22/11/2019

Este no es otro verano gay: “Mi primera vez”

24 agosto, 2018
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Mi primera vez fueron apenas diez minutos. Un par de miradas bastaron para entendernos y con un golpe de cabeza me siguió escaleras arriba. Él era mayor que yo; me doblaba la edad y la urgencia. Besaba de forma ansiosa, no sé si temeroso de que nos pillaran o porque hacía demasiado no que besaba a nadie. Su lengua entraba y salía de mi boca con prisa, su barba rascaba mi cara. Sus manos sujetaban mi cabeza y allí, mientras me besaba, abrí los ojos y, como si aquello no fuese conmigo, le vi besándome de forma desesperada.

Mi primera vez siempre se me quedará grabada. Recuerdo que después de besarme se apartó hacia atrás para mirarme mientras que con la mano se secaba la saliva que le había empapado la barba. No estaba mal para su edad. Me quité la camiseta y dejé caer los pantalones al suelo. Le gustó que no llevase ropa interior porque una sonrisa picara se le dibujó en la cara. Sonreí, me hizo gracia. Allí de pie, en medio de la habitación, le vi desabrocharse la camisa. Un pecho musculado y fuerte, poblado de vello canoso, apareció ante mí. “No estaba mal para su edad”, volví a pensar y le puse cerca de cincuenta años, quedándome corto. Tiró la camisa en un rincón y se acercó a mí. El vello de su cuerpo contrastaba con mi pecho lampiño. Me abrazó y noté como su calor me calaba poco a poco.

Mi primera vez hice lo que me pidió. Puso su mano en mi hombro y me obligó a ponerme de rodillas. Mi primera vez no lo hice bien, pero él se deshacía en gemidos de placer mientras yo intentaba disfrutar. Él solo echaba la cabeza hacía atrás. “Para o me harás acabar”.

Mi primera vez me tumbé sobre la cama y me dejé hacer. Su peso me aplastaba. En mi oído notaba su excitación. “No te va a doler”, auguró y fue verdad. Allí tumbado boca abajo pensé si para él también sería la primera vez; lo hacía lo suficientemente mal como para poder pensarlo, lo suficientemente mal para creer que aquella era también su primera vez.

Mi primera vez esperé un orgasmo que nunca llegó. Él se corrió a la tercera embestida y jadeante y sudoroso se dejó caer sobre mí olvidándose de que su peso triplicaba el mío. Con ternura me acarició el pelo mientras me besaba en la nuca. Su respiración se fue normalizando y al rato se tumbó boca arriba a mi lado. No giré la cabeza para mirarle, simplemente me lo imaginé destrozado con los brazos abiertos y mirando fijamente al techo mientras intentaba que su respiración volviese a ser a normal.

Mi primera vez no me levanté de la cama al final. Mientras él se vestía, yo me puse de lado en la cama y vi cómo iba recogiendo de la habitación su ropa tirada durante la breve batalla. Con la mano se secó el sudor de la cara y con los dedos intentó arreglarse un poco el pelo. Se puso los calzoncillos, se puso los pantalones y dando, vueltas sobre sí mismo, busco donde había caído la camisa. Antes de marchar se arremetió la camisa y se abrochó el cinturón y mirándose en el espejo de la habitación acabó de peinarse con los dedos.

Mi primera vez me dijeron: “Ha estado muy bien, chaval”. Y antes de marchar se acercó a mí y me besó en los labios dejándome marcado por una rara humedad que no había sentido nunca al besar. Antes de irse hacía la puerta, rebuscó en los bolsillos de su pantalón y me tiró a la cara un billete de cincuenta.

Mi primera vez, cuando él se hubo ido, me levanté de la cama, me aseé un poco, me vestí y volví a bajar a la calle. Con el siguiente un par de miradas bastaron para entendernos y con un golpe de cabeza me siguió escaleras arriba.

Mi segunda vez fueron apenas diez minutos.

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