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30/11/2022

La autoficción LGTBIQ+ como herramienta de supervivencia

10 octubre, 2022
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La literatura LGTBIQ+ se ha alimentado de forma recurrente de la autoficción, un tipo de narración que pone de relieve las realidades disidentes y también surve como herramienta de superviviencia.

"Crecí escuchando la palabra 'marica' más veces que mi propio nombre". Quizá esta sea una de las frases que mejor pueden resumir la experiencia de un niño homosexual en época académica, un periodo en que el descubrimiento de uno mismo se hace patente a través de su relación con los demás, al mismo tiempo que comienzan a rondarnos la vulnerabilidad y el deseo de aceptación.

La cita en cuestión pertenece a la novela Coto privado de infancia (Planeta, 2022), la tercera a manos del periodista, escritor y personaje público Paco Tomás.

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Esta obra se preocupa de narrar, entre otras cosas, ese momento en el que los demás ponen nombre a una identidad que a duras penas entiende siquiera el propio afectado: “maricón”, “mariquita”, “bujarra” o “mariposón”. Acepciones que, siendo sinónimos de un único término, suponían, y aún suponen para la mayoría, una sentencia de muerte social en el ámbito escolar.

Algo inamovible e inevitable que, por mucho que se intentara disimular en los movimientos del cuerpo, o por más empeño que se pusiera en intentar jugar bien al fútbol o juntarse en el recreo con los otros niños varones, transpiraba por nuestros poros y nos presentaba ante el mundo como seres débiles y comulgantes del peor de los pecados: la ausencia de masculinidad.

Esta forma de relación, tan diferente a la vivida por el resto de coetáneos, se convertirá, a lo largo de nuestra vida, en una marca que interseccionará con los diferentes facetas de nuestra existencia: la de compañero de trabajo, la de hijo, la de vecino, la de votante o la de persona que compra tomates en la frutería. Nada nos librará de ese tatuaje profano grabado a fuego en nuestra frente y que, para bien o para mal, irá pegado a nuestras espaldas como un fantasma que arrastra sus cadenas.

Por todo eso, no es de extrañar que la literatura LGTBIQ+ se haya alimentado de forma recurrente de la autoficción, un tipo de narración que pone el yo en el centro, con todo lo que ello conlleva. Este género literario tiene, además de su consabido deseo exhibicionista, una doble función. Por un lado, sirve para poner de relieve y exponer las realidades disidentes, esas que han sido silenciadas durante tantos siglos.

Las palabras se ponen al servicio de los demás con una función, podríamos llamar, activista: son un instrumento eficaz para que las nuevas generaciones consigan encontrar espejos en los que mirarse —u hombros en los que apoyarse— y no sentirse solas en el camino. Por otro, el relato también se convierte en una especie de autoexorcismo en el que el autor arroja afuera sus demonios, se reconcilia consigo mismo e incluso, en algunos casos, sana —o atenúa— su homofobia interiorizada.

Realizar un repaso por la literatura confesional LGTBIQ+ supone asumir que la presencia de autores disidentes ha sido constante a lo largo de la historia, por muy intensa que haya sido la represión. Sin querer retrotraernos demasiado en el tiempo, podemos hablar, por ejemplo, de Jean Genet y su Diario de un ladrón (1949), una obra que construye el retrato de la Barcelona más canalla, al mismo tiempo que relata episodios tan personales como sus noche de prostitución vestido de mujer en La Criolla, un local del barrio chino de la ciudad condal.

A lo largo de los años muchos serían los autores que se tomarían a sí mismos como personajes narrativos y se lanzarían a relatar su propia existencia. Entre ellos, podemos encontrar escritores de la talla de Juan Goytisolo—con obras como Coto vedado (1985) y su segunda parte, En los reinos de taifa (1986)— o Terenci Moix —con la trilogía El peso de la paja—. Vicente Molina Foix y Luis Cremades también lo harían, en formato epistolar, con El invitado amargo (Anagrama, 2014) y Luisgé Martín daría forma en 2016 a uno de los relatos en primera persona más sinceros que se han escrito en la narrativa española, El amor del revés.

