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¿Devolveríamos el golpe hoy en día las personas trans como en Stonewall?

2 julio, 2021
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Las revueltas de Stonewall pertenecen a la mitología urbana moderna, son casi un cuento lírico sobre cómo comenzó lo que hoy en día conocemos como el orgullo LGTBIQ+. Cuenta la leyenda que un 28 de junio de 1969, las maricas afeminadas, las trans (en su mayoría migrantes y trabajadoras sexuales) y las butch que poblaban la noche queer neoyorquina andaban un poco de bajona porque había muerto Judy Garland.

Esta parte del mito que envuelve a Stonewall es de mis favoritas, porque es casi realismo mágico, cómo la muerte de ese cuerpo sangrante sobre un escenario que fue Judy para la gente queer inflamó los ánimos al punto de decir “¡hasta aquí!”. Los ídolos del pop como dioses paganos que influyen en nuestras vidas de forma absoluta.

Ilustración: Iván Soldo

Lo cuenta muy bien Leslie Feinberg en su mítica novela Stone Butch Blues, recientemente editada en España. Lo que hacían los policías a las bolleras, las maricas y las trans que iban a los establecimientos gais era violarlas, vejarlas, detenerlas, humillarlas. Pero ese 28 de junio de 1969 devolvimos el golpe y lo hicimos duro. Golpeamos a la policía, prendimos fuego a todo, nos mostramos con soberbia, como flores salvajes (casi carnívoras) ante los cuerpos del estado con canciones provocativas y reivindicativas.

Las trans, cuenta la historia, fueron las que iniciaron las revueltas. ¿Por qué? Porque como las maricas y las bolleras masculinas, no tenían absolutamente nada que perder. El movimiento LGTBTIQ+ le debe mucho al denostado lumpen, de hecho sería inexistente sin él.

Después, este movimiento tan diverso se convirtió en el movimiento gay y se hizo bastante asimilacionista, dejando al resto de siglas y muy especialmente a la T de trans fuera del juego. 52 años después, las personas trans seguimos siendo las últimas en ver la luz del colectivo, en tener nuevos enemigos (las virulentas y agresivas terf) y en estar pendientes de la aprobación de leyes para hacer de nuestras vidas algo mejor. Leyes que, al fin y al cabo, no van a acabar con la transfobia imperante en casi todo el mundo.

Soy una mujer trans, tengo 49 años y sigo sintiendo la misma rabia que impulsó a las chicas de Stonewall a lanzar la primera piedra. Tengo una vida laboral inestable, soy estéril a causa de los tratamientos hormonales que he seguido (entre otras cosas) para que me reconozcan como mujer en mis documentos de identidad, estoy soltera (afrontémoslo, muy pocos hombres nos ven como algo más allá del fetiche y la fantasía).

¿Quién me va a devolver mi infancia? ¿Quién la relación fallida con mis padres? Siento ira contra la ultraderecha, contra la gente que me quiere deshumanizar, contra el mundo cis-hetero-patriarcal. Pero me pregunto, ¿devolveríamos el golpe hoy en día? ¿Estamos tan hartas? ¿Nos amoldaríamos a un nuevo régimen fascista o nos rebelaríamos contra él?

Quiero acabar con este poema que escribí en 2018 para Marsha P. Johnson, una de las indomables de aquella mítica noche del 69. Lo veo como un mantra que nos acompaña en la celebración del Orgullo, para no olvidar que el primero fue una rebelión.


“En julio de 1992 el cuerpo sin vida de Marsha P. Johnson
apareció en el río Hudson. Su muerte sigue sin resolverse.
Pienso en Marsha en el río, flotando, y me viene a la cabeza Ophelia
aun así no veo poesía en ello.

Todo cuerpo debe de ser regido solo por su habitante
Todo fuego debería arder para siempre
Todo corazón debería ser irrompible
Toda persona debería ser amada
Todo héroe-heroína debería tener su duelo
Todos deberíamos tener un sitio para llorar a nuestros muertos
Todos deberíamos morir dulcemente
Todo poeta muere joven
Toda mano tendida debería ser estrechada
Todo vacío debe ser llenado
Toda violencia es fruto del miedo
Todo el poder para el pueblo

Gracias a los rebeldes
Justicia a nuestros muertos.”


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