25/01/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Postales desde el recuerdo’ | Parte 1

14 diciembre, 2018
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Fue al poco de venir a vivir Fernando y yo a este piso, cuando una noche, que estábamos recién acostados, empezamos a oír un extraño ruido. Fernando le quitó importancia, pero a mí me pareció un ruido un tanto raro, así que levanté la cabeza de la almohada dispuesto a averiguar qué era y de dónde venía.

Sentándome en el borde la cama, afiné el oído y oí cómo se repetía una y otra vez. Era un ruido rápido, como de pasos corriendo, pero lo notaba con una cercanía extraña. Descalzo caminé hasta el pasillo con la luz apagada y de allí hasta el comedor. Fernando desde la cama me llamó para que lo dejase estar, pero había algo dentro de mí que me impedía hacerlo. Encendí la luz del comedor y miré al techo. El ruido de pasos parecía recorrer el piso de arriba de un lado a otro. Quiénquiera que estuviese arriba tenía demasiada prisa pues a veces parecía que se oían pequeños golpes, como si la persona en cuestión estuviese tan apresurada por marchar que hasta chocaba con los muebles.

Volví a la habitación y encendí la luz del techo, Fernando se llevó la mano a los ojos y se quejó preguntándome que qué hacía. “Voy a subir”, le dije. “¿Perdona?”, me contestó él. “Voy a subir a echar un vistazo”. Y sin pensármelo dos veces cogí del armario unos tejanos y una camiseta. Ya estaba en el pasillo poniéndome las bambas, mientras intentaba andar, cuando Fernando masculló algo que no llegué a escuchar. Abrí la puerta de casa y salí al descansillo. La luz estaba apagada así que tuve que caminar unos pasos hasta encontrar a la llave de la pared.

Una vez encendida, cerré de un fuerte tirón la puerta de casa y, tras el estrepitoso ruido, el silencio se apoderó de mí. No se oía nada en toda la escalera. Los pasos parecían haber cesado y sigilosamente me dispuse a subir uno a uno los escalones que me separaban del piso superior mientras giraba el cuello mirando hacia arriba. Ya estaba a punto de llegar arriba del todo cuando una de la puertas del rellano superior se abrió de golpe y un chico, de aproximadamente mi edad, salió corriendo hasta chocarse conmigo.

La pared evito que cayese rodando por la escalera. Se disculpó rápidamente. Estaba llorando. Solo alcanzó a decirme que su novia había tenido un accidente y que necesitaba ir urgentemente al hospital. Se alejaba de mí mientras me lo explicaba, saltando de dos en dos los escalones. Al parecer un taxi le esperaba abajo.

Instintivamente empecé a correr escaleras abajo tras él hasta el portal. Cuando llegué, él acababa de entrar en el taxi y con la puerta de coche todavía abierta me dijo: “Sube”. Solo me dio tiempo a mirar hacia arriba y pensar que había dejado a Fernando en la cama durmiendo. Una mano fuerte me cogió del brazo y me hizo entrar en el taxi. Cuando el taxi arrancó pensé en qué carajo hacia yo en un taxi con un tipo que no conocía de nada camino de un hospital.

Al girar en la esquina me giré hacia atrás y miré en dirección al piso; Fernando me iba a matar. Las rondas iban casi vacías a aquellas horas de la noche. Tardé unos segundos en organizar mi cabeza, pero cuando lo conseguí instintivamente me eché las manos a los bolsillos de los tejanos. Estaban vacíos. Sin móvil. Sin llaves. Si quería comenzar bien tenía que empezar llamando a Fernando y explicándole lo ocurrido.

