29/01/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Dos amigas’

21 octubre, 2018
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La sombrilla nos protegía del sol de mediodía. La terraza estaba llena. El café caliente derretía el hielo igual que el sol lo hacía con el asfalto. Las dos señoras me habían pedido si podían sentarse en las dos sillas vacías que había frente a mí y ahora una de ellas, obligada por el hecho de compartir mesa, intentaba iniciar una conversación conmigo.

Ambas tenían ya cierta edad. Sobrepasaban los sesenta y creo que se acercaban muy de lleno a los setenta. Una de ellas, la que quería hablar conmigo, tenía el cabello canoso y unas cuantas arrugas cruzándole la frente. Llevaba una camisa blanca algo ancha y unos pantalones negros con una mochila también negra que sujetaba entre los brazos como si pretendiera defenderse con ella de alguien o de algo. La otra, la que no hablaba, sonreía y me miraba con sus ojos claros levemente entreabiertos. Era regordeta y, al contrario que la otra mujer, ni una sola arruga aparecía en su rostro. Su ropa también era diametralmente opuesta, así como la otra lucia ropas anchas y con pocos abalorios, esta incluso a pesar de su más que evidente volumen, vestía ropa ceñida y pulseras, collares y pendientes, todo muy conjuntado.

“Somos amigas desde hace mucho tiempo”, confesó la mujer del pelo canoso como si aquel dato lo dijese absolutamente todo. Pero la forma en que puso los ojos, la manera de decirlo, el elevamiento de cejas que lo acompañó dejó en entrever que eran mucho más que amigas y eso, qué queréis que os diga, llamó mi atención.

Con esmero me fue desgranando su historia como quien le cuenta a un amigo lo que hizo ayer. Un divorcio por parte de una, un marido muerto por parte de la otra, pocas ganas de conocer a más hombres, algunos hijos de por medio, algún nieto y, al final, una vida juntas porque ya era imposible negar lo innegable. La complicidad se notaba tanto que se hizo evidente.

El teléfono móvil interrumpió la historia y con un “dime, Sara”, la mujer nos dejó a su compañera y a mí cara a cara sin decir absolutamente nada. Sí que eran diferentes, sí eran muy diferentes. Incluso lo que una decía, la otra lo callaba.

Cuando la charla se deshizo como el hielo del café, ambas se levantaron y se fueron. Hasta en el andar me parecieron distintas la una a la otra, pero al parecer compartían muchas más cosas que la mesa y la amistad. Antes de que el semáforo se pusiera en verde, se giraron y me dieron con la mano. Como dos amigas se perdieron calle abajo.

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Shangay

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