los últimos meses, y figuras clave dentro del certamen como Nemo y Conchita Wurst han mostrado su malestar por la participación de Israel.

Nemo, ganadore de Eurovisión 2024.
Lo que antes parecía una postura aislada empieza a verse como el síntoma de un malestar más profundo: la sensación de que Eurovisión ya no puede separarse de la política aunque siga fingiendo lo contrario. Paradójicamente, el festival se enfrenta ahora a una crisis de identidad justo cuando celebra su 70 aniversario.
Televoto ¿fraudulento?
Recientemente, The New Yorks Times ha publicado una investigación que ha terminado de dinamitar la confianza en el sistema de votación de Eurovisión. Según el reportaje, Israel habría financiado desde 2018 campañas digitales destinadas a incentivar masivamente el televoto en distintos países europeos, España incluida.
El caso español llamó especialmente la atención porque Israel obtuvo el máximo apoyo popular pese a que las encuestas reflejaban una opinión pública mayoritariamente crítica con el Gobierno israelí. El informe sostiene que, debido al reducido volumen real de votos necesarios en algunos países, «unos pocos cientos de personas» organizadas podrían alterar el resultado final.
Aunque la UER niega irregularidades y defiende la seguridad del sistema, el organismo ya ha tenido que endurecer normas sobre promoción del voto tras las últimas polémicas. El problema es que la sospecha ya está instalada: si el televoto puede ser influido políticamente, Eurovisión deja de parecer una fiesta para convertirse en otra guerra de propaganda retransmitida en prime time.


