15/10/2019

‘Faust’, en el Teatro Real: ¿estamos ante un delirio imposible o una ópera fascinante?

25 septiembre, 2018
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Es siempre la frase más habitual en los pasillos: «El libreto de Fausto es imposible». Para luego, esos mismos que lo dicen, salvarla musicalmente. Y claro que es imposible la historia de alguien que vende su alma al diablo para conseguir amor y eterna juventud. Pero es eso, precisamente, lo que hace fascinante esta historia (y esta ópera).

Tan fascinante que hoy, en pleno siglo XXI, hay quien sigue vendiendo su alma al diablo. Muchos. Aunque si en el Romanticismo el protagonista de Goethe lo hacía por amor, en los tiempos que corren es por un aumento de sueldo, una mejor empresa, contactos para trepar o influencias. O lo que es más triste: por conseguir likes en Instagram. Que hasta este tipo de ‘faustos’ hay. Sí, son muchos quienes siguen vendiendo su alma al diablo. Muchísimos.

No vamos aquí a hacer una historia del Faust de Gounod que lleva décadas fascinando en los teatros de medio mundo, en especial en Estados Unidos. La prueba de ello es el maravilloso comienzo de La edad de la inocencia, de Scorsese. Esta ópera inauguró el viejo Metropolitan de Nueva York, un teatro donde nunca dejó de representarse. Igual que ha ocurrido en el nuevo del Lincoln Center. Pero para hacer disertaciones sobre la ópera estrenada en París en 1859 (y en el Real de Madrid solo seis años más tarde, en 1865) ya está la sesuda prensa especializada.

Nosotros, al grano. ¿Es, de verdad, Faust una ópera imposible? No debe de serlo cuando, pese a todas las suspicacias que levantó desde su estreno (en Alemania la rebautizaron como Marguerite para no prostituir ‘su’ mito literario), sigue despertando estos comentarios cuando alguien se dispone a ir a verla. Pero es que si se dispone alguien a ir a verla, es porque se sigue representando. No será, entonces, tan imposible.

Ismael Jordi (Dr. Faust) y Erwin Schrott (Méphistophélès) (Foto: Javier del Real)

Musicalmente es una delicia. Arias, dúos, tercetos, cuartetos y coros que llevan a los cantantes hasta el agotamiento. Los dos repartos del Real están más que a altura. En el rol protagonista, el doctor Faust, se alternan el polaco Piotr Beczala (una de las estrellas mundiales del momento) y el jerezano Ismael Jordi (cada vez más lanzado fuera de España). Cada uno le da al personaje su matiz, personal, haciendo muy interesante la comparación. En el papel antagonista, Méphistophélès, dos barítonos hispanoamericanos: el venezolano-italiano Luca Pisaroni y el maravilloso uruguayo Erwin Schrott [un tercer barítono, Adam Palka, completa el reparto en dos funciones]. Y el papel de la pobre y sufrida Marguerite lo defienden (y muy bien) Marina Rebeka e Irina Lungu, a la que ya amamos desde su Traviata de hace unos años en este mismo escenario. Dos solidísimos repartos en los que no hay que hacer menosprecio al segundo. Incluso, al contrario. Lo mismo en el resto de papeles, Valentin, Wagner, Siébel y Marthe. El coro del Real, como viene siendo habitual, soberbio. Y la Sinfónica de Madrid, ahora llamada Orquesta Titular del Teatro Real (una pena), lo da todo de sí bajo la batuta de Dan Ettinger.

Una obra con un libreto tan ‘imposible’ necesita de una puesta en escena, si no imposible, al menos que casi lo sea. Alex Ollé, de La Fura dels Baus, hace una propuesta tan sumamente interesante que hasta se atreve a no cargarse el ballet de La Noche de las Walpurgis que, últimamente, todo el mundo se quita de en medio de un plumazo. Gounod cumplió a rajatabla con las condiciones que imponían para estrenar en París (óperas de cinco actos con ballet incluido) y metió esta preciosa pieza. Los directores de escena de hoy no saben qué hacer con ella, por lo que la suelen suprimir. No es cuestión aquí de hacer un spoiler, pero Ollé lo resuelve, e integra, de forma magistral. Al igual que la escena de Marguerite ante el Crucificado/Méphistophélès, en una iglesia con estética de ¿Conchita Wurst?

El montaje va in crescendo, ganando acto tras acto, con algunos altibajos propios de ese libreto ‘imposible’. Pero con apuestas así, aquellos que dicen que estamos ante una obra que solo vale por su belleza musical (para muchos, facilona), sin el mayor interés escénico, se quedan sin argumentos. La estética, el lenguaje furero impregna todo desde el minuto cero. Ollé debe sentir fascinación por el mito de Fausto, pues ya en 1997 llevó a escena (por decirlo de alguna manera) un Faust 3.0. Después, en 1999, dio su versión de la ‘no ópera’ de Berlioz La condenación de Fausto, y en 2001, la película Fausto 5.0. En esta nueva relectura que ahora llega al Real, Méphistophélès es un alter ego enfermizo de Faust. Tanto que podemos decir que están clonados.

Como decimos, hoy, en 2018, hay gente que sigue vendiendo su alma al diablo. Por ello es muy necesario Faust: para dejarnos bien claro que a quien lo hace, la vida les pasa factura [incluso en forma de abucheo]. Faust es muy necesario para salvar a esas Marguerite que todos llevamos dentro. Porque, todos, todos, todos, nos hemos visto, como ella, deslumbrados ante ese joyero que el Diablo pone delante nosotros para cegarnos. Y sí. Como en el aria de las joyas «¡Ah, me río al verme tan hermosa en este espejo! ¿Eres tú, Margarita, eres tú? ¡Respóndeme, responde rápido! ¡No! ¡No! ¡No eres tú!… no… no ¡No es ése tu rostro! Es la hija de un rey… No eres tú.. ¡Es la hija de un rey, a la que se saluda al pasar! ¡Ah! ¡Si él estuviera aquí! ¡Si me viera así! ¡Me encontraría bella como a una damisela! Como una damisela me encontraría bella…  ¡Terminemos la metamorfosis! Me falta todavía probarme la pulsera y el collar…». [Ante esa maravillosa aria de las joyas, no se puede dejar de recordar a la inmensa Victoria de Los Ángeles].

Todos hemos tenido momentos Marguerite en nuestras vidas. Por eso, en pleno siglo XXI, Faust no solo no es una ópera imposible, sino que es fascinante y muy necesaria. Y con producciones como esta, más aún.

Un momento del montaje de La Fura dels Baus que inaugura la temporada del Teatro Real (Foto: Javier del Real)

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