29/01/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Las adicciones de Manhattan’

25 noviembre, 2018
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Mike era un tipo de dos metros de alto que conocí en un gimnasio de Brooklyn. El tipo era atractivo, pero tenía fama de hosco porque, según los rumores que corrían por el gimnasio, se estaba desintoxicando de una fuerte adicción a los opiáceos. Muchos no sabían si era verdad, pero ya sabéis como es aquella ciudad y su manía por colgarle adiciones a la gente. Quizás Mike nunca había tomado ni una sola pastilla, pero desde la entrada al centro hasta el más oscuro rincón de las duchas, en aquel gimnasio todo el mundo decía que Mike tenía un problema con las pastillas.

Estoy bien seguro de que a él esos rumores le daban igual. Él iba, saludaba a unos y otros con un leve gesto de cabeza, hacía su rutina, se duchaba mientras hablaba del ultimo partido de los Yankees y se volvía a casa cargando su mochila a la espalda. Alguna vez le había seguido por las calles, desviándome del camino a mi casa, solo por ver dónde se dirigía. Era fácil seguirle seguirle por Manhattan. A un tipo de dos metros de alto y una espalda tan ancha como el mismísimo puente de la ciudad era imposible perderle de vista.

Un día llegué hasta la puerta de la que creo que era su casa, un pequeño edificio de ladrillo negro casi a las afueras que parecía imposible que pudiese soportar el peso de un hombre como Mike. Y, cuando digo que llegué hasta la puerta, me refiero a que subí los tres tramos de escaleras por los que le vi acceder hasta perderse por una puerta que había entreabierta. Con sigilo pegué la oreja a la puerta e intenté escuchar algún sonido que viniese del interior, pero solo se oía el ruido de una radio y una mujer hablando por teléfono al otro lado.

Me imaginaba a Mike dejando la mochila tirada al lado del sofá y saludando con un beso a la mujer. E incluso me lo imaginaba dirigiéndose a la nevera y sacando de ella un botellín de cerveza, cosa que no hubiese sido muy buena si Mike tuviese un problema con los opiáceos. De todos modos, como mi imaginación era libre, me lo imaginaba allí, con aquellos viejos pantalones cortos y aquella camiseta de tirantes, tumbado el sofá y con los pies encima de la mesa.

Comencé a seguir a Mike todos los días. Y tanto lo convertí en un pequeño divertimento que había días que me llevaba un refresco para bebérmelo mientras pegaba la oreja a la puerta de madera e imaginaba lo que ocurría dentro.

Mike nunca supo que yo le seguía, ni supo nunca que me pasaba las tardes sentado tras su puerta escuchando con la oreja pegada. Yo tampoco supe nunca si Mike tenía algún problema con los opiáceos y me dio lo mismo, al fin y al cabo, ¿quién soy yo para juzgar las adicciones ajenas?

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