Acaba de ver la luz el libro No soy Verónica Forqué, que firman conjuntamente María Iborra Forqué (su hija, conocida artísticamente como Virgen María) y Antonio Álamo. Sobre el mismo compartió María en exclusiva para Shangay un emotivo texto en el que cuenta qué le llevo a escribir esta obra tan íntima.
Antonio Álamo, gran conocedor de la vida y obra de Verónica Forqué, ha querido destacar, también en exclusiva para nosotros, tres trabajos de la añorada actriz que considera que han contribuido de una manera muy significativa al imaginario queer de nuestro cine.
«El universo de Verónica Forqué siempre estuvo atravesado por personajes excéntricos, ambiguos, libres o profundamente ajenos a la norma«, afirma Álamo. «Estos son solo algunos momentos en los que formó parte –a veces de un modo central, a veces casi invisible– de las imágenes queer más singulares del cine español«.
El alegre trote juvenil de ‘Mi querida señorita’
El 26 de julio de 1971, Verónica Forqué, con apenas dieciséis años, se pone por primera vez delante de una cámara. En su diario lo anota con una aparente despreocupación: «Todo lo que hemos hecho es bajar por una escalera del Museo del Prado con alegre trote juvenil”.
Quizá esa fuera exactamente la indicación que le dio Jaime de Armiñán, director y coguionista de la película –de la que se acaba de estrenar un remake dirigido por Fernando González Molina–. Bajar una escalera con alegría. Nada más. Su aparición es tan breve que ni siquiera figura en los créditos. Y, sin embargo, en esas imágenes fugaces ya hay algo reconocible: una forma decidida, luminosa y libre de estar en el mundo.

La película Mi querida señorita es uno de los grandes milagros del cine español. En plena dictadura franquista, la película se atrevía a abordar la identidad de género con una mezcla extrañísima –y hermosísima– de comedia y drama; es melancólica y tierna. Fue nominada al Óscar, y admirada por cineastas como George Cukor y Billy Wilder.
Vista hoy, sigue sorprendiendo no solo por su valentía temática, sino por la delicadeza con la que mira a sus personajes. Como si, incluso entonces, ya estuviera diciéndonos que la identidad nunca cabe del todo en las palabras que utilizamos para nombrarla.
Sombras y deseo en ‘Una pareja… distinta’
En 1974, José María Forqué estrenó Una pareja… distinta, una película atrevida, rarísima y adelantada a su tiempo. Su punto de partida parecía casi imposible para el cine comercial de la época: la historia de amor entre una mujer barbuda, interpretada por Lina Morgan, y un personaje travestido interpretado por José Luis López Vázquez.

En un momento de la película, ella le pregunta: “¿No le gustan a usted las mujeres?”. Él esquiva la respuesta. Entonces ella insiste: “Entonces, ¿qué es lo que le gusta a usted?”. Y él responde: “Un hombre, una mujer… eso no es nada, solo son palabras. Quiero decir que unas veces estás bien al sol, y otras buscas la sombra». Escuchadas hoy, esas frases tienen una modernidad desconcertante: la intuición de que el deseo no siempre se deja clasificar ni contener.
Verónica Forqué aparece en una sola secuencia de la película. Interpreta a la dependienta de una tienda de animales, y cruza unas pocas frases sin importancia aparente. Pero resulta emocionante pensar que, casi sin saberlo, desde sus primeras y breves apariciones, ya orbitaba alrededor de un cine que se atrevía a mirar lo raro, lo excéntrico y lo inclasificable con afecto y compasión.
Kika, Rossy y el bigote más famoso de Almodóvar
Hay momentos del cine español que pertenecen ya a la memoria colectiva. Uno de ellos es la escena de Kika en la que Kika –Verónica Forqué– le sugiere a Juana, la criada lesbiana interpretada por Rossy de Palma, que quizá debería afeitarse el bigote. Son secuencias provocadoras, libérrimas y preciosistas, atravesadas por el humor y cierta rebeldía festiva. Cien por cien almodovarianas.

Pedro Almodóvar quería que Kika, aunque tuviera más de treinta años, se comportara como una adolescente luminosa, incapaz de perder del todo la inocencia incluso en medio de situaciones monstruosas. Definía al personaje como “una pobre niña que, en medio de una monstruosidad, sigue conservando el optimismo”. Kika pertenece a esa galería de personajes femeninos almodovarianos que sobreviven al caos sin cinismo.
Verónica nunca juzgaba a sus personajes. Entendía que todos, de una forma u otra, somos también criaturas un poco extrañas intentando encontrar nuestro lugar en un mundo que –como escribió Tennessee Williams– constantemente intenta que seas otra persona.


