Ricardo Villoria diseña moda y realiza esculturas e instalaciones. Un mes exhibe sus fotografías y pinturas y al siguiente comisaría una muestra de otros artistas. Igual su rostro no te suena, pero su trabajo sí: es el responsable artístico de varios discos de Rodrigo Cuevas, desde la portada a los videoclips. Fuerza Astur.

Rodrigo Cuevas por Ricardo Villoria
En realidad no se llama Ricardo Villoria. Tomó su apellido de la pequeña pedanía en la que se crió, en el municipio de Pola de Laviana, en el interior rural de Asturias. Comentamos esto solo porque ejemplifica perfectamente la conexión con el territorio, la cultura y las tradiciones locales en el trabajo de este artistas que parece haber asumido plenamente lo que ya dijera Unamuno en el siglo pasado: que aquello que es local, precisamente por ser tan local, se vuelve universal.
El trabajo multidisciplinar de Ricardo Villoria –principalmente fotográfico, pero que alcanza la escultura y la pintura, la instalación, el videoarte e incluso el diseño de moda a través de la firma intermitente Petra Von Kant (tomado más como una actividad performativa: a él lo que le interesa es el concepto de desfile y pasarela, no tanto el negocio de la moda)– tomó cuerpo en el mundo editorial: se formó en Oviedo en gráfica y diseño publicitario.

Posteriores estancias en Londres y Madrid dieron cuerpo y fondo a una sensibilidad muy acusada y regida por una constante mirada al pasado desde el presente, como una fórmula de adaptación de estéticas en un mundo que sigue siendo abiertamente posmoderno y neobarroco. “A menudo mi trabajo se ve como una reinterpretación de la cultura tradicional o de la pintura clásica. Durante mucho tiempo yo mismo lo definía así, pero con el tiempo he comprendido que, en realidad, hablo del presente«, explica. «Porque aunque utilizo referencias que remiten claramente a la tradición, mis personajes, bodegones y símbolos nacen de mi entorno más cercano y de mi experiencia personal. Más que una revisión del pasado, mi trabajo es una forma de narrar el presente a través de imágenes que dialogan con una memoria universal”.
Lo que sí que preside su trabajo, que habla del paisaje, las costumbres y el territorio, sin olvidar ni lo rural ni la cuenca minera (una de sus series fotográficas tiene a los mineros como centro discursivo, intercalando sus retratos con otros de hombres musculados cubiertos de hollín negro) en una suerte de neofolclorismo que parece compartir con Rodrigo Cuevas, aún con distintos matices entre ambos. “Mantengo mi identidad con firmeza en todas las colaboraciones que realizo. Rodrigo me da bastante libertad y es de agradecer. Ambos nos aproximamos al costumbrismo rural desde lugares distintos: él busca el pueblo, mientras que yo, en cierto modo, huyo de él. Es precisamente en esa tensión, en ese cruce de miradas aparentemente opuestas, donde encontramos un espacio común desde el que trabajar”, asegura.
Juntos, en conversación y trabajo durante años, ambos han desarrollado una inusitada imagen visual reivindicativa del terruño como un espacio también de modernidad y creación de vanguardia, con Ricardo ejecutando desde las portadas de sus discos a videoclips como Muerte en Montilleja: “Mi relación con Asturias está llena de matices y contradicciones. Es una relación de amor y conflicto, marcada a la vez por el sentimiento de desconexión y de pertenencia. En ocasiones la percibo como una especie de cárcel dorada: un lugar del que siento la necesidad de escapar, pero al que inevitablemente regreso”.

Precisamente en Asturias ha vivido estos últimos meses una vorágine de proyectos. Como co-comisario, inauguró en el Centro de Arte LABoral de Gijón una exposición, De Rerum Natura (de la naturaleza de las cosas), con seis artistas de diferentes partes de España que trabajan con estilizaciones y perturbaciones de lo natural y lo científico. La muestra, concebida como un bosque plástico donde lo fascinante y lo inquietante se dan la mano, se puede visitar hasta el 12 de septiembre.
Ver galería
En paralelo, el Museo de Bellas Artes de Oviedo ha mostrado la primera adquisición de su trabajo, un retrato fotográfico de gran formato de un minero que han incluido en diálogo con un retrato del infante Bustos de Lara del pintor barroco Francisco de Zurbarán, dentro del proyecto Intercambios, que precisamente juega con el diálogo entre las piezas históricas y de distintas épocas de su colección, y que podrá visitarse hasta el 23 de octubre.
La guinda a todo esto la ha puesto su primera individual en la Galería Caicoya de Oviedo. Vanitas presenta una larga serie de fotografías que son variaciones de un mismo bodegón a imagen de los barrocos, donde la presencia de animales vivos y muertos interpela con dolor al espectador, casi colocándolos en su lugar. “Siempre he trabajado desde lo biográfico”, argumenta. “Actualmente me encuentro en un momento de mayor madurez en el que vuelvo la mirada hacia atrás para revisar y reformular mi trayectoria artística. Este proceso ha dado lugar a una obra más pausada y serena, alejada de la urgencia emocional que caracterizaba etapas anteriores. Lo relaciono con un proceso personal que denomino el despertar: una transformación que, a través de la experiencia más traumática, me ha permitido regular y depurar el impulso más pasional de mi trabajo, encontrando un lenguaje más equilibrado, consciente y esencial”.

Cierta angustia vital y cierta preocupación ontológica por el hilo firme que une a Eros y Tanatos, el amor y la muerte, planean de forma constante sobre el trabajo de Villoria. Hay algo muy carnal, pero también muy tempestuoso, en sus imágenes y en la forma en la que aborda una plástica que es a la vez descarnada y atrayente, serena y elegíaca, sanadora y doliente. La ambigüedad en torno al cuerpo y el deseo es también similar, con matices, a la desplegada por Rodrigo Cuevas en sus conciertos y en su imagen como cantante, una especie de tierra intermedia que parece otro punto de conexión entre ambos: “No creo demasiado en las fronteras rígidas entre lo homosexual y lo heterosexual. Lo que me interesa es precisamente ese espacio ambiguo donde las identidades y los deseos se vuelven más complejos y difíciles de etiquetar. Estéticamente, intento habitar ese lugar desde la sutileza, mezclando códigos que tradicionalmente se han entendido como opuestos. Me interesa más la tensión entre ellos que la necesidad de tomar partido por uno u otro”, concluye.

Retrato de Ricardo Villoria.







