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El bestial regreso de ‘Peter Grimes’: horror bordado con poesía (como la vida misma)

20 abril, 2021
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Todos buscamos un puerto en el que refugiarnos. Peter Grimes, el huraño, solitario y ¿malvado? pescador que da título a la ópera de Benjamin Britten, también. Y así lo canta nada más comenzar la obra. Brutalidad y poesía. Estos conceptos (supuestamente) antagónicos son los que vemos en el escenario del Teatro Real, que lleva años empeñado en saldar la deuda que Madrid tenía con el compositor británico.

Es un empeño personal de su director artístico, Joan Matabosch. Y lo está consiguiendo. Ya en la primera temporada del ‘nuevo’ Real, Juan Cambreleng programó un estupendo montaje de Willy Decker como tercer título tras la apertura en noviembre de 1997. Pero esta nueva producción –como ya ocurriera con Billy Budd en 2017– sitúa al coliseo madrileño como uno de los principales abanderados de quien es uno de los mejores creadores operísticos del mediados del siglo XX, además de todo un icono y un referente LGTBI.

Muy lejos queda ya aquel 1999, en el que pudimos ver en el Teatro de La Zarzuela Otra vuelta de tuerca (con Raina Kabaivanska y Antoni Ros Marbà a la batuta). Y lo hicimos como algo excepcional, como una gran fiesta. Y no era para menos, pues fue un lujazo. Pero, afortunadamente, parece que Britten ha venido ahora para quedarse instalado en nuestro día a día.

Peter Grimes es una ópera bestial, brutal; muy dura. Pero bellísima. Como la vida misma. ¿Cuáles son las fronteras entre el bien el mal? ¿Es lícito lapidar a un ser, por muy despreciable que sea, en la plaza pública –digamos redes sociales o platós de televisiones– para ajusticiarlo por el mal que ha hecho? Todo lo que vemos en la apuesta que la directora británica Deborah Warner pone sobre el escenario nos lo podemos encontrar cualquier día, en cualquier esquina. Al lado de nuestra casa o simplemente al conectarnos con el mundo tras despertarnos. Porque la vida es así, un horror. Pero este horror puede estar bordado para hacerlo más bello, como le canta Ellen Orford, la maestra del pueblo (magnífica Maria Bengtsson), al nuevo aprendiz del pescador al comienzo del segundo acto tras el interludio Mañana de domingo.

La función arranca con un Peter Grimes complemente atado por sus redes de pesca, mientras es juzgado porque su aprendiz murió cuando pescaban en alta mar. La poesía teatral de Warner envuelve ya desde ese momento el horror de la situación. Y esa poesía no se bajará del escenario hasta el terrible final del tercer acto, tras el último interludio, Claro de luna, el quinto de la ópera.

La regista cambia de época la acción, pero respeta escrupulosamente los actos y cuadros de la obra, proyectando sobre un sobrio telón no solo esta estructura de tres actos y diferentes escenas, sino también cuando suenan los famosos interludios (eso sí, lo hace, de forma inexplicable, en inglés). El cambio de época tiene para ella una justificación: “No quería que al reflejar la miseria y la pobreza de ese momento la función pudiera parecer Los miserables“, dijo en la rueda de prensa.

Ivor Bolton, director musical del teatro, se pone al frente de una Orquesta Sinfónica de Madrid (titular del coliseo) que fue aplaudida a rabiar al final de la función. Como lo fue el Coro Intermezzo (también titular de la casa), que tiene un protagonismo absoluto en toda la obra; es un personaje más. Pero fue el tenor británico Allan Clayton –que da vida al rol titular– el gran triunfador. Y no es para menos. Este dificilísimo papel a nivel vocal tiene, además, la complicación añadida de ser un personaje tan ambiguo y complicado que resulta fácil caer en el estereotipo. Warner, con su brillante visión de la obra, no lo permite. Pero no fueron solo ellos: todo el elenco al completo se llevó una más que merecida gran ovación.

Impactante imagen del tenor británico Allan Clayton como Peter Grimes, con el cadáver de su aprendiz envuelto en redes de pesca. [Fotos: Javier del Real]

El Real sigue saliendo a triunfar en la temporada más complicada de la historia reciente. Tras la falsa polémica creada por los recientes casos de covid entre algunos miembros del elenco durante los ensayos, fueron algunos quienes quisieron buscar el linchamiento en la plaza pública. Como en Peter Grimes; como en la vida misma. Pero llegó la solución: se activó el protocolo, hubo que retrasar dos veces el estreno y, finalmente, se ha levantado el telón.

Gran éxito y, le pese a quien le pese, la prensa internacional lo que busca en Madrid es saber cómo se logran salvar aquí los obstáculos para poder seguir adelante. No el linchamiento gratuito. Como el que escuchamos cuando el coro que machaca –durante el bellísimo segundo acto– con el runrún de la religión (¿mal entendida?) que atemoriza a la sociedad. De nuevo, como la vida misma.

Este Peter Grimes tiene todas las bazas para convertirse en un montaje fetiche con gran trayectoria internacional, como ya ocurrió con Billy Budd, que ganó casi todos los premios que importan en el mundo de la ópera. Se trata de una coproducción con el Covent Garden que se estrena antes en Madrid. Y lo hace no solo en plena pandemia, sino en medio de un Brexit que complica todo muchísimo más. Así es la vida: no hay que buscar complicaciones, pues llegan solas.

Linchamientos públicos, uno de los temas que Peter Grimes saca a la palestra.

Vivimos tiempos de horror, como en Peter Grimes, con la muerte como asquerosa convidada de piedra. Pero ese horror hay que bordarlo, como hace Ellen Orford, la maestra del pueblo, para que la vida sea más bella. Y también para intentar salvar al protagonista, y para ayudar al pobre niño condenado a la desgracia. Milagros como este que vemos en el Real nos hacen creer que puede ser posibles. Como la vida misma… Como en este Peter Grimes que se acaba de estrenar en el Teatro Real.

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