15/09/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Stop’

25 enero, 2019
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Hay momentos en la vida en los que uno tiene que parar. Y quizás no lo hace en el momento perfecto ni en el lugar adecuado, pero ese sentimiento interno se desata cuando menos te lo esperas y te sube por la boca como una sensación de nausea inesperada que antecede, irremediablemente, a esa pausa que, sin tú saberlo, ya estaba allí.

Tenía los labios más bonitos que nunca había visto. La sonrisa perfecta, los dientes totalmente blancos. Su lengua se deshacía en la boca y su saliva… Su saliva sabía a caramelo de toffee y a agua de mar.

Estoy seguro que le habían enseñado a besar en alguna escuela. Y, si su carrera sentimental no tenía asignatura de besos, quizás fuese que había aprendido en aquellos baños de la universidad, donde el sol entraba por las ventanas enrejadas y el humo salía a través de ellas. Allí era donde las bocas descubrían bocas, donde los alumnos pasaban de las prácticas a la matrícula de honor, de la calada a la saliva, de los labios a las lenguas.

Su cuerpo estaba tumbado sobre la cama de aquel motel y el sol entraba, como en aquellos baños, por la ventana. El sitio no tenía nada de particular salvo su cuerpo fibrado atrayendo al mío hacía él y la urgencia y el deseo acelerando por las curvas de nuestras venas.

En aquel momento, cuando sus labios entreabrieron mis labios, no existió nada más en el mundo que aquel beso; que su lengua recorriendo mi boca, que su saliva calándome hasta los huesos.

El coche estaba en la puerta, la realidad se había quedado fuera. Allí dentro no estaba ni su mujer ni la mía, ni su rutinaria soledad triste y fría, ni las miradas indiscretas que nos hubiesen juzgado por lo que estábamos haciendo. Solo nuestras bocas y mi arcada subiendo por mi cuello.

Hay momentos en la vida en los que uno tiene que parar. En los que el mundo te coge por dentro y te pregunta qué estás haciendo y tú, pobre mortal, no sabes ni qué responder.

Fue doloroso separar mis labios de sus labios, y lo peor fue que el mundo, y nosotros mismos, hicimos como si nada hubiese pasado. De camino a casa me salté todos los stops. Por el retrovisor vi cómo el sol se reflectaba en el maletero del coche, sus besos aún se notaban en mi cara.


FOTO: Indestructible Factory @indfactory

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