Supongo que a estas alturas todes ya sabemos que durante la madrugada del lunes 9 de febrero, por mandato federal de los Estados Unidos, la bandera LGTBIQ+ frente a la taberna Stonewall fue retirada. Tres días más tarde, gracias al activismo y al apoyo del gobierno estatal de Nueva York, la bandera fue repuesta. Pero como residente en Estados Unidos, me quedé pensando si este ataque oficial al símbolo del inicio de la lucha contemporánea por los derechos de la comunidad es también el símbolo del fin de los mismos. Chiques: se acabó lo que se daba. Antes de que se me acuse de alarmista, voy a intentar explicar de manera ordenada esta afirmación.
En 2021 entrevisté al veterano arquitecto afroamericano Darell Fields en plenas revueltas del ‘Black Lives Matter’. Se mostraba escéptico asegurando que, a su edad, ya había visto muchas veces movimientos de derechos para los negros en Estados Unidos devorados por la contraola subsiguiente. De manera muy simplista: tras la abolición de la esclavitud, vino la época segregacionista de Jim Crow. Después de la lucha por los Derechos Civiles, la guerra contra la droga y la encarcelación masiva. Después de Obama vino Trump.

Recientemente, no solo Stonewall ha sido cuestionado en Nueva York. También en el mes de febrero, uno de sus mayores hospitales, NYU Langone, anunció la interrupción de sus tratamientos de afirmación de género para los pacientes adolescentes, dejando a miles de pacientes desatendidos médicamente y desamparados moralmente. Todo esto subraya algo que por momentos quizá se nos olvidó: somos una minoría y vivimos en una democracia.
«Podríamos contar los años desde 1969 hasta 2026, y nos saldrían unos generosos 57 años de avance en la lucha»
Por ello, reconociendo que no tengo una mejor alternativa política que proponer, nos queda aceptar que rara vez vamos a ser la prioridad de la mayoría. 77,3 millones de estadounidenses votaron hace más de un año a Donald Trump. Este dato tiene muchos significados, pero uno de ellos es que la mayoría democrática decidió que le parecía un mal menor que se atacara a nuestra comunidad (entre otras) con tal de no hacernos un poco de lío con el lenguaje inclusivo y, peor aún, que no importaba borrar a la población trans si el precio de la docena de huevos bajaba de los 10 dólares. Nos decían que ya habíamos tenido nuestra época woke. Un “hala, ya está. Ahora nos toca a nosotros”.
Podríamos contar los años desde 1969 hasta 2026, y nos saldrían unos generosos 57 años de avance en la lucha. Yo, personalmente, descontaría los años de la crisis del sida como poco. Pero el caso es que estos días me pregunto si la Historia con mayúsculas funciona de manera proporcional a cualquier año en el que durante un mes se celebran nuestros derechos y durante once se cuestionan, se supeditan y se olvidan. En Estados Unidos muchas empresas han terminado sus políticas de inclusión de un día para otro, como tantos memes que bromean con ese cambio de careta el 1 de julio al acabar el mes del Orgullo. Bajando sus banderas arcoíris, casi aliviadas de poder volver a contratar sin tener que dar explicaciones relacionadas con la justicia social. Fue divertido mientras duró, pero ahora vayamos a lo que de verdad importa.

¿Vienen ahora los 11/12 de Historia que nos ningunearán y pisotearán? ¿Nos tocará dar las gracias por haber vivido una época dorada para lo queer? ¿Viviremos en nostalgia a partir de ahora? Me gustaría pensar que todo lo que describo es un caso específico de Estados Unidos. Que mira Más que rivales petándolo en todo el mundo o la visibilidad queer creciente en los Juegos Olímpicos de Invierno, en la Super Bowl o en la temporada de premios de música, cine y televisión. Pero también soy consciente de que, desde que vivo en Estados Unidos, no dejo de ver cómo muchas cosas que me sorprenden aquí se instalan unos años más tarde en esta España mía, esta España nuestra. Y me acuerdo de que una de mis películas favoritas es Cabaret. Si alguien no la ha visto, es un buen viaje a nuestro otro 1/12 de Historia. Y supongo que no hago spoiler si digo cómo terminamos entonces.

