Salvemos el Teatro de La Zarzuela

La noticia de que el Teatro Real absorberá el Teatro de La Zarzuela preocupa porque el Gobierno ha comenzado mintiendo. La Zarzuela es uno de los teatros con más historia del mundo: #salvemoselteatrodelazarzuela.

POR: Nacho Fresno | @FRESNOticia

La noticia que acaba de darse a conocer (¿intencionadamente?) con sonidos de marcha triunfal (muy ad hoc con las representaciones de Aída, en estos días en el Real) preocupa: el Teatro Real absorbe al Teatro de La Zarzuela y se crea una fundación común para ambos coliseos. ¿Por qué preocupa una noticia que, a priori, es buena para los amantes de la lírica? Aunar fuerzas siempre beneficia, por lo que muchos pensarán que no hay motivos para el miedo. Pero los hay...

 

La prensa del domingo 11 de marzo recogía en papel lo que ya había adelantado en sus ediciones digitales el día anterior. Y preocupa porque esa noticia (¿intencionadamente?) filtrada está llena de incorrecciones. O mejor aún: de falsedades. Hablemos claro. Entre los sonidos de trompeta de marcha triunfal –nada verdianos, por cierto– de que el Gobierno y el Ministerio de Cultura lo que pretenden es la creación de una Fundación Teatro Nacional de Ópera y Zarzuela al estilo de París, surgen los miedos. Miedos de empezar una aventura con mentiras. No es cierto: la Opéra National de Paris, que tenía una única sede (el precioso Palais Garnier), levantó en 1989 un nuevo e imponente (para muchos, espantoso) teatro, la Opéra Bastille, con un súper aforo de 2.700 localidades, para acoger todos aquellos espectáculos que no ‘cabían’ en el rococó coliseo (no por ello menos imponente) estilo Napoleón III. Desde entonces, la ópera parisina tiene dos sedes para repartir su programación entre ambas de forma acorde a la naturaleza del espectáculo. Pero no: la Opéra National de Paris no absorbió el Téâtre Du Châtelet, ni el Téâtre des Champs Elysées ni, sobre todo, la Opéra-comique. Todas salas de gran tradición pero, en especial, por la ‘rivalidad’ que históricamente han tenido, la ópera cómica de París.

 


 “Es muy fácil hacer un espectáculo solo para provocar”


Decir que fusionar La Zarzuela con el Real es seguir el ejemplo de París es mentir. Eso habría sido si la Ópera Garnier se ‘hubiera quedado’ con la ópera cómica. Y eso, en París, habría sido impensable. Como si en Londres la Royal Opera House lo hiciera con la English National Opera: un dislate artístico que no se permitiría. O en Viena si la Wiener Stastsoper (la famosísima Ópera de Viena) hiciera lo propio con la Volksoper, que tradicionalmente programa operetas, inaugurada en 1898, algo más tarde que nuestra Zarzuela. Por eso, cuando se lanza (¿intencionadamente?) esta noticia y se empieza mintiendo, da mucho miedo. Si el Gobierno quiere que Real tenga dos salas, puede hacer como hicieron en París: crear una. Lo tienen muy fácil: ya que el Real goza de todos los adelantos técnicos posibles, en la Plaza de Isabel II tienen la solución. Que compren y adapten el abandonado Teatro Real Cinema y lo dediquen a ópera contemporánea, obras de pequeño formato, de nueva creación. Que para aídas, rigolettos y traviatas ya está la sala principal. Y así, además, se evita que otra histórica –aunque hoy muy desfigurada– sala de Madrid (recordemos que fue el único cine en el que se proyectaba en Cinerama) siga abandonada. Y ahí está, dejándose caer en pleno Madrid de los Austrias.

 

Fusionar el Real con La Zarzuela por decreto ley es faltar, insultar, a la memoria de todos esos artistas y creadores que en 1856 invirtieron su dinero (el suyo, no el de los contribuyentes) en crear un teatro que impidiera que la italianizante ópera tan de moda entonces acabara con el repertorio lírico español. Es un bofetada, por decreto ley, a Barbieri y a Gaztambide (entre muchos otros) que no puede ni debe estar protegida por el Gobierno. Para todos aquellos millennials que desconozcan la zarzuela, aclararles que no es un género casposo franquista, rancio, del pasado. Es nuestro patrimonio cultural que siempre ha sido crítico con lo establecido, que tiene un lenguaje propio, como lo tiene la opereta francesa o vienesa, el musical americano o las comedias británicas de Gilbert & Sullivan. Y que como todas las manifestaciones artísticas, tiene obras maestras, muy buenas, regulares, malas y espantosas. Que el pez grande se coma al chico más de ciento cincuenta años más tarde es algo que el Gobierno no debe promover por decreto ley; en todo caso, debería garantizar su identidad propia. Sería como si en París la Opéra Garnier se hubiera comido a la cómica, su eterna rival, y la sala en la que se han estrenado muchos de los grandes títulos de la lirica gala. Muchos más que en el teatro titular. Como ocurre aquí con La Zarzuela, sede de muchos más estrenos que su ‘hermana rica’ de la Plaza de Oriente.

Lo que se ha dado a conocer (¿intencionadamente?) es que se trata de una fusión de fuerzas que ayudará a ambos coliseos. Pero si el Gobierno comienza mintiendo, comparando esta ‘acción cultural’ al caso de París, hay lugar para el miedo y las dudas. Da igual que sea Lissner quien venga a capitanear la supernave lírica española, como si es un español o si se traen a un salvador de la música desde Tombuctú (¡líbranos, Señor, de los salvadores!): si el Real se fusiona con La Zarzuela, todo apunta a que se lo comerá. Perder un teatro con tanta historia (es el coliseo del mundo con más estrenos absolutos, es decir –y perdón por la redundancia– mundiales, sobre su escenario) es algo que no nos podemos permitir. Es cierto que el sistema que rige el Teatro Real –que depende de una fundación y no del ministerio con sus correspondientes cambios políticos– le da estabilidad. Como también es cierto que el modelo de financiación que han ideado –capitaneado por Gregorio Marañón, presidente de la Fundación Teatro Real–, con gran protagonismo del capital privado mediante el sistema de patrocinio, ha demostrado ser un grandísimo éxito, quizás la envidia de Europa. Por ello, igual lo ideal sería implantar este sistema en La Zarzuela. Pero fusionar dos coliseos tan diferentes en historia, modo y tamaño nos hace temer que la ‘leyenda del pez grande’ se haga realidad en la calle Jovellanos.

El domingo 11, día en el que se dio a conocer la noticia, se celebraba en La Zarzuela un concierto de la famosa mezzo Elina Garanca, una de las mejores 'Cármenes' del actual circuito internacional. Al terminar, ella y su marido, el director Karel Mark Chichon, leyeron este manifiesto de apoyo al teatro ante los aplausos del público.

Aún estamos a tiempo. Si esa fusión ya es innegociable, el Gobierno de España, su presidente, sus ministros o quien sea, se tienen que comprometer ante todos a que La Zarzuela no perderá su identidad, su ADN. Sus fundadores, que dieron su vida por él, no se lo merecen. El público, tampoco. La Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento también deberían asegurarnos que esto no va a ocurrir. Hoy el teatro pertenece al INAEM (Ministerio de Cultura). Pero La Zarzuela es patrimonio de la ciudad. Y del mundo entero. #salvemoselteatrodelazarzuela.

 

Entrevista con Daniel Bianco, director del Teatro de La Zarzuela, sigue leyendo

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