08/12/2019

Ceremonias homosexuales en iglesias de la Europa medieval

1 agosto, 2019
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Dos hombres unidos por el contacto de sus manos derechas, en presencia de un sacerdote. Y un beso para sellar su unión, en lo que fue una ceremonia reglamentada para unir a personas del mismo sexo en iglesias de la época medieval, de acuerdo con la investigación que realizó el profesor estadounidense John Boswell (1947-1994). Durante doce años, este maestro de historia en la Universidad de Yale, en Estados Unidos, consiguió consultar más de sesenta manuscritos antiguos incluyendo este rito, que datan de los siglos VIII hasta el XVII.

Documentos provenientes de puntos tan dispares como el Vaticano, París, San Petersburgo, Grecia, Roma, Egipto… Pocos meses antes de morir, Boswell publicó su libro Same-Sex Unions in Premodern Europe (Uniones del mismo sexo en la Europa premoderna, en castellano). Años antes, en 1981, ganó el prestigioso premio literario American Book Award de Historia, por su obra Cristianismo, tolerancia social y homosexualidad.

La existencia de uniones homosexuales en Occidente no fue una excepción. Otros pueblos han admitido e institucionalizado esos enlaces, escribió el profesor: guerreros japoneses al inicio de la época moderna; los chinos bajo las dinastías Yuan y Ming (siglos XIII a XVII); tribus indias en América antes de la dominación blanca; clanes en África hasta el siglo XX, e incluso en Oriente, Rusia o América del Sur. Boswell describió que ya en el mundo greco-romano (400 a.C. – 400 d.C.) hubo distintos tipos de relaciones homosexuales. Existió la explotación de hombres por hombres. También las de amantes con una diferencia de edad importante. Para un varón joven suponía su entrada en el mundo adulto.

El mayor jugaba el rol de educador y protector. De esa época, el filósofo griego Platón en su obra El Banquete (s. IV a.C.) escribió sobre hombres que encontraban al varón que les convenía, porque no les interesaba ni el matrimonio heterosexual ni la procreación. Y llenos de la amistad y del amor más prodigioso, rechazando separarse, pasaban sus vidas juntos. Y otro pensador griego, Aristóteles, describió a una pareja de hombres que administraron un solo hogar y decidieron ser enterrados juntos en su obra La Política (siglo IV a.C.).

Durante los primeros siglos de nuestra era, el celibato fue para los cristianos el modo de vida ideal que podía perseguir cualquier persona, pese a que la mayoría continuó contrayendo matrimonio. El erotismo fue sospechoso y el amor sexual apasionado desapareció de la literatura. Casarse fue considerado entonces por los católicos como un compromiso en el mundo material del que ellos trataban de alejarse. En Occidente, la Iglesia hizo pocos esfuerzos por reglamentarlo antes del siglo X. Fue tras el IV Concilio de Letrán, en 1215, cuando elaboró reglas sobre la manera de celebrar el matrimonio. Exigiendo la presencia de un sacerdote a partir de esa fecha.

Después de sus primeros mil años, la Iglesia puso el acento en la familia biológica, mientras que en sus inicios se caracterizó por permitir otros modos de vida: celibato de curas, virginidad voluntaria, incluso para los casados, vida en comunidad monástica. Aunque el divorcio y la prostitución siguieron siendo corrientes en la Europa católica a lo largo de la Edad Media. Y hasta el siglo XV hubo diversos ritos de casamiento y diversidad regional. El autor añade que la principal preocupación de los cristianos de la Edad Media, sobre todo en los países mediterráneos, fue el adulterio y no el sexo de la persona con quien se cometía.

Los pueblos paganos de inicios de la cristiandad no tuvieron una tendencia a despreciar las uniones homosexuales, de acuerdo con el profesor, por lo que según Boswell es fácil entender que la Iglesia instaurara estas ceremonias. Y como los cristianos de la Iglesia primitiva y medieval sentían serias reservas a toda forma de sexualidad humana e idealizaban el celibato, es probable que la idea de dos hombres unidos por algún tipo de celebración eclesiástica, que pudiese librarles de un comercio carnal, no hubiese tenido nada de reprochable. En Oriente, el manuscrito litúrgico griego más antiguo se llama Barberini 336.

Conservado en la Biblioteca Vaticana, fue redactado en Italia en el siglo VIII, país donde los oficios litúrgicos griegos fueron corrientes hasta el inicio de tiempos modernos. El escrito contiene cuatro ritos de unión, tres heterosexuales y otro para unir a dos hombres. Las ceremonias son más antiguas que el manuscrito en palabras de Boswell: “Tal vez del siglo II o III”. La que aparece en ese documento puede traducirse como “oración para hacer hermanos”. Sobre la palabra ‘hermano’, Boswell mantiene que ha tenido en ocasiones connotaciones sexuales o sentimentales en la Roma imperial. También en la Europa antigua podía ser ambigua. O por el contrario, hacer referencia a una relación impersonal, como la de los monjes que se llaman entre ellos “hermanos”.

