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‘Y Leo Classen habló’: sadismo, campos de concentración y experimentos con homosexuales

25 enero, 2021
Léetelo en 3 minutos

¡Bienvenidos!

Hace unas semanas llegó a mis manos, gracias a los consejos de Carlos Valdivia, un ensayo estupendo, Maricones de antaño (Editorial Egales), que en menos de 400 páginas hace un recorrido por la historia de la homosexualidad de cabo a rabo. Ramón Martínez y Juanma Samusenko tienen la culpa de que devorase el libro en pocos días.  Cuando comencé el  octavo capítulo, con título ‘Una oscuridad casi completa’, dedicado a las víctimas del homocausto, tuve que parar ­–llamadme aprensivo– por lo mucho que me alteró lo que allí encontré: un cóctel perfecto de ira, ansiedad y asco. Aun así, le eché arrestos, acabé el capítulo con una moraleja reverberando en mi cabeza “No puedes leer este tipo de cosas, porque te pones malito”, y empecé a recomendar el libro a todo el mundo, no es cuestión de sufrir solo… ¡Leedlo!

Hoy tuve miedo cuando me escribió Carlos para anunciarme la publicación de Y Leo Classen habló (Editorial Egales), el  testimonio más antiguo conocido por un superviviente homosexual de un campo de concentración nazi. Luego me dije “Cobarde, más miedo pasó Leo Claseen”, y lo leí.

“Sobre la entrada del barracón de aislamiento de la compañía disciplinaria se había colocado, a modo de burla, un oportuno y colorido letrero en el que se podía leer ‘¡Bienvenidos!”.

Carlos Valdivia cuenta que mientras visitaba la exposición Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, se dio cuenta de que un cartel que cuantificaba por centenares de miles las fatídicas muertes de judíos, gitanos, serbios, personas con discapacidad, etcétera, solo citaba “varios miles de homosexuales”. Este cálculo aproximado le enfadó e incitó a ahondar en las cifras. Importantes investigadores aseguran que rondarían los 5.000 – 15.000 enviados a campos de concentración y tan solo 50.000 enviados a prisión, pero el propio Heinrich Himmler, uno de los principales líderes del  partido nazi, se jactaba de haber eliminado a un millón de homosexuales.

El 25 de enero, coincidiendo con el Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto, llega a las librerías Y Leo Classen habló, primer testimonio de un ‘triángulo rosa’ en el que narra el infierno vivido junto a sus compañeros en el campo de concentración de Sachsenhausen. Carlos Valdivia Biedma ha conseguido rescatar del olvido siete textos escritos por Leo Classen en la revista Humanitas, inéditos hasta la fecha tanto en alemán como en español.

“Los desnudaban, mojaban y dejaban durante una hora a la intemperie de noche en enero, así como codiciados conejillos de Indias para experimentos médicos. La primera tarea de los prisioneros con el triángulo rosa fue la de mover nieve con las manos desnudas de un lado para otro de la calle que había entre los barracones”.

Seguro que muchos de vosotros aún podéis sentir el entumecimiento en las manos de limpiar de nieve vuestros coches, terrazas y casas… ¿Os podéis imaginar esa tortura arbitraria multiplicada por cien, simplemente por amar a quien te apetece? Este es un ejemplo de tantos que aparecen en libro de Carlos Valdivia: penetraciones con maderas astilladas, jugar a los dardos con jeringuillas usando como diana a un homosexual, experimentos químicos, y muchas más perrerías. Uno de los ‘juegos’ más sádicos que encontré entre las páginas del ensayo fue el siguiente:

“Por si esto fuera poco, los guardias jugaban a Dispara al que escapa, que se basaba en obligar a un preso a acercarse a la valla y dispararle bajo el pretexto de que intentaba huir. Por cada prisionero muerto en este juego, el ganador recibía cinco marcos imperiales y tres días de permiso”.

Hace apenas un mes, en la plaza de Sant Jaume de la capital catalana nos encontrábamos a grupos de extrema derecha ondeando banderas con cruces gamadas; también el pasado 12 de octubre, a lo largo del día de la fiesta nacional, pudo verse este tipo de símbolos izarse impunemente. ¿Qué tiene que pasar para que se entienda el sufrimiento de personas inocentes? ¿Qué ensayo tienen que publicar para que se castigue este tipo de comportamientos? No  quiero imaginarlo. Así que, mientras tanto –llamadme aprensivo–, comprad el libro y leedlo.

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Shangay

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