No obstante, eso de las memorias ha existido desde que el mundo es mundo, incluso antes de la escritura. En el Paleolítico ya nos preocupábamos de reflejar nuestro día a día dibujando escenas de caza en las paredes de las cuevas u otros acontecimientos cotidianos. Podríamos decir, por tanto, que es prácticamente inherente al ser humano el querer dejar nuestra impronta con el único fin de perpetuar nuestro legado.

Contar nuestra vida, o lo que sucede alrededor de ella, como quien dicta una verdad absoluta. Y es que ya desde la Biblia, uno de los libros más antiguos de la humanidad, el egocéntrico acto de narrar la realidad a través de una mirada propia —Mateo, Marcos, Lucas y Juan lo saben muy bien— se ha convertido en una constante narrativa.

Aunque eso de la literatura confesional suene a cosa del pasado, tan solo tenemos que echar un vistazo a la mesa de novedades de las librerías para darnos cuenta de que está más viva que nunca. Aparte del ya mencionado Coto privado de infancia, uno de los últimos títulos de esta índole publicados justo antes de verano, también podemos hablar de los recientes diarios de Patricia Highsmith (Anagrama, 2022) o las dos primeras partes del dietario del escritor Rafael Chirbes, que tanto dieron que hablar su momento.

Publicados en 2021, Chirbes relata, entre otras cosas, su tormentosa relación con François, un amante francés que también se convertiría en protagonista de su novela póstuma, Paris-Austerlitz (Anagrama, 2016), y que acabaría muriendo por complicaciones derivadas del sida o la fisura anal que tanto dolor físico le trajo.

Por su parte, la novela gráfica Mariquita (Roca editorial, 2020) narra a través de viñetas la infancia disidente del profesor, traductor y youtuber Juan Naranjo, y el escritor, actor y dramaturgo Luis Maura hace lo propio con Niño santo (Dos Bigotes, 2022), aunque con grandes dosis de ficción y retomando la estela de autoficción rural de su anterior novela, Nido de pájaros (Dos Bigotes, 2019). En este mismo sello pudimos leer también Mayo del cuarenta y cinco (2021), el relato de infancia, contado en primera persona, de Boti García, directora general de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI del Ministerio de Igualdad.

Fuera del mundo literario también podemos encontrar varios títulos con tinte autorreferencial. Por poner algún ejemplo, Bob Pop lo hizo el año pasado con su multipremiada serie Maricón perdido (2021), y el mismísimo Pedro Almodóvar también se atrevió a retratarse en pantalla con Dolor y gloria (2019).

Como vemos, el interés por compartir nuestra experiencia como personas disidentes siempre ha estado presente. Y ya no solo eso, sino que va in crescendo. En la actualidad, las grandes editoriales y un público cada vez más generalista han posado también su mirada en este tipo de obras que, durante muchos años, han sido ocultadas y/o silenciadas. Así pues, hemos convertido, por fin, nuestra identidad en un orgullo, ya no solo en las calles, sino también en las estanterías de las librerías.

Se han desempolvado vidas que permanecían ocultas bajo el yugo de la dictadura o de la homofobia interiorizada, al mismo tiempo que se cuentan nuevas historias en las que se pone un espejo frente a la sociedad para que se mire y reflexione acerca del daño que ha hecho, y que sigue haciendo, a tantas infancias que no quieren ni pueden integrarse en la norma.

Esperemos que todas estas experiencias de vida sirvan para erigir unos cimientos fuertes en nuestra sociedad y conseguir así que las nuevas generaciones, esas que aún lo siguen teniendo difícil, puedan construirse sin el más mínimo miedo a la diferencia. Ese debería ser, al menos, uno de nuestros objetivos.

Carlos Barea impartirá en el mes de noviembre un TALLER SOBRE AUTOFICCIÓN LGTB EN LA ESCUELA DE ESCRITURA CURSIVA, y el 19 de octubre moderará una mesa redonda en librería Grant con los escritores Luis Maura y Paco Tomás, titulada Infancias LGTB y bullying: la autoficción

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