Cuando escribí la crónica del –genial– Motomami Tour de Rosalía, que vi en Fuengirola, utilicé una frase que se repitió durante toda la noche: “¡Al cielo con ella!». Casi cuatro años después, al cielo nos llevó ella un Lunes Santo que todo quien estuvo en el Movistar Arena recordará siempre. Ella lo verbalizó tal cual en uno de los muchos momentos en que se mostró visiblemente emocionada: “No me voy a olvidar de esta noche, Madrid”.
La emoción fue el sentimiento que predominó de principio a fin en un show único que, como aquel Motomami Tour, rompe con todo lo visto en macroconciertos de estrellas pop de su nivel. Y es que la diva catalana tiene muy claro que no piensa repetirse con cada proyecto que presenta, y que no pretende seguir modas, sino crear tendencias.
«El ‘Lux Tour’ rompe con todo lo visto en macroconciertos de estrellas pop de su nivel»
Tendremos que ver lo que tardan otras artistas en seguir su estela, tras demostrar, una vez más, que no tiene miedo ni mucho menos al riesgo. Si una fan le dijo, en uno de los momentos virales de la noche: “¿Sabes por qué no tienes vicios? Porque el vicio eres tú!”, está claro que otro de sus vicios es lanzarse al vacío con su música y sus directos.

Fotos: Sharon López
Hubo mucho espectáculo en la entrada al Movistar Arena, con multitud de personas dragueadas como monjas. Eso sí, ninguna de las que vi ganaría siquiera un minirreto en Drag Race España. A lo que sí contribuyeron fue a que el público de pista se viera como una gran marea blanca –el color predominante– que esperaba con ansia que comenzara el concierto. Curioso resultaba el contraste entre los anuncios publicitarios de Rosalía y la música clásica que amenizaba la espera. La alta cultura y el consumismo mainstream de la mano, que al final es lo que ha logrado fusionar la artista con Lux, y que también es seña de identidad del tour.
«Es imposible que cualquier vídeo compartido en redes haga justicia a lo que se vive en directo»
Al ritmo de Angel de Jimi Hendrix hizo su aparición triunfal la Heritage Orchestra, dirigida por la cubana Yudania Gómez Heredia. Porque sí, la orquesta que la acompaña tiene un enorme protagonismo en el show; situada en el centro de la pista, recorrió un pasillo central porque el que más tarde desfilaría también Rosalía. Que decidió prescindir de la tradicional pasarela. Ella, aunque divina, apuesta por dejarse ver a ras de suelo, aunque lleve al público durante casi dos horas al cielo.
Qué gran acierto que haya apostado por recintos como el Movistar Arena, perfecto para lograr un ambiente de cierta intimidad y conectar con facilidad con el público. Con un escenario semicircular que transportaba a teatros como el británico The Globe –templo a mayor gloria de Shakespeare–, lo más llamativo de la propuesta escénica es que desde el inicio queda claro que Rosalía nos quiere mostrar el artificio propio del espectáculo. Si en la –literalmente perfecta– realización que vemos a través de las macropantallas el resultado es deslumbrante, en escena Rosalía no duda en compartir todo aquello que contribuye a la belleza resultante: aparecen tramoyistas, y en momentos como el de la icónica La perla –coreografiado por Dimitris Papaioannou– fascina ver a sus bailarines crear la ilusión óptica que tan viral se ha hecho desde el primer día.

Como ocurría también con la gira de Motomami, es absolutamente imposible que cualquier vídeo compartido en redes haga justicia a lo que se vive en directo. Otro logro de la artista a tener muy en cuenta. Cual bailarina en una caja de música, ella emerge en el ensoñador primer acto de una caja que, una vez desplegada, tiene forma de cruz, como ocurre con la disposición de la orquesta. De repente, la referencia a Las zapatillas rojas, inolvidable película de Powell y Presburger, emociona. Solo que Rosalía no es presa del baile, sino que le sirve para amplificar el poder de su actuación.
Nada despista de lo importante aquí: el virtuosismo y el magnetismo de la cantante, que diversifica a lo largo de los cuatro actos que le permiten narrar una historia a través de un setlist impecablemente elegido. Igual que la puesta en escena, concebida por ella junto a su hermana Pilar Vila, con dirección escénica de Ferran Echegaray y Dennis Vanderbroeck, en la que en casi en todo momento impera el menos es más, sacando el máximo partido expresivo de elementos básicos como una tela blanca o una escalera. Igualmente, el vestuario es impecable, combinando lo teatral, lo sacro y lo actual con gusto exquisito.
Sinceramente, me parece que resulta imposible contener las lágrimas en varios momentos del primer acto de esta ópera pop, que comienza con los temas que abren Lux, y que aboga por un recogimiento desacralizado –o no, como siempre, depende de los ojos con que se mire– de una intensidad abrumadora. Que se rompe con el brutal arranque del segundo con Berghain, y con Rosalía apostando por el negro picaresco tras el virginal blanco del primero. Por cierto, qué bien le sientan a hits como Saoko y La fama los arreglos orquestales creados para la ocasión, que las engrandecen. Versiones de millones, vamos. Y qué decir de los tableaux vivants en números como este último. La energía aumenta, y este acto se convierte en el de sus face cards. Brava!

Pelos de punta, obviamente, al escucharle arrancar el tercer acto con El redentor en plena Semana Santa. Cual diva postpunk del siglo XXI, el contraste entre la intensidad de su interpretación y su look nos revelaba a una Rosalía que celebraba su primer álbum, un nuevo ejemplo de su versatilidad antes de que recordara de viva voz que hay que celebrar todas las músicas, como hace ella. Porque no duda en hacer concesiones a lo que la mayoría esperaba (hits como Bizcochito y Despechá), en darle su espacio a fan favorites como Novia Robot y Focu’ranni (imposible no pensar ahí en uno de sus grandes referentes, Kate Bush, y el universo de The Red Shoes, también presente –de manera más sutil– en el arranque) y en transformar el Movistar Arena en un templo discopagano cuando, desde el centro de la pista, canta CUUUuuute, bajo un botafumeiro en forma de bafle.
Hay espacio para alivios cómicos, como cuando interpreta Can’t Take My Eyes Off You, y el número del confesionario –el lunes junto a Esty Quesada–, para desafíos como el anticlimático –y acertadísimo– cierre con Magnolias y para interpolaciones tan inesperadas como la de Thak You de Dido. Hay tantísimo contenido y tan grandes alardes visuales que este Lux Tour embriaga y apabulla. De ahí que Rosalía terminara, con todos los honores, reina coronada de Lunes Santo.


