18/09/2019

Este no es otro verano gay: ‘Un leve regusto a sopa’

9 septiembre, 2018
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El anciano levantó la cuchara del plato y la acompañó hasta el borde para que la sopa no se derramase. Luego, con sumo cuidado, la elevó lentamente hasta que quedó a la altura de la boca del otro hombre, pero este, una vez más, se negó a abrir la boca.

Ambos estaban bastante cansados. El mayor de los dos, el que se negaba a comer las cucharadas que el otro le servía, llevaba ya tiempo ingresado en aquella clínica donde su compañero, o por lo menos eso era lo que decía él cuando daba sus datos al recepcionista del centro, le visitaba cada mediodía para ayudarle a comer. Aunque aquello de ayudarle a comer era un decir, porque si mal no contaba aquel era el tercer día en que se negaba a hacerlo.

Antoine, que a duras penas podía con su cuerpo y sus dolores, se levantaba a las siete en casa, se vestía, salía a comprar el pan, dejaba el piso recogido y cogía dos trenes, en uno de ellos se comía el bocadillo que llevaba para hacer su almuerzo. Él, al contrario que Alexandre, entendía que la recuperación, que la mejora de ambos, pasaba por el hecho comer.

Antoine volvió a levantar la cuchara del plato por enésima vez. El líquido estaba ya frío y, cuando caía contra el resto de alimento, emitía un característico ruido que Antoine estaba ya comenzando a odiar. La culpa de todo aquello era de los sobrinos de Alexandre. “Si no se hubiesen empeñado en ingresarlo en un centro tan lejos…”. Pero la familia del anciano había pensado que, cuanto más lejos estuviesen los dos, menos quebraderos de cabeza les darían. Además, a ellos les importaba poco las dos horas que Antoine tenía que invertir cada día para ir a ver a Alexandre.

La boca del anciano seguía sin abrirse. A Antoine le comenzaba a doler el codo de aquel moviento tan absurdo y, cansado, dejó caer la cuchara en el plato. El resto del comedor estaba vacío. Los otros pacientes hacía ya tiempo que había comido y solo ellos quedaban en el inmenso comedor a la espera de que Alexandre se acabase la sopa.

Antoine reparó en su compañero. Quedaba poco de él en aquel hombre, pero en sus pequeños ojos azules aún podía ver un leve rastro de lo que había sido. El pijama azul le quedaba grande y algunos lamparones de sopa le decoraban la pechera dándole un aspecto más demacrado y vulnerable. Antoine sintió pena y quiso llorar. Lo hubiese hecho, pero la enfermera le avisó que tenía que marchar en cinco minutos.

El comedor estaba vacío y un nudo le apretó la garganta. Con dificultad se levantó de la silla y, mirando antes a su alrededor, acercó sus labios a los labios de Alexandre. Era la primera vez en mucho tiempo que le besaba, la primera que en un sitio público se demostraban una muestra de cariño que no fuese la moralmente permitida entre dos amigos, la primera en que Alexandre no le respondía con una sonrisa.

De camino a casa en el tren se quedó dormido. De vez en cuando, en sueños, se relamía los labios, sentía un leve regusto a sopa. A él no le importaba.

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