Paquita Salas entró de golpe en nuestras vidas. La serie homónima, que enseguida se convirtió en icónica, estrenó tres temporadas entre 2016 y 2019. Desde entonces, no se ha vuelto a saber nada de ella… y nosotros tampoco hemos sido capaces de superarla. Son cientos los comentarios que piden su regreso en una cuarta temporada. Pero, ¿por qué no la olvidamos?
Quizá sea porque Paquita es torpe, tozuda y desvergonzada. En las tres temporadas de la serie la vimos arruinada y en situaciones críticas. Otras veces, contenta y desmelenada. Pero, pese a sus incontables fallos y caídas, queremos que vuelva. Porque aunque (casi siempre) se equivocase, Paquita encontraba la manera de salir adelante. Y de la mejor forma posible: riéndose de ello.

Pese a ser pocos capítulos (cinco las dos primeras temporadas, seis la última), la serie dio para mucho. Con una infinidad de anécdotas, nos enamoramos de esta obra audiovisual y su idiosincrasia: la ingeniosidad de los personajes, el retrato social, la parodia y la estética camp. Por eso Paquita aún perdura: a día de hoy es difícil entrar en cualquier red social y no toparse con algún meme de Brays Efe, Yolanda Ramos o Belén Cuesta.
No obstante, además del guion satírico y sus surrealistas historietas, Javier Ambrossi y Javier Calvo nos muestran la vida de una señora con miedo a quedarse atrás, a la obsolescencia. El personaje de Paquita es antiheroico, descarado, tiene una energía bizarra, quizás por ser constantemente señalada.
Para el público LGTBIQ+, la serie funcionó como un espejo. Paquita se presentaba como un personaje marginal, excluido y profesionalmente cuestionado. Ahora, revisitando la serie, nos damos cuenta de que reírnos viendo Paquita Salas nunca fue reírnos de ella: fue, más bien, una forma de reírnos de nosotros mismos. De entendernos viendo los fracasos de una mujer de mediana edad. De tener esperanza al ver que las cosas mejoran: si Paquita lo ha logrado, entonces nosotros también podemos.
Con apariciones de referentes culturales (Ursula Corberó, Topacio Fresh, María Escarmiento o Jedet), Paquita Salas crea un multiverso donde convive con un lenguaje queer. Además, los millennials dan la mano a la generación Z gracias a los detalles que referencian el escenario de cada una.
Amor eterno a Paquita
En resumen, Paquita Salas se corona no simplemente como una serie graciosa, entretenida y exagerada, sino como un gran exponente de la falta de integración, de los códigos patriarcales, del empoderamiento, de la superación personal y, sobre todo, de un humor que, aunque se pueda percibir como negro, quizá podríamos llamar humor arcoíris.
Diez años después de conocerla, y siete desde la última temporada, seguimos queriendo que vuelva. Porque a veces necesitamos a alguien que nos recuerde que ser auténtica, como lo es Paquita, siempre merece la pena.


