La ópera de Valencia está celebrando su veinte aniversario con una temporada a lo grande. Ahora sube a escena en el Palau de Les Arts Reina Sofía un Eugenio Oneguin con el director ruso Timur Xangiev en el foso, y dirección de escena de Laurent Pelly. Una producción invitada de La Monnaie/De Munt de Bruselas y la Royal Danish Opera de Copenhague.
Lo hace tras un Faust, que inauguró la temporada con Viotti dirigiendo a la siempre estupenda Orquestra de la Generalitat Valenciana, el estreno mundial de Enemigo del pueblo, de Francisco Coll (que este febrero llegará al Teatro Real) y una nueva producción de Luisa Miller bajo la batuta de Mark Elder, director musical de la casa. Son palabras mayores. Y quedan muchas cosas por venir hasta el verano.
La maravillosa y romántica ópera de Chaikovski llega a Valencia con un sólido y compacto reparto, perfectamente acoplado, con unos estupendísimos Corinne Winters, Tatiana; Mattia Olivieri, formado en el Centre de Perfeccionament de Les Arts, Eugenio Oneguin; Iván Ayón-Rivas, Lenski, sustituyendo a última hora a Dmitry Korchak, tras haber cantado ese papel en la ópera de Viena en 2023); Ksenia Dudnikova, Olga y Giorgi Manoshvili, Príncipe Gremin.
Un elenco que se vio perfectamente acompañado desde el foso por Xangiev, que hizo que la orquesta titular del coliseo perfumase el imponente teatro de Calatrava del mejor aroma del romanticismo ruso de finales del XIX. Con ellos, el estupendo Cor de la Generalitat Valenciana en una obra en la que tiene tantísimo protagonismo.
El escenario giratorio, un cuadrilátero, en el que Pelly sitúa la acción de los dos primeros actos, fue perfecto para la escena del cuarteto de comienzo del primer acto con Olga, Tatiana, Lenski y Oneguin. En ese momento, desde el principio, se pusieron las cartas boca arriba. El coro de campesinos que lo precede ya había marcado el camino.
Con una cuidadísima iluminación de Marco Giusti, el director de escena francés –también figurinista con un delicado vestuario– consigue, con un escenario desnudo, llenar la sala. La bellísima, y larguísima, escena de la carta de Tatiana –que Corinne Winters cantó de una manera verdaderamente exquisita– quedó, sin embargo, un poco agarrotada con esas paredes que se cerraban. Pero la manera en la que se resuelve el final, con Oneguin y el coro, para terminar el primer acto, lo salva todo. Un precioso y refinado momento teatral, perfecto rematar para un aria que es ¿el más largo de la historia de la ópera?

Eugenio Oneguin, de Piotr Ilich Chaikovski, en el Palau de Les Arts de Valencia. Foto: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce.
Puro y exquisito Romanticismo
Esta obra de Chaikovski, basada en la novela de Alexánder Pushkin, es un claro ejemplo del Romanticismo de esa segunda mitad del siglo XIX. El propio compositor la definió como ‘Escenas líricas en tres actos’. Despojar la escena de esos elementos típicos de esos dramas románticos puede hacer que se corra el riego de que esa frialdad, tan propia de este tipo de producciones, mate esa mágico velo decimonónico. El buen hacer teatral de Laurent Pelly, sin embargo, consigue evitarlo. La escena del duelo, o el mencionado final del primer acto, son el mejor ejemplo de ello. El tercer acto, ya en ese suntuoso salón de San Petesburgo, queda también desnudo al final para que Tatiana pueda dejar las cosas claras a Oneguin. Y vaya si lo hace con un soberbio dúo final entre dos grandes cantantes.
La siguiente escena: disfrutar del triunfo con un auditorio entregado. Un verdadero gustazo.

Eugenio Oneguin en el Palau de Les Arts de Valencia. Foto: Miguel Lorenzo-Mikel Ponce.


