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Sin memoria no hay Orgullo: activismo LGTBIQ+ a través de libros imprescindibles

28 diciembre, 2020
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Imaginad una casa sin cimientos. Que se levantan unas paredes fuertes, un techo resistente y, una vez terminada de construir, se colma de muebles caros: un sofá de diseño, una silla Luis XV y una estantería de Le Corbusier. ¿Cuánto tiempo creéis que tardaría en venirse abajo? ¿Sería suficiente esa robusta arquitectura, además de un exquisito gusto decorativo, para sostenerla? La pregunta, sin necesidad de ser ingenieros, es clara: resulta imposible sostener una estructura si no hay unos buenos pilares que la protejan de la ley de la gravedad.

Esta metáfora arquitectónica puede resultarnos útil para analizar cómo se ha desarrollado el activismo LGTBIQ+ en los últimos años. Y es que durante décadas nos hemos preocupado de amueblar, decorar y levantar tabiques para que nuestro colectivo luzca lo mejor posible. Siempre, por supuesto, con una clara intención, la de avanzar. La de seguir adelante, conquistar derechos y alcanzar la igualdad real en la sociedad. Un trabajo fabuloso, además de titánico, pero sin una base en la que apoyar tanto trabajo.

Esta lucha culminó, en cierta forma, con el matrimonio igualitario en el año 2005. Después de ese gran logro, que fue un hito histórico, ya no solo para la sociedad española sino también para el mundo entero, nuestros objetivos se hicieron más difusos. Han tenido que pasar quince años para que exijamos de una forma clara y fehaciente una Ley Trans estatal despatologizante, por ejemplo.

“Nos ha faltado una base teórica y académica sobre la que cimentar nuestras ideas”

También llevamos años pidiendo la erradicación de la homofobia en la sociedad, pero no presentamos ningún plan de acción efectivo para conseguirlo. O recibimos ataques de la ultraderecha, pero la movilización es, como mucho, a golpe de tuit.

¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué se están resquebrajando las bonitas paredes de nuestra casa? La respuesta es clara: nos ha faltado, siempre ha ocurrido, una base teórica y académica sobre la que cimentar nuestras ideas. Y esto tampoco es de extrañar, ya que todo ha ocurrido demasiado deprisa. Una vez que terminó el franquismo, que nos mantenía a nivel social y económico muy por detrás del resto de países, el avance fue a la velocidad de la luz: las primeras organizaciones, las primeras manifestaciones, los primeros logros. Ya todo fue imparable. Tanto que se nos olvidó poner los cimientos.

Ahora, por fin, parece que eso está cambiando. Cada vez nos preocupamos más por nuestro pasado. Indagamos en las vidas de aquellos que sufrieron la opresión de un sistema heteropatriarcal donde ser gay, lesbiana o trans era considerado una aberración, además de sometido al castigo de las leyes, tanto divinas como humanas. Por eso, celebro que de un tiempo a esta parte se haya comenzado a preservar esos testimonios y a recordar a esas personas, con nombres y apellidos propios, que fueron el punto de partida para llegar hasta donde estamos.

Una señal de este interés creciente por el trabajo de preservación es, por ejemplo, la reciente publicación de Libérate. La cultura LGTBQ que abrió camino en España (Dos Bigotes), de la periodista Valeria Vegas, una de las personas que más han hecho por esta labor antropológica. En el libro hace un repaso de personajes, lugares o películas que han tejido nuestra idiosincrasia como colectivo a lo largo de años, sobre todo de la época del franquismo y la Transición. Aquí aparecen, entre otros muchos, Yeda Brown, Pierrot, la sala Centauros, Paco España, Carla Antonelli, Pavlovsky, Madame Arthur o La Esmeralda de Sevilla.

Por otro lado, el investigador Ramón Martínez ha sido todavía más osado y se ha atrevido a esbozar la historia universal del colectivo LGTB. En su Maricones de antaño. Historias LGTB de la Historia (Egales), Martínez ha recopilado las biografías de personajes que fueron abiertamente LGTB o que, históricamente, han despertado algún tipo de sospecha. Cervantes, Jacinto Benavente, Alan Turing, Góngora, Cernuda o Jesucristo, que tampoco se escapa a sus conjeturas, engrosan la lista de maricones ilustres.

“Comenzamos a ser conscientes de la necesidad de atesorar la memoria de nuestro colectivo”

Hay otros títulos, también de reciente publicación, que, aunque no tocan directamente el contexto español, resultan más que necesarios. Por ejemplo, la primera biografía en español –y escrita por el español Álex Ander– sobre el actor, transformista y cantante Harris Glenn Milstead: Divine. La historia de la mujer más hermosa del mundo (casi) (Egales); o Amigas. Relatos de amor entre mujeres, del siglo XVIII al XX (Dos Bigotes), traducida por Eva Gallud y Gloria Fortún

Por supuesto, tampoco podemos olvidarnos de la gran revelación literaria de la temporada pasada, el alabado Señoras que se empotraron hace mucho (Plan B, 2019) y su segunda entrega, Señoras ilustres que se empotraron hace mucho (Plan B). Y, para coronar este catálogo de recuperación de la memoria, podemos también nombrar Un camerino propio (Egales), del escritor y activista canario Daniel María, en donde relata en primera persona cómo grandes figuras de la cultura popular –entre ellas Massiel, Lola Flores o Bowie– le han ayudado a construirse como persona y activista.

Con ejemplos como estos podemos decir sin miedo a equivocarnos que, poco a poco, comenzamos a ser conscientes de la necesidad de atesorar la memoria de nuestro colectivo, tan frágil y vulnerable, además de fugaz si no nos ponemos a preservarla desde este preciso momento. Porque, a diferencia de lo que ocurre con la sociedad normativa, aquí no hay grandes partidas de dinero ni megalíticos planes para recuperar nuestro pasado y protegerlo del olvido y el paso del tiempo.

Además de todo lo expuesto anteriormente, hay otro motivo significativo por el que preservar nuestra memoria. Por supuesto, es importante reparar el honor de aquellos que dieron los primeros pasos para que nosotros pudiéramos correr –cuestión, por otro lado, nada baladí–, pero es que además esta forma de activismo también nos servirá como escudo protector ante los crueles ciclos vitales. Porque la vida, ya todos lo sabemos, tiende al caos. Y esta entropía solo puede ser domesticada a través de la mirada al pasado. Saber lo que ha ocurrido para intuir lo que va a ocurrir.

Porque aunque el mundo es azaroso, hasta el caos tiene sus rutinas. Y lo que ocurre una vez, tan solo es cuestión de tiempo que se vuelva a repetir. Por eso es tan importante que miremos atrás. No para aprender, que también, sino para saber lo que nos puede venir encima. Y para que lo que una vez nos pilló por sorpresa, esta vez, al menos, nos encuentre lo suficientemente fuertes como para afrontarlo sin miedo. Es, desde luego, nuestra obligación moral como colectivo.

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