Hablar de la muerte es difícil y doloroso; hablar de la familia también lo es. Pero esto no es óbice para que ambos sean temas recurrentes en cualquier forma de narrativa. En esta ocasión, Alfredo Sanzol, director del Centro Dramático Nacional, que se caracteriza por no amedrentarse ante situaciones comprometidas, ha escrito y dirigido la conmovedora La última noche con mi hermano a partir de una vivencia personal. Todo se gestó cuando una amiga le contó su experiencia ante la muerte de su hermano y el cambio catártico que esto produjo en la forma de entender el sentido de la vida.

Fotos: Bárbara Sánchez Palomero
El resultado es la función La última noche con mi hermano, presentada por la protagonista como «teatro de difuntos», y que podríamos definir con el término cada vez más socorrido, el de dramedia. El mundo cotidiano se sube a escena, y no se sueltan grandilocuentes verdades. Todo está marcado por diálogos y soluciones que cualquiera puede reconocer como propias. Mezcla drama y comedia, en una situación límite, que saca lo mejor y lo peor de cada personaje, pero sin grandes aspavientos, lo que hace que todo lo que se propone en escena parezca muy real.
Se ha contado con la experiencia de la escenógrafa Blanca Añón, que sitúa la acción en un funcional espacio vital que es a la vez la vivienda de las dos familias implicadas, con un ciclorama de un bello bosque al que nos asomamos por un agujero enorme, que representa muy bien el cáncer que se come no sólo la vida, sino la convivencia de la gente que la habita. La iluminación está a cargo de Pedro Yagüe, y es una herramienta sutil pero importante a la hora de reflejar situaciones y sentimientos. Cierra la terna técnica Vanessa Actif, cuyo vestuario apoya de forma delicada los estados de ánimo, y un feo y viejo jersey consigue hacerse un hueco en la historia.

Todo se desarrolla durante el día a día de tres parejas de hermanos que, con amor, intentan enfrentarse a una muerte y a la imposible reconciliación de sus miembros. Los jóvenes Ariadna Llobet y Biel Montoro dan vida, alegría y buen hacer a los chavales que se encuentran perdidos entre las decisiones que toman sus padres. Ambos han vivido las mismas experiencias, pero sus ideas políticas son encontradas.
Repiten el esquema de la segunda pareja de hermanos, la formada por Elisabet Gelabert y Cristóbal Suárez. Ambos son el apoyo necesario para salir adelante y superar un odio fraternal ancestral, producido por una vieja herida que también los situó en ideologías opuestas. La madurez interpretativa que aporta Gelabert es bienvenida y, en ocasiones, es la balsa de paz necesaria en las situaciones más violentas. A Suárez le ha tocado el rol más ‘quisquilloso’, pero su impresionante presencia y su relajada personalidad le hacen salir airoso del reto.

Sobre los hermanos encarnados por Jesús Noguero y Nuria Mencía se fundamenta la acción. El cariño que se sienten ha servido siempre para superar cualquier problema, pero la enfermedad destroza la entereza de él. Noguero sabe usar las emociones para entregarnos un precioso personaje que se bandea entre su negación de la muerte y el amor incondicional a la familia.
Es Nuria Mencía la que da vida a la verdadera protagonista. Su personaje, Nagore, desde los primeros compases y con el recurso de ser la propia narradora de su fallecimiento, se mete al respetable en el bolsillo. Su forma de entender la interpretación es algo mágico; juega desde la presencia autista al sentir más desvergonzado. Hace suyo el papel y lo adorna con manierismos muy personales que lo transforman en verdad, sabiendo acercar lo extraordinario con lo cotidiano. El suyo es un excelente trabajo, de esos que te llevas a casa, repasas y no olvidas en mucho tiempo.
⭐⭐⭐⭐⭐

