06/06/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Órgano y cobre’ | Parte 1

8 diciembre, 2018
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Hace un par o tres de años, cuando Fernando y yo empezamos a ampliar nuestras amistades por el ambiente de Barcelona, llegaron a nuestras manos, por aquellas casualidades de la vida, un par de invitaciones para la inauguración de la nueva colección de un escultor que en aquellos momentos estaba subiendo como la espuma, un tal Marc Monerí.

Debió ser hacia finales de abril o principios de mayo cuando la colección titulada Órgano y cobre, que versaba sobre órganos humanos tallados sobre piedra marmolina y recubiertos con una fina capa de cobre, llegó a una pequeña galería de la calle Petritxol de Barcelona.

Allí debía estar la flor y nata de Barcelona aquella noche; periodistas al acecho de la noticias con las que llenar la columna de arte de algún periódico, señoras acaudalas vestidas con trajes de fiesta dispuestas a comprar una escultura para colocar en el salón, hombres de negocios, pasantes de arte, influencers, intelectuales… La exposición nos sorprendió a todos, la obra estaba hecha con tal precisión y realismo que no pasaba desapercibida para nadie. Fernando y yo nos movimos por la galería de escultura en escultura y de canapé en canapé, saboreando la exposición.

No sé muy bien cómo lo hicimos, pero, sin darnos cuenta, nos vimos copa de cava en mano haciendo cola para felicitar al artista y al mecenas. No hace falta decir que, tanto el uno como el otro, nuestros conocimientos sobre escultura eran nulos, así que, cuando coincidimos frente al escultor, preferimos hablar de lo que la exposición nos había impactado más que dejarnos llevar por los derroteros de la conceptualización del arte, la mimetización de la obra o la creatividad que el autor había tenido para desarrollarla, que son tan comunes en estos casos.

Marc Monerí era un joven extremadamente bajito, pero muy atractivo. Sus ojos azules encandilaban con solo mirarle y él lo sabía. Nos pareció, en aquel momento, muy afable y cariñoso en el trato. Tanto Fernando como yo le comentamos lo impresionados que habíamos quedado por la autenticidad de su obra. Él nos explicó que su técnica se debía a un proceso duro y laborioso del mazo y el cincel sobre la marmolina a base de repetir y repetir la misma obra hasta que se pareciese a la realidad, aunque, según él, en la creación de toda su obra, había también un componente místico que envolvía todo el proceso y que no solo dependía de su capacidad para manejar las herramientas. Con un apretón de manos nos despedimos de él y Fernando y yo nos perdimos un poco más por la galería dispuestos a devorar el resto de la exposición y de paso algún que otro canapé.

Admirábamos Riñón de Marc Monerí, una pieza increíble por su similitud con un riñón real, cuando el escultor se nos acercó por la espalda. Debimos haberle caído en gracia, porque con todo lujo de detalles nos explicó los motivos que le habían llevado a realizar aquella obra y lo laborioso que había sido. Según él, aquel riñón, simbolizaba el riñón real que su hermano le había donado de pequeño pues, al parecer, Marc Monerí había nacido con un riñón atrofiado y con el otro poco funcional. Su hermano le tuvo que donar uno para que él pudiese continuar viviendo. Parece ser que, poco después del trasplante, su riñón funcionó correctamente y no le hubiese hecho falta, pero para Marc Monerí ser portador del riñón de su hermano suponía una unión mayor con él que ninguna otra persona en este mundo. Marc nos contó, además, que poco después de que a su hermano le extirparan el riñón, una infección le provocó la muerte dejando a Marc con la única parte viva de su hermano. Tanto a Fernando como a mí nos pareció muy impactante la historia e incluso Fernando, que es muy aprensivo con todos estos temas médicos, se atrevió a preguntar sobre cómo se sentía el escultor siendo portador de la única parte viva de su hermano. Marc nos miró a través de aquellos ojos azules y nos invitó a la habitación del hotel donde estaba hospedado para acabar de contarnos la historia. Nosotros, no sé si por el cava o por aquellos ojos azules, aceptamos.

Poco recuerdo lo que Marc nos contó en la habitación de su hotel, pues el alcohol corrió tanto como la lengua de Marc. Cuando me desperté a la mañana siguiente en la cama junto a Fernando, la cabeza me dolía de mala manera. Recordaba una infancia difícil marcada por el maltrato de su padre, lo duro que le había sido establecerse en Madrid, su primera exposición en Barcelona y sobre todo sus ojos azules, penetrantes y siempre al acecho.

No volvimos a saber nada de él, salvo lo poco que leíamos en las secciones de arte de los periódicos sobre su exposición hasta que, un par de semanas antes de Navidad, nos llegó una invitación para la fiesta privada de Nochevieja que estaba preparando en una famosa sala de Barcelona. No hubiésemos ido si no hubiese sido porque una semana antes, el día de Navidad, llamó a casa para felicitarnos las fiestas. Su voz era afable y cariñosa, como cuando nos contó su vida en aquella habitación de hotel e incluso, a través del teléfono, podíamos sentir sus penetrantes ojos azules cautivándonos y embelesándonos para que le dijésemos que sí. No pudimos decir que no. Como si supiese a la hora en que íbamos a llegar, Marc Monerí nos esperaba a la entrada de su fiesta con sus cautivadores ojos azules dispuesto a darnos la bienvenida.

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