«Thanks for coming», nos agradece Madonna nada más reproducir Confessions II, la secuela de uno de los discos más importantes de la música pop: Confessions on a Dance Floor. La apuesta era arriesgada, y bien es sabido que las segundas partes nunca fueron buenas, pero… estamos hablando de Madonna. Y si en 2005 convirtió la música dance en un espacio de redención colectiva, ahora, con Confessions II demuestra que aquella liturgia nunca terminó: solo esperaba una nueva revelación.
Y así, como una aparición mariana iluminada por la luz de la bola de discoteca, haciéndose paso entre la multitud, arrastrando su velo rosa, con las botas altas y el corsé más apretado que nunca, Madonna se sube a la mesa del DJ de todas las pistas de baile del mundo y nos hace entrega del que es, desde ya, el Nuevo Testamento de la música pop.
Una versión mucho más espiritual, existencialista y personal de aquella confesión que salvó su carrera a principios de los 2000 –después del traspiés que sufrió con American Life–. Si el primer Confessions hablaba del cuerpo, este habla del alma, de sanar las heridas y celebrar la vida –y podría funcionar como una mezcla perfecta entre Ray Of Light y el primer Confessions–. Algo que se siente como un soplo en estos momentos donde el pop pretende ser sobrio, apagado y lleno de tonos nude.
Contar otra vez con Stuart Price, el productor detrás de ese primer álbum, ha sido todo un acierto, y vuelve a demostrar que es el cómplice perfecto para la ‘reina del pop’. La mezcla continua entre canciones recupera la experiencia del DJ set, y nos hace viajar por el house de Chicago, el acid con guiños al eurodance, ecos del trip hop de los noventa y referencias constantes a toda la discografía de Madonna, que funciona más como una arqueología del pop que como nostalgia pura y dura.
Las referencias aparecen por todas partes: French Kiss de Lil Louis sobrevuela I Feel So Free; Inner City se asoma en ese Bring Your Love con Sabrina Carpenter. Por no hablar de la Nueva York de Danceteria que hace revivir a Basquiat, Keith Haring, Lou Reed y su amigo Haoui Montaug, fallecido en la crisis del sida, y a los que homenajea. Tal y como ya hizo en el Celebration Tour al que le dedicaba la primera parte del espectáculo a recordar aquellas noches de club y cómo la pista de baile iba vaciándose por culpa de las prematuras muertes de sus amistades.

Portada de Confessions II.
También encontramos entre las canciones a una Madonna que pocas veces se deja ver: la más íntima, que abre su corazón en temas como Fragile, dedicada a su hermano Christopher, o The Test, junto a su hija Lourdes. Letras en las que habla de pérdida, maternidad y memoria.
Resulta significativo que este regreso llegue después del Celebration Tour, en el que homenajeaba sus 40 años de carrera. Una gira que funcionó como un examen de conciencia y de autoreivindicación, en la que dialogaba con su propia historia y nos hacía recordar que ella es la ‘costilla de Adán’ del pop.
Cuando bailar vuelve a ser una religión
La pista de baile no estaba muerta, solo necesitaba de regreso a su Mesías. Mientras buena parte del pop actual vive obsesionado por perseguir el algoritmo, Madonna vuelve a hacer exactamente lo contrario: obliga al algoritmo a perseguirla a ella –como hizo siempre–, y pasa de estrategias de marketing, de singles, de videoclips y de viralidad. Está por encima de eso. No intenta sonar joven y recuerda que fue ella quien definió gran parte del sonido que hoy otros reciclan, y lo vuelve hacer en esa pista de baile en la que durante décadas fue la reina.
Y lo hace desmontando, una vez más, el prejuicio de que la música dance y pop es un género menor. La discoteca puede ser también un lugar para el duelo, la memoria, el deseo, la superviencia, la libertad y la reivindicación. El colectivo LGTBIQ+ lo ha sabido siempre, y ha encontrado entre luces estroboscópicas, sudor y altavoces un espacio en el que sentirnos libres como en ese I Feel so Free. Madonna nos ha acompañado en ese viaje, ha estado ahí siempre aunque a veces nos hayamos olvidado. Pero «mother» ha vuelto.
Al fin y al cabo, los Evangelios siempre hablaron de resurrecciones. Y pocas artistas han sabido resucitar tantas veces como ella.