Además, un manuscrito con imágenes de la historia de los emperadores bizantinos entre los siglos IX y XI, conservado en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid, muestra en una de las ilustraciones una unión entre el emperador bizantino Basilio I y otro hombre llamado Juan, en el siglo IX. El documento se llama Skylitzes Matritensis. En la imagen, a la derecha, un sacerdote une a Basilio y a Juan en una iglesia. Están de pie ante un libro abierto sobre un atril. A la izquierda, observamos a la madre de Juan, Danelis, ofreciendo, lo que podría ser un banquete a los recién unidos, describió Boswell. Todos los personajes se identifican gracias a sus nombres escritos sobre los mismos. Este códice del siglo XII procedente de Sicilia constituye, de acuerdo con la Biblioteca Nacional, una fuente de información única sobre el mundo bizantino en aspectos como el poder imperial o la vida cotidiana.

Sobre lo ‘fraterno’, Agustín de Hipona, más conocido como San Agustín –filósofo y teólogo cristiano del siglo IV d.C.– observó que un cristiano podía vivir con su cónyuge “en armonía”, satisfaciendo sus deseos sexuales, o en una “unión fraterna”, absteniéndose de toda relación carnal. Así se explicó en su obra De sermone Domini in mont‘. Además de Barberini 336, Boswell enumeró otras siete versiones de la ceremonia, todas anteriores al siglo XII, provenientes del monasterio de Santa Catalina, a los pies del monte Sinaí en Egipto, de París, de San Petersburgo y del monasterio de Grottaferrata, cerca de Roma. En el siglo XII se realizaron copias de esos documentos. Al menos hay 17 versiones en eslavo antiguo y en griego. Hay alguna copia en el Vaticano. También existen ejemplares del siglo XIII en el Monte Atos, al norte de Grecia, y en la isla de Patmos, en el mar Egeo, y los hubo en los siglos XV y XVI.

Si existieron versiones en latín, el norteamericano publicó que debieron perderse o destruirse a propósito. Encontró los documentos en monasterios, bibliotecas, universidades… en casi el conjunto del mundo cristiano. Más tarde, los prejuicios contra toda forma de relación homosexual fueron predominantes en Occidente. El religioso francés Jacques Goar (1620-1653) creyó obligado precisar que “esa ceremonia está prohibida tanto por el derecho eclesiástico como por el civil. La hemos impreso porque la hemos encontrado en numerosos libros manuscritos”. Conocido por ser un filólogo clásico, Goar se consagró al estudio del griego. Publicó un libro sobre la litúrgica en la Iglesia griega (Euchologe), donde aparecen esas palabras. Aunque Boswell precisó que “no está claro que hubiera leyes civiles que condenasen la ceremonia, y el derecho eclesiástico solo la prohibió a los monjes”. Probablemente Goar expresó su “repugnancia personal”, de acuerdo con el historiador.

En la ceremonia de unión, los dos hombres debían darse la mano derecha, se besaban y en ocasiones debían dar vueltas al altar, de acuerdo con los manuscritos que las reglamentaban. Siempre describen una unión voluntaria de solo dos personas. Señalar que ciertas versiones eslavas contemplan la posibilidad de unir a dos mujeres, pero no lo hacen, en cambio, ninguno de los ejemplares en griego, según destacó el profesor. Boswell añade que darse la mano derecha (dextrarum junctio, en latín), estaba destinado a oficializar un contrato en la época romana, normalmente un matrimonio. Gesto que pervivió durante la Edad Media en toda la cristiandad. Además, los textos de unión invocan en sus oraciones a parejas de santos masculinos, como Sergio y Baco, a los que más se recurrió.

El historiador relata La pasión de San Sergio y San Baco. Nos traslada a finales del siglo III d.C., bajo el reinado del emperador romano Maximiano. Sergio era su amigo y, junto a Baco, también fueron sus soldados. Los dos eran cristianos, considerados entonces una secta por el emperador, y son acusados por ello. “Vosotros adoráis a lo que ha sido creado, en lugar de adorar al creador”, predicaban los santos. Tras escucharlos, un colérico Maximiano mandó retirarles la ropa de militar, vestirlos de mujer y que desfilasen por la ciudad con cadenas en sus cuellos. Pese a ser torturados, no renegaron de su fe cristiana hasta su asesinato. Primero mataron a Baco ,y Sergio fue encerrado en prisión. Lloró y gritó: “Nunca más, hermano, volveremos a cantar juntos. Me has dejado solo en la Tierra, sin consuelo”. De repente, Baco se le apareció en forma de ángel y le dijo: “¿Por qué lloras hermano? Sigo contigo en el enlace de la unión”. Por tanto, referencias a las palabras ‘hermano’ y ‘unión’. Por ello aparecen mencionados en la mayoría de las ceremonias. Boswell añadió que a Sergio y Baco no se les atribuye esposa, y que en el documento de un enlace se menciona lo siguiente: “Has considerado [Dios] a tus santos mártires Sergio y Baco dignos de ser unidos”.

