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07/12/2022

Que nadie nos robe la libertad para vivir como somos

17 febrero, 2022
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Bendita sabiduría popular que nos repite que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. No está de más atender de vez en cuando a la madurez que aporta la experiencia.

Como he escuchado recientemente en unas declaraciones a la gran Ana Milán, “no va a estar la vida quitándome colágeno y elastina y haciendo que se me caiga una teta y el culo y no me va a dar madurez”. La libertad es uno de esos tesoros inconmensurables, y, normalmente, quienes alzan la voz en su nombre se han visto, de un modo u otro, privados de ella. Por ello saben cuánto vale.

Esa es, creo yo, una de las claves de madurar: aprender que la libertad es lo más importante que tenemos, y esto no siempre depende tanto de los años vividos como de las batidas de alas no dadas.

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Echar en falta la libertad, incluso en ocasiones sin haberla conocido jamás, es una sensación terrorífica. ¿Cuántos besos no se han dado por las miradas indiscretas de los vecinos tras la ventana? ¿Cuántas manos no se han rozado por el insulto que, en un murmullo, se escabulle en la lejanía? ¿Cuántos yernos o nueras no han disfrutado jamás de una cena de Navidad con sus suegros porque estos no consideraban que aquella pareja de su adorado hijo fuese digna de entrar en la familia por tener entre las piernas lo contrario a lo que ellos hubiesen considerado decente? ¡Cuánto dolor por la falta de libertad ha estrujado y sigue ahorcando a tantos corazones!

Y es que ejercer la libertad, en ocasiones, se puede volver una tarea titánica. Que se lo digan a Michel, un chaval que estudiaba conmigo en la escuela primaria y que era el blanco de todas las críticas (de todas las que no nos caían a los otros dos ‘raritos’ de la clase, claro). Michel hablaba de un modo diferente, tenía gustos diferentes y se vestía de un modo igualmente distinto. Distinto al ‘normativo’, al del resto de chicos de la clase. Sus zapatillas rosas de Barbie eran famosas en todo el colegio. ¡Las suelas se iluminaban al caminar de un rosa eléctrico!

Con la perspectiva que te dan los años y las primeras canas (todavía pocas, pero ya asoman), y un buen puñado de batidas de alas no dadas en su día, confieso que el sentimiento de compasión ha cambiado por el de envidia. Sí, le envidio, porque él era libre de comportarse del modo en que sentía, de ponerse la ropa que le apetecía y no fingía ser quien no era. Aunque le tirasen piedras en el recreo o le insultaran entre clase y clase. Sus dos ojos, que tras las gafas de culo de vaso se veían enormes, nunca se mostraban del todo alegres. Pero era libre. Y es que, igual que duele su ausencia, a veces ejercer la libertad también deja heridas. En la piel y en el alma.

“A veces, ejercer la libertad también deja heridas. En la piel y en el alma”

En otro país, en otro continente incluso, alejado de aquellas clases que compartimos Michel y yo, la historia de un pequeño de cinco años me conmovió hace tiempo cuando, al ser preguntado sobre la dichosa cuestión de si tenía novia en el cole, respondió que a él le gustaban los niños, no las niñas. ¡Otro valiente libre!

No es que me esté poniendo nostálgico con las historias de hace veinte años y pretenda parecer el abuelo Cebolleta. Historias que, por otra parte, podemos encontrar aún hoy en día en cualquier escuela, aunque en menor medida, por suerte. Simplemente quería remarcar un hecho que muchos aún no han comprendido del todo: la orientación sexual no es una elección.

Por ello, del mismo modo que admiro la libertad de todos los que no se ocultan, no fingen, no se avergüenzan de lo que son, me chirrían los oídos como la bisagra de una puerta vieja que ha perdido todo su aceite hace años (nótese la ironía en la comparación) cuando escucho expresiones como estas: “Yo soy libre de amar a quien quiera”. “No pasa nada si es lesbiana, cada uno elige el camino que quiere en la vida”. “Ahora se ha hecho gay, después de años casado con la vecina de abajo”. Estas frases están cargadas de un concepto de libertad adulterada que nada tienen que ver con la libertad que ejercía Michel.

Porque yo no elijo a quien amar. No solo porque el amor te sobrecoge, te abraza y te une a otra persona sin que tu voluntad tome parte, aunque por supuesto se puede alimentar, fortalecer, engrandecer (o todo lo contrario) voluntariamente, sino porque, además, mi preferencia por uno u otro género me ha venido dada de fábrica.

Tampoco la eligieron mis padres al engendrarme, ni mis profesores de la guardería. Yo tengo el pelo rizado, soy castaño y soy homosexual, y no he elegido ninguna de esas tres cosas. Todas ellas puedo ‘maquillarlas’ con unas planchas térmicas, un tinte capilar o una novia postiza, pero no puedo cambiarlas. Y hasta que no comprendamos esto, seguiremos escuchando expresiones infundadas y absurdas como las que citaba, incluso entre las personas que enarbolan la bandera de la libertad para hablar de su propia orientación y gritan con ‘orgullo’ que son libres de amar a quien quieran.

No señores, para algunos quizás esta sea una mala noticia, pero si para algo somos libres (o deberíamos serlo) es para demostrar sin tapujos que amamos a quien amamos, para vivir nuestro amor sin complejos ni escondites, pero no para elegirlo. Y si cada una de las personas que tienen una orientación sexual ‘normativa’ (benditas comillas que me ayudan a empequeñecer la aberración que me causan algunos términos) se respondiesen a sí mismas si ellas han elegido ser heterosexuales, quizá podrían hacer un ejercicio de empatía y comprender a los demás, al menos un poquito, antes de escupir ese tipo de barbaridades al darse cuenta de que hay cosas que uno no es libre de elegir.

No olvidemos que las palabras generan ideas, comportamientos, y crean, en definitiva, realidades. Cuidémoslas: amar no es una elección; a quién amar, tampoco. Quién te atrae, tampoco. Vivir tu orientación sexual con libertad, eso sí que lo es, aunque a veces sea una tarea solo apta para valientes y en algunos países, incluso, aún pueda costarte la vida.

Esa es libertad certificada, de categoría, pura y limpia y no adulterada. Como la de Michel, que esté donde esté, será tan libre como siempre lo fue para mostrarse (no para ser) como es. Gracias, Michel, por ser ejemplo.

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