Miré al chico que estaba sentado a mi lado. Joven, de aproximadamente unos treinta y cinco años, de aproximadamente un metro noventa de estatura, fuerte físicamente, con barba… Me dio la sensación de que lo conocía de algo más que de aquella repentina noche… Él, nervioso, iba hablando con alguien por el móvil al que le relataba lo ocurrido. Miré a través de la ventanilla del coche y me pregunté cómo iba a salir de allí. El taxista estaba cogiendo la salida de las rondas cuando él colgó el teléfono y solo alcancé a presentarme antes de que el frenazo del taxi nos pusiese a los dos corriendo hacia la puerta principal del hospital. No es fácil moverse por un hospital cuando uno no tiene experiencia, y menos en uno de esos macrohospitales donde todos los pasillos parecen iguales y todas las puertas parecen conducir al mismo lugar.

Así que, viéndole tan aturdido como estaba, le dije que yo sabía moverme y que me dejase hacer a mí. Fuimos al mostrador más cercano y de allí a unas sillas vacías frente a las puertas de quirófano. Yo me senté intentando recordar que hacia solo unos minutos estaba tumbado en mi cama junto a Fernando y fue en ese momento cuando le pedí el móvil para llamarle. Como pude le expliqué rápidamente lo ocurrido, pero tuve que colgar apresuradamente porque el cirujano salió a decirnos qué tal había ido la intervención. Con un par de besos y un te quiero me despedí de él y empecé a escuchar que el accidente había sido muy grave y que la operación había sido muy delicada. Ahora iban a hacer el traslado a la UCI y en un rato podríamos entrar un segundo a verla. Aquel hombretón de casi dos metros de altura comenzó a llorar destrozado y se abrazó a mí. Sin saber muy bien qué hacer le puse mi mano en su espalda. Tardaron una hora larga en avisarnos de que podíamos pasar.

En aquel tiempo, Miguel, que así se llamaba el chico, me puso al corriente de toda su historia. Sara era su novia, llevaban casi seis años como pareja y hacía apenas un mes que se habían ido a vivir juntos. Él había estudiado empresariales; ella, diseño. Él trabaja en una empresa llevando la contabilidad y ella acababa de empezar a trabajar como diseñadora para una marca de moda poco conocida. Hacia apenas una hora, Miguel había recibido una llamada de teléfono del hospital diciéndole que Sara había tenido un accidente y que necesitaba ser operada urgentemente. El resto, yo ya lo sabía; carreras por el piso para vestirse y llamar al taxi, chocar conmigo y llegar hasta aquí.

Me invitó a tomar un café de la máquina que teníamos en frente y, mientras lo saboreábamos y estirábamos un poco las piernas caminando por el pasillo, yo le expliqué un poco sobre mí, le hablé de Fernando, le conté a lo que me dedicaba… Volvíamos a estar de nuevo sentados en las sillas frente a la puerta de quirófano cuando una enfermera nos vino a buscar para acompañarnos a la entrada de la UCI. Sólo podía entrar un familiar, nos dijo, el otro podía recorrer el pasillo hasta la tercera ventana para ver a la paciente a través del gran ventanal de cristal.

No me molesté en decir que no yo era familiar, no era el momento. Miguel me dio su móvil y algunas monedas sueltas que tenía en el bolsillo y acompañó a la enfermera dentro de la UCI. Debí de haberme quedado allí, porque cuando recorrí el pasillo y llegué al tercer ventanal vi a un Miguel, alumbrado solamente por la luz del cabezal, totalmente vestido de verde, desplomándose sobre un cuerpo de mujer que no respondía a nada. En aquel momento sentí cómo el dolor traspasaba el cristal y cómo la desesperación me invadía por completo.

La angustia me apretó fuertemente el cuello cuando pensé que ese cuerpo podía ser Fernando y yo aquel hombre destrozado que imploraba por la vida. Los ojos se me nublaron y sin poder evitarlo empecé a llorar y mi llanto, hiposo y angustiado, contrastaba con el llanto de aquel hombre que, a través de aquel cristal insonorizado, llegaba a mí en forma de gestos, abriéndose paso a través del vidrio. El dolor que causaba la ausencia de respuesta en aquel cuerpo era tan fuerte que se podía tocar y, dejándome caer sobre la pared, pensé que nunca había visto algo tan hermoso y tan cruel a la vez. No pude hacer otra cosa más que llorar y llorar…

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