Las uniones también son mencionadas en un tratado de derecho bizantino del siglo XI. Recordar que el Imperio bizantino fue la parte oriental del Imperio romano, que pervivió durante toda la Edad Media y el comienzo del Renacimiento. Además, sorprendentemente, en el siglo XVIII, el escritor y geólogo italiano Alberto Fortis observó con admiración no muy lejos de su país un enlace de dos mujeres celebrado en una iglesia. Dejó constancia de ello en su libro Viaje en Dalmacia. Fortis fue un miembro de la sociedad científica Royal Society de Londres. ¿Pudo tratarse de una celebración de la amistad? Boswell respondió que las ceremonias descritas en griego no incluyen la palabra ‘amigo’ ni ninguna otra alusión a ella. Para el profesor, es imposible determinar si la ceremonia de unión se trataba de una cristianización de un rito homosexual antiguo o de una innovación cristiana.

Recuerda que en Roma existía una costumbre que permitía una unión de dos hombres declarándolos “hermanos”. Se conoció como ‘adopción colateral’. Y de acuerdo con el norteamericano, la homofobia de los antropólogos en el pasado hacía que estas fuesen descritas sin ningún elemento afectivo o erótico. Boswell cuenta que hubo una represión de los comportamientos homosexuales a partir del siglo XIII, algo que fue menos corriente en el Oriente bizantino, y que un siglo después, Europa cedió a un odio obsesivo contra el “pecado” de la homosexualidad. Reconoce que antropólogos en Alemania describieron con franqueza y realismo la ceremonia en los siglos XIX-XX.

Luego, silencio. Boswell recuerda cómo los nazis exterminaron brutalmente a los movimientos en defensa de los derechos de homosexuales y a ellos como individuos. Así como la homofobia posterior que complicó tratar este asunto. El profesor relató que su investigación comenzó cuando le enviaron información sobre una sola ceremonia de unión. Junto a las palabras del religioso Jacques Goar, antes mencionadas. Después, empezó a rastrear manuscritos. Primero en la British Library, la biblioteca nacional del Reino Unido. Luego fue avanzando hacia el este, “verano tras verano”, “biblioteca a biblioteca”. Tuvo que invertir varios años hasta dar con versiones manuscritas de la ceremonia en Italia. Por cierto, no halló ninguna en Londres. Además, recibió la ayuda de una veintena de personas para traducir los documentos, pese a que Boswell, doctorado en Harvard, leía o comprendía unos diecisiete idiomas. Falleció a los 47 años a causa del sida, en diciembre de 1994, meses después de la publicación del libro, en junio, tal y como publicó el diario The New York Times. “John fue muy valiente y pionero. Brillante”, de acuerdo con quien fue profesor de historia en la Universidad de Nueva York, Martin Duberman, en la necrológica que publicó el periódico estadounidense. Boswell concluyó en su libro que reconocer que algunas sociedades occidentales del pasado institucionalizaron una forma, la que fuera, de unión homosexual, nos ofrece una visión mucho más exacta de la inmensa variedad de relaciones sentimentales humanas.

En su obra El Banquete, un diálogo sobre el amor, el filósofo griego Platón (siglo IV a.C.) invitó a su ágape al poeta cómico Aristófanes, coetáneo suyo. En sus líneas, el artista, a través de las palabras de Platón, trata la naturaleza humana y las modificaciones que ha sufrido. En primer lugar, señala que “tres eran los sexos de las personas, no dos como ahora, masculino y femenino, sino que había además un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque ha desaparecido: el andrógino”. Palabra que proviene del griego, andros, hombre, y gino, mujer. Añade que estos “tenían dos rostros iguales y dos órganos sexuales. Lo masculino era al origen descendiente del Sol, lo femenino de la tierra y lo que participaba de ambos, de la Luna”.

Afirma que “eran extraordinarios en fuerza y tenía un inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. Entonces Zeus que no podía matarlos, pero tampoco permitir su insolencia, decidió cortarlos por la mitad para debilitarlos”. Así, “una vez que fue seccionada en dos la forma original, añorando cada una su propia mitad, deseosos de unirse en una sola naturaleza, morían de hambre por no querer hacer nada separados unos de otros”. “Y si en el abrazo se encontraba hombre con mujer, engendrarán y seguirá existiendo la especie humana, pero si se encontraba varón con varón, habrá al menos satisfacción de su contacto. Descansarán”, leemos.

Y concluye: “Desde hace tanto tiempo, es el amor de los unos a los otros innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta hacer uno solo de dos”. La unión.

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