22/01/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Cómo nos conocimos’

12 enero, 2019
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Cuando se dirigió hacia a mí supe que me iba a pedir algo. Tenía unos espectaculares ojos azul claro y unas perfectas cejas rubias que le endulzaban la mirada. No le había visto nunca.

Sin duda alguna, si lo hubiese visto alguna vez, recordaría perfectamente aquella cara de mandíbula y pómulos marcados y aquel flequillo rubio cayéndole discretamente sobre la frente. Incluso allí parados, frente a frente, mientras yo esperaba a que su petición saliese a través de aquellos labios sugerentes, su flequillo, con aquel mechón perfectamente peinado que le caía lo justo, ni poco ni demasiado, oscilaba levemente al compás del aire acondicionado.

Hay hombres a los que uno les consiente todo, a los que uno deja que le pidan cualquier cosa por sentirse, aunque solo sea durante unos segundos, el centro de su vida y universo. Cualquiera que hubiese visto la escena, cualquiera que nos hubiese visto, habría pensado que estábamos destinados a encontrarnos, que éramos el uno para el otro y fue en aquel preciso momento cuando nos enamoramos o, por lo menos, cuando yo me enamoré. Es fácil enamorarse de hombres así o, por lo menos, a mí me fue fácil.

Me fue muy fácil enamorarme de aquellos labios carnosos, ni muy gruesos ni muy delgados, semiabiertos y carnosos que dejaban entrever unos dientes perfectamente blancos e alineados. El mundo se detuvo un segundo para dejar que él pronunciara esas palabras que lo cambiarían todo y, justo antes de que eso sucediese, yo me imaginé una voz grave pero dulce, fuerte pero afable.

Cogió aire y empezó a soltarlo cuando la punta de su lengua, ese oculto objeto de deseo hasta este momento, se apoyó justo donde nacen los dientes delanteros para posteriormente arquearse dentro de la boca sin tocar nada y después cerrar la levemente la boca. Luego frunció un poquito hacia fuera los labios y los abrió mientras los llevaba de nuevo hacia atrás para, finalmente, acabar en una explosión de sonido.

Viví aquellos momentos a cámara lenta, como si supiese que el hombre de mi vida estaba a punto de decirme las palabras mágicas que abrirían la caja de pandora del amor. Éramos solo él y yo. El universo se había detenido esperando a aquellas palabras saliesen de su boca. “Quiero un Whopper”, dijo. Y luego, como todos los demás, se marchó.

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Shangay

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