Hace unas semanas se celebró en Madrid la manifestación estatal del Orgullo LGTBIQ+, un evento que, año tras año, supera las previsiones de afluencia e impacto, tanto social como económico, en la capital de España. Podemos asegurar, con los datos en la mano, que esta es una cita que ya está más que consolidada tras haber experimentado una gran evolución desde los años noventa, cuando apenas se juntaban un puñado de personas para celebrar la diversidad.

Este encuentro de reivindicación y diversión también se convertía, tradicionalmente, en el colofón a los actos de visibilidad que se venían celebrando en otras ciudades durante las semanas previas. Sin embargo, en estos últimos tiempos también se han ido instalando en el calendario otras propuestas que nos permiten seguir celebrando la diversidad durante los meses de verano: los Orgullos rurales. Es imprescindible que hagamos una reflexión acerca de lo que supone la celebración del Orgullo en pueblos pequeños. Y es que este tipo de actos no solo son importantes para que las personas queer de los entornos rurales se sientan representadas, sino también para acercar las realidades disidentes a aquellos que no están familiarizados con ellas.
Recuerdo que unos de los primeros Orgullos de pueblo a los que asistí fueron los que se celebraron en las pequeñas poblaciones cordobesas de Doña Mencía y Zuheros. En ambos casos, el epicentro de la celebración se instaló en la plaza del pueblo, ocupando un espacio público que, por derecho, también nos corresponde. Mi sorpresa fue que, al llegar allí, encontré entre el público a toda clase de vecinos que se habían sumado a la fiesta de la diversidad.

Ilustración: Iván Soldo
Esta primera experiencia, que luego he repetido en otros lugares como Campo de Criptana o Guadalajara, confirma la necesidad de estas actividades, ya que son la oportunidad perfecta para penetrar en lugares donde el discurso sobre las realidades queer llega a través de la despersonalización, cuando no de la deshumanización. Los Orgullos rurales dan, por tanto, la oportunidad de mostrar a personas que no viven en grandes núcleos urbanos que una persona LGTBIQ+ puede ser su vecino, su panadero o el señor que le entrega la bombona de butano, y no un ente maligno que pervierte a los niños y bebe sangre de vírgenes en noches de luna llena.
A celebrar la diversidad
Este año no ha sido posible celebrar el Orgullo en muchos puntos de Andalucía debido al luto oficial declarado por las víctimas del incendio de Los Gallardos, algo totalmente lógico. No obstante, los vecinos del pueblo al que yo había acudido no pararon de preguntar por la nueva fecha de celebración, algo que dejó patente el interés que esta cita despertaba entre sus habitantes. Eso me hizo pensar en Mauri, el personaje de Aquí no hay quien viva, que decía que la gente no era gay porque no estaba informada. Yo voy más allá y afirmo que la gente no celebra la diversidad porque tampoco lo está. Menos mal que ya están los Orgullos de pueblo para hacerlo.

Ilustración: Iván Soldo


