12/07/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Saturno devorando a sus hijos’

20 octubre, 2018
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El guía del Museo del Prado me pidió que no me quedase rezagado del grupo. Él mismo había tenido que recorrer los veinte metros que me separaban del resto y venir a buscarme frente al cuadro de Goya en el que se ve a Saturno devorando a uno de sus hijos.

Me encantaba aquel cuadro. No en vano, lo había nombrado muchas veces para referirme a una ex compañera de trabajo que, dispuesta a trepar en la empresa, era capaz de comerse vivo a cualquiera.

Mirando al cuadro la veía a ella. Esa mandíbula desencajada, ese cuerpecillo atrapado con las manos, esas ansias que con nada se saciaban…

En la oficina ella era siempre la primera en generar el bulo, en poner buena cara al jefe, en criticar por la espalda. Siempre con aquellos zapatos de tacón de aguja picando contra el suelo. Era la que llegaba la primera, la que se iba la última. Cualquier cosa por la empresa.

Era la que traía el café al jefe, a la que no le importaba hacer horas, la que contestaba mails desde su casa los sábados por la tarde. “Calla, amor, deja que mamá acabe esto y ahora voy a arroparte”, me la imaginaba diciendo un sábado por la noche mientras los demás ya habíamos desconectado del trabajo, del mail y de la oficina. Cualquier cosa por la empresa.

Tenía esa mirada sibilina; esos ojos levemente entornados que miraban de lado y ocultaban más de lo que decían. Como su boca. Esa boca semirrisueña, con los labios levemente pintados, que siempre parecía ocultar en la comisura de los labios un “ajá” acompañado de un levantamiento de cejas. La mala intención era innata en ella, su maléfico plan se adivinaba en sus gestos.

Cuando cambié de trabajo ella se quedó allí y no volví a pensar en ella hasta que el cuadro de Goya me trajo su recuerdo a mi memoria.

“Me recuerda a alguien”, le dije al guía, pero él pareció no entenderme. Alejándome del cuadro me la imaginé devorando a su propio hijo en casa. “Mamá lo hace por tu bien”, decía ella mientras levantaba al niño en brazos. Con una sonrisa en los labios y esa chispa en los ojos me la imaginé devorándolo. “Si se lo pidiese la empresa, lo haría”, pensé. Cualquier cosa por la empresa, cualquier cosa.

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