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ABBA: ‘Voyage’ a la eternidad

6 septiembre, 2021
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En el año 1977 fueron lanzadas al espacio dos sondas espaciales que tenían la misión de explorar y fotografiar los grandes planetas del sistema solar exterior. Se llamaban Voyager. En ese año, ABBA estaba entrando en su época dorada: publicaron su quinto disco de estudio, The Album, y estrenaron la película ABBA The Movie, un documental que ilustraba la abbamanía que se desató en Australia durante su exitosa gira allí. Ese furor por ABBA se extendería a todo el mundo en muy poco tiempo.

También las misiones Voyager resultaron todo un éxito: de hecho, las únicas fotografías cercanas que tenemos de Urano y Neptuno siguen siendo las que tomó la sonda Voyager 2 en aquellos años. Una vez terminada su misión, ambos aparatos continuaron su viaje interestelar hacia el infinito que en estos más de cuarenta años solo acaba de empezar; ambos aparatos están atravesando ahora la heliopausa, la zona donde el sol deja de tener influencia, y les faltan cuarenta mil años para llegar a la estrella más cercana.

También ABBA, casi cuarenta años después de su desaparición del panorama musical, vuelve para comenzar su viaje a la eternidad como el grupo más importante de pop de todos los tiempos. No en vano, su nuevo disco de estudio, que sale el 5 de noviembre, se llama Voyage, y en su portada aparecen cuatro esferas brillantes, como cuatro planetas o cuatro lunas doradas, como cuatro son sus componentes.

Y es que esta será su última resurrección, la que les impulsara a las estrellas, al infinito, como las sondas Voyager, que también transportan sendos discos fonográficos dorados con los sonidos del planeta Tierra por si las naves se topan con inteligencias extraterrestres, una idea del astrofísico Carl Sagan. Discos dorados muy similares a los que aparecen en la portada de Voyage de ABBA. Y así se cierra el círculo, la música de las esferas.

Por si este juego de espejos no fuera suficiente, ABBA volverán a partir de primavera en una serie de conciertos en Londres donde se mantendrán eternamente jóvenes, porque serán sus ABBAtares holográficos los que cantarán en su lugar. Como en la película Contacto (una historia de, otra vez, Carl Sagan), donde el padre de Jodie Foster aparecía ante ella eternamente joven, también podremos disfrutar de Agnetha, Benny, Björn y Frida como lucían en su época dorada, los setenta, con sus discretas coreografías, sus modelitos brillantes y su (escasa) empatía entre ellos.

Porque en aquellos años corrían rumores de feroz competencia entre las chicas: “Agnetha es más joven y llega a notas más altas que yo”, se quejaba Frida. “Frida baila mucho mejor que yo”, aseguraba Agnetha. Sesiones agotadoras de grabación repitiendo una y mil veces una nueva pista de voz, otra armonía más, ante las estrictas directrices de Benny y Björn, los auténticos artífices de este retorno.

En el videoclip de su primer tema inédito en 39 años, I Still Have Faith In You, como para asegurar la cuota de sororidad propia del siglo XXI, es el ABBAtar de Frida quien se encarga de abrazar al de Agnetha y luego pasea de uno en uno entre los miembros del grupo sonriéndoles, apoyando tímida la cabeza sobre el hombro de Benny, su exmarido. Aunque, claro, son holografías hechas por ordenador y están ancladas en los setenta; en ese momento eran felices, no se habían divorciado aún, estaban en su momento dulce.

Como dulce es este inesperado regreso; aseguran que las sesiones de grabación fueron como la seda, como si no hubiera pasado el tiempo, cuatro amigos recuperando la química de antaño, trabajando en lo que tan bien saben hacer desde siempre, sin resentimientos, sin reproches y sin el hartazgo ni la competencia de tiempos pasados.

“Aseguran que las sesiones de grabación fueron como la seda, como si no hubiera pasado el tiempo”

Por eso las letras de los dos temas publicados hasta el momento (el ya citado más Don’t Shut me Down), hablan de regresos, de cambios para bien, de recordar con alegría el pasado y preguntarnos si aquello que tuvimos aún sigue ahí, para darnos cuenta de que sí, de que lo tenemos; es algo que estuvo aletargado, pero resurge tras cuarenta años y es el sonido, las armonías vocales y la magia de ABBA.

¡Y es que nos debían un álbum optimista! Todo acabó con muy mal sabor de boca en la magnífica, pero triste obra maestra con la que culminaron su carrera en 1981, The Visitors (no menciono el disco del año siguiente, The First Ten Years, porque, a pesar de tener un par de temas inéditos, era básicamente un recopilatorio de éxitos).

The Visitors es un disco que, ya desde su portada, nos habla de separación, de abandono: los cuatro en un salón señorial lleno de cuadros en las paredes, con luz mortecina y alejados entre sí por años luz… Y con letras tan depresivas y rotundas como When All Is Said and Done (“Cuando termine el verano y las nubes oscuras escondan el sol / Ni tú ni yo tenemos la culpa cuando todo está dicho y hecho”) o One Of Us (“Uno de nosotros está llorando / Uno de nosotros está tumbado en su solitaria cama / Mirando al techo”).

Sin embargo, Voyage nos promete alegría, optimismo, reencuentros, nostalgia feliz y la esperanza de un nuevo comienzo, al menos en las dos canciones que han salido a la luz (y en una tercera también: va a estar Just A Notion, un tema inédito antiguo al que le habrán dado un lavado de cara).

En fin, como las sondas Voyager, ABBA ha comenzado ya su viaje hacia la eternidad, un viaje que para mí comenzó en ese lejano festival de Eurovisión de 1974, cuando siendo un niño no comprendía por qué me sentía tan fascinado por esos cuatro cantantes y sus pintas estrafalarias, esa guitarra estrellada y esos brillos y cintas en el pelo…

“Voyage promete alegría, optimismo, reencuentros, nostalgia feliz y la esperanza de un nuevo comienzo”

Sentada a mi lado, mi abuela Victorina les insultaba y les llamaba mamarrachos –le encantaba hablar con la tele–, y yo, sin ser consciente aún, asistía al primer momento histórico de ABBA. Casi cinco décadas después tengo la suerte de vivir el último hito del grupo, su último viaje que, como el de las Voyager, no tiene posibilidad de retorno. Un último viaje que les convierte inevitablemente en eternos, porque son el primer grupo pop que permanecerá eternamente joven.

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