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27/09/2022

Todo sobre la mejor exposición antológica de Jean-Michel Basquiat en París

8 diciembre, 2018
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Es cuando menos irónico, aunque pase de forma constante, que la historia detrás de un artista resulte más apasionante para el público que su obra. Como la del adolescente –y hermoso– Jean-Michel Basquiat, descubierto por Andy Warhol cuando vivía como un vagabundo recién salido del gueto en las calles de Nueva York. Acabaría muriendo, con apenas 28 años, por complicaciones derivadas del sida.

Su vida parecería un cuento de hadas si no fuera porque su condición de vagabundo –homo o bisexual–, y la posterior de artista surgido de la nada, criado en el grafiti y reconvertido en niño mimado de la crítica y la élite neoyorquina, con una carrera de apenas ocho años (de 1980 al 88, año de su muerte), parte de una ligera construcción.

Porque Basquiat provenía de una familia latina –padre jamaicano, madre portorriqueña– de burgueses adinerados: sin haber estudiado arte ni nada más allá del bachillerato, por sus ansias libertarias y rebeldes y sus vínculos juveniles con esas drogas que nunca le abandonaron y las pandillas callejeras, hoy sabemos que su madre, prestigiosa diseñadora gráfica, le había inculcado amor por la pintura –a los seis años lo inscribió como miembro junior del Museo de Brooklyn– y por la poesía.

El mito del joven marginal pueden borrarlo de su cabeza, porque nunca lo fue. Al menos de cuna y educación, como siempre suele ocurrir en estos casos (el propio Warhol había adoptado también a otra pobre niña rica, Edie Sedgwick). Podemos decir que Basquiat se lo buscó, precisamente tratando de huir de las convenciones pequeñoburguesas que tanto odiaba, y de los problemas de provenir de una familia desestructurada, para encontrar una realidad muy distinta de la que le había tocado al nacer.

Eso sí: dedicó cuerpo y alma a la construcción de una narrativa subcultural, ligada al art-brut, el grafiti, el trazo inconsciente e infantil, la poesía y el arte callejeros y la enajenación visual y discursiva de las drogas, sin obviar una base de crítica social y anti-institucional, con la denuncia del racismo y la violencia subyacente de fondo, que aún hoy resuenan gloriosamente. Y que siguen generando el mismo interés que cuando lo convirtieron en mito, hace ya tres décadas.

En una exposición enorme en París, posiblemente la mejor antológica que se le ha realizado hasta la fecha en Europa, la Fundación Louis Vuitton parece no haber olvidado nada: once galerías (y unos 2.500 metros cuadrados) dedicados por entero, en estricto orden cronológico pero también con apuntes temáticos para fomentar el saludable arte de la asociación mental, al completo de su carrera. Comenzando por sus Heads (1981), que se muestran por primera vez en conjunto, también sus colaboraciones con Warhol o muchas obras (desde dibujos o lienzos a piezas monumentales, collages o incluso ediciones) nunca vistas en Europa, como In Italian (1982) o la profética y arrebatadora Riding with Death (1988).

Como los propios responsables de la muestra subrayan, “esta exposición sigue su carrera al completo, arrojando luz sobre su inimitable toque, el uso de palabras, frases o enumeraciones, o sus recursos de poesía hip-hop. A la imagen del hombre afroamericano sometido al racismo, la exclusión, la opresión y el capitalismo, él opone su figura como guerrero y héroe”. Una declaración de intenciones que resume bien su vivencia como el vagabundo que decidió ser.

Jean-Michel Basquiat se puede visitar hasta el 14 de enero en la Foundation Louis Vuitton de París (8 Avenue de Mahatma Gandhi, Bois du Boulogne, París). Más información en www.fondationlouisvuitton.fr

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