Shakespeare inicia su comedia El sueño de una noche de verano en el mundo racional de la corte ateniense de Teseo, con sus normas, sus tradiciones, sus jerarquías, estableciendo así el espacio de la ‘normalidad’ que los sucesos de la trama en el bosque van a desafiar. Por el contrario, Benjamin Britten y su pareja, Peter Pears, proponen que la ópera comience en el misterioso reino de las hadas y de los elfos, gobernado por sus reyes Titania y Oberon, de manera que el mundo de la fantasía, el ámbito de lo instintivo, el universo del equívoco, la confusión y el disfraz, se impone ahora como el espacio de lo ‘real’, como la nueva ‘normalidad’.
Así es como Britten hace explícito desde el principio que nos va a contar la intriga desde ese mundo de los sueños que Carl Gustav Jung definía como “el ámbito en el que no cabe la mentira”: los sueños “no engañan, no mienten, no falsean ni encubren, sino que anuncian ingenuamente lo que son y piensan. Sólo son enojosos y equívocos porque no los comprendemos”. El templo racional de los mitos antiguos que presiden Teseo e Hipólita no hará su entrada, en la ópera, hasta la escena final, invitando a dar por concluida la aventura.
El bosque es el ámbito del equívoco, la confusión y el disfraz, regido por sus propias leyes, o por su ausencia de leyes, territorio franco envuelto en la nebulosa del inconsciente, propenso a la exaltación de los sentidos, donde los impulsos, también los prohibidos, prevalecen sobre las normas, donde se suceden amores entre humanos y criaturas fantásticas y equívocos entre los amantes que se aventuran a perderse en sus abismos.

Un momento de El sueño de una noche de verano que se estrena el día 10 de marzo en el Teatro Real. En la foto, acostados, Liv Redpath (Tytania) y Clive Bayley (Botton). Daniel Abelson (abajo)/ Juan Leyva (arriba) (Puck). Foto: Javier del Real.
Ahí es donde se refugian los jóvenes enamorados proscritos que se han escapado de la corte ateniense, y ahí es también donde se han citado los rústicos aficionados al teatro para ensayar la función que quieren ofrecer al duque de Atenas, Teseo, en ocasión de su boda con Hipólita, reina de las amazonas. En esta mágica ‘noche de verano’, y en ese bosque propicio a dar rienda suelta al inconsciente, vemos –como escribe Josephine Bregazzi– “cuán frágil es el sentimiento del amor, así como el de la amistad (…). Los códigos de comportamiento social, al ser imposiciones externas, son susceptibles de desbaratarse a la menor provocación o en cuanto surge un conflicto de intereses, para hacer aflorar los auténticos sentimientos tanto entre humanos como entre hadas (…). El marco fantástico sirve para poner de manifiesto la nula operatividad de la pauta de conducta impuesta, lo vulnerable del vínculo matrimonial y la volubilidad del amor”.
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Quien va a ver el mundo más sesgado que nadie, encarnando la metáfora de la ceguera y la alienación que produce en los hombres y en las mujeres la pasión amorosa, va a ser la mismísima Titania, que va a caer en la trampa que le ha preparado su marido Oberon como venganza por no querer cederle el muchachito indio que tiene a su servicio. Fetch me this herb (‘búscame esta planta’) ordena Oberon a su servidor Puck, con la intención de verter en los ojos de Titania el jugo de la hierba que provoca el enamoramiento inmediato de la primera persona vista al despertar.
“Una vez en posesión de este jugo, acecharé el momento en que Titania esté dormida y verteré el licor sobre sus ojos –dice Oberon en la primera escena del segundo acto del texto de Shakespeare–. Entonces el primer objeto que se ofrezca a su vista ya sea un león, un oso, un lobo o un buey, un mico travieso o un atareado mono, le perseguirá con el alma enamorada, y antes de que yo libre sus ojos del encanto, como puedo hacerlo con otra hierba, la obligaré a que me entregue a su paje”.
Y así es: al despertar, Titania se enamora de uno de los rústicos al que Puck ha dotado de una cabeza de asno. Aunque la pasión desatada de Titania al despertarse y acariciar a ese asno haga sospechar que algo lascivo inconfesable permanecía antes reprimido por pudor y por mantener las normas del decoro.


