A pocos días de la celebración del Orgullo, una investigación impulsada por Orlander pone cifras a una realidad que muchas personas LGTBIQ+ reconocen, pero que pocas veces aparece en los titulares: la soledad puede existir incluso en medio de una vida social aparentemente activa. El estudio, realizado a partir de 295 respuestas de hombres gais y bisexuales de entre 35 y 65 años, dibuja un mapa emocional donde el cuerpo recibe atención, pero los vínculos siguen esperando cuidados.
El dato más contundente es también el más revelador: el 73% de los participantes asegura no sentir que forma parte de una comunidad donde encaje de verdad. Además, un 57% afirma que no tiene con quién hablar de cómo se siente sin miedo a ser juzgado, y un 54% echa en falta un grupo estable de amistades en el que mostrarse sin máscaras.
Lejos de la imagen estereotipada de aislamiento absoluto, el estudio apunta a una soledad más compleja. Un 32% asegura tener gente alrededor, pero pocas relaciones profundas, mientras que un 20% se siente bastante solo y desconectado. La conclusión es clara: la presencia de compañía no garantiza la experiencia de pertenencia.

Cuando el cuerpo sí recibe cuidados
En contraste con el resto de indicadores, el cuidado físico aparece como la única dimensión claramente fortalecida. El 61% dedica tiempo semanal a cuidar su cuerpo, el único aspecto que obtiene una valoración mayoritariamente positiva.
Sin embargo, el informe sugiere que esta atención a la imagen no siempre encuentra un equivalente en el terreno emocional. La gestión del estrés, la autoestima, los límites afectivos o la participación en espacios alejados de la validación externa continúan mostrando importantes déficits.

Pese a ello, el mensaje de fondo no es pesimista. Casi la mitad de los encuestados señala que su principal obstáculo para estar mejor es no encontrar espacios ni personas afines. Más que un problema individual, el estudio plantea una cuestión colectiva: la necesidad de crear entornos donde la vulnerabilidad sea posible y donde la conexión vaya más allá de la fiesta o la apariencia.
Porque quizá el gran reto del bienestar LGTBIQ+ en 2026 no sea aprender a quererse más, sino encontrar lugares donde sentirse parte de algo. Y ahí, precisamente, puede estar la próxima revolución.


