08/12/2019

Las matemáticas también son gays

10 octubre, 2014
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Hace diez años yo no sabía quién era Alan Turing. Tal vez había oído hablar de él, pero tan fugaz y desenfocadamente que no había sido capaz de retener su historia y mucho menos su nombre. Ahora, cuando se cumplen sesenta años de su suicidio, parece que va a convertirse en una figura popular y que andará de boca en boca.

Turing fue uno de los mejores matemáticos del siglo XX. El mejor, según algunos. Sentó las bases de la computación, lo que quiere decir que es el padre directo de los ordenadores modernos. Y contribuyó decisivamente a que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial, creando una máquina capaz de descifrar los códigos nazis.

Su biografía es como una fábula aterradora. Es un ejemplo perfecto de lo que suponía en realidad ser homosexual en aquellos tiempos: el infierno. Al acabar la guerra, Turing fue exaltado por su labor. Continuó sus investigaciones sobre inteligencia artificial, sobre biología matemática y sobre muchas otras cosas. Pero en 1952 se descubrió su homosexualidad, lo que entonces era todavía delito en Gran Bretaña, su país, el país civilizado que había defendido del fascismo a Europa. Fue condenado y se le dio a elegir la pena: o iba a la cárcel o se sometía a un tratamiento de castración química que hiciera desaparecer de su cuerpo ese deseo perverso y antinatural. Turing, horrorizado seguramente ante la idea de entrar en prisión, eligió la segunda opción. Su cuerpo se transformó brutalmente: le salieron pechos, perdió el deseo sexual y dejó de tener erecciones.

Hay muchos sabios locos, según dicen, que pueden vivir sin los placeres mundanos. No fue el caso de Turing. Su vida se convirtió en un tormento y dos años después de la condena, en 1954, se suicidó mordiendo una manzana a la que le había inyectado cianuro. Algunos aseguran que se trató de un asesinato, no de un suicidio. Y otros sostienen que esa manzana mordida es la que Steve Jobs –gran admirador de Turing– eligió como símbolo de Apple muchos años después.

Turing no violó a nadie, no se acostó con niños, no tuvo ni siquiera un comportamiento exhibicionista o descarado (por usar el lenguaje de los inquisidores). Su delito fue simplemente el de tener preferencias homoeróticas u homosentimentales. Hacía ya medio siglo que Oscar Wilde había ido a la cárcel por un delito idéntico, pero no bastó el ejemplo.

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En 2009, Gordon Brown pidió perdón en nombre de Gran Bretaña. En 2013, la reina Isabel indultó a Turing de todas sus penas. Y a finales de 2014 se estrenará The Imitation Game, un biopic protagonizado por Benedict Cumberbatch que ha recibido alabanzas casi unánimes y que promete convertir a Turing en el próximo héroe gay.

Una de las singularidades llamativas del personaje es que se dedicó a la ciencia. Estamos demasiado acostumbrados a repasar las listas de gays célebres que se consagraron a la música, a la literatura o a las bellas artes, de modo que a veces llegamos a identificar la homosexualidad con esa sensibilidad delicada y vaporosa que se concede –falsamente– a los artistas. Turing prueba que no es así, que el razonamiento cerebral hilado con silogismos y formulaciones matemáticas es igual de enredadamente humano que cualquier otro.

Una fábula, aunque sea aterradora, siempre tiene moraleja, y conviene acabar con ella: hoy, en el siglo XXI, en los años en los que la tecnología nos hace creer que vivimos en el futuro, se siguen mordiendo manzanas con cianuro. Y los que las sirven en bandeja no son madrastras de Blancanieves, sino obispos de Alcalá.

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