19/06/2018

Iglesia y homosexualidad: ¡Basta ya!

30 septiembre, 2016
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La Iglesia católica ha vuelto a sacar las armas contra la comunidad LGTB. Una vez más, ha sido una legislación sobre el matrimonio gay el tema que ha abierto la caja de los truenos, en este caso en México. Y lo sorprendente es que esta reacción desmedida de los obispos del país norteamericano ha contado con el apoyo explícito del Papa Francisco, quien parece así dar un paso atrás en el supuesto cambio de actitud que él –también supuestamente– abandera: “Me uno a los obispos mexicanos para sostener el compromiso de la Iglesia y la sociedad civil en favor de la familia”, dijo hace una semana desde Roma.

Lo primero que debemos aclarar es que, realmente, no sorprende que esto ocurra. Duele, pero no sorprende. En el caso de quien esto firma, católico confeso, duele por motivo doble. El primero porque me violenta especialmente que la comunidad a la que pertenezco agreda a millones de personas que no solo no pertenecen a ella, sino que, además, no quieren pertenecer, y ven cómo no solo sus derechos, sino incluso su integridad y honor, se ven atacados por un colectivo que pretende imponer su modo de vida. El segundo, porque como miembro de esa comunidad, veo cómo se ataca con virulencia a un colectivo, el LGTB, mientras esos ministros de la Iglesia pasan de puntillas por otros asuntos que –creo– son mucho más contradictorios con la doctrina católica y que, sin embargo, apenas ocupan segundos en su miles de horas de palabrería combativa.

Ante todo, y para aquellos que se sorprendan de que existamos gays que nos consideremos católicos, lo primero es aclarar: ser creyente no es como pertenecer a un partido político, ser seguidor de un grupo de música o un equipo de fútbol. Si tienes fe, no puedes dejar de tenerla. O, como es mi caso, ni puedo ni quiero. Si se tiene fe, se tiene. Yo no solo la tengo, sino que llevo 48 años de mi vida intentando crecer en ella, buscando respuestas. Y puedo asegurar que se encuentran, que hay muchos espacios dentro de la Iglesia en donde uno se siente respetado, valorado y animado a seguir en ese camino. Algunos lo hacen de forma pública y mediática, y otros, por el contario, de una manera discreta y silente. Ambas opciones son respetables y no es cuestión de ‘sacar del armario’ a aquellas parroquias que optan por hacerlo de ese modo.

Por otro lado, entiendo que a los que tenemos fe muchas veces se nos ataque desde fuera, pues la institución a la que pertenecemos no hace más que denigrar e insultar. Y es complicado pedir que te respeten cuando los –supuestamente– tuyos no lo hacen. Pero, como todo el mundo ‘barre para casa’, también podríamos hacer de ‘nuestra causa’ las palabras de San Mateo: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa” (Mateo. 5,1-12), para defendernos de aquellos que, desde dentro de la Iglesia, aseguran que no tenemos sitio en ella. Colectivos como Hazte Oír son especialistas en impartir ‘excomuniones privadas’ desde sus filas a todos los que no pensamos como ellos.

Esta aclaración creo que es necesaria para poder justificar estas líneas en una publicación como esta. Al margen del aspecto folclórico que pueda establecerse entre el mundo gay y el religioso, que existe, qué duda cabe, hay otro que –lejos de la tradición imaginera de Semana Santa– ve cómo los líderes espirituales de su Iglesia (sí, ‘su’ Iglesia) agreden e insultan a su otro colectivo (sí, también ‘su’ colectivo). Es por ello que resulta inadmisible que un obispo mexicano diga, sin que nadie públicamente le llame a capítulo, barbaridades como: “Un niño tiene más posibilidades de sufrir abusos sexuales de un padre homosexual”. El cardenal arzobispo Norberto Rivera –que ha sido siempre muy cercano a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, que ya sabemos de quién hablamos–, continuaba su cruzada contra el matrimonio gay en México que propugna Enrique Peña Nieto así: “Donde se ha impuesto esa ley, quien expresa su desacuerdo enfrenta multas y cárcel. Han sido ya encarcelados dueños de hoteles que no admiten homosexuales en sus habitaciones; pasteleros que rehúsan decorar un pastel de boda con motivos gay; padres de familia que se oponen a que a sus niños les enseñen en la escuela que la homosexualidad es natural”. Nada que añadir: sus palabras le definen.

Lo curioso es que el Papa Francisco ­–que, como muchos de los políticos populistas que han proliferado en estos últimos años, es muy dado a abanderar pancartas que copan titulares en medios y quedan en nada en la realidad de la vida– los apoyó desde Roma. Ante ese apoyo a una bestialidad tan desmedida, solo podemos decir un rotundo y humilde: ¡Basta ya! ¿Dónde queda aquel famoso “¿quién soy yo para juzgar a un gay?”. ¿Una nueva pancarta de esas que quedan colgadas en las fachadas y que, con el paso del tiempo, se destiñen con el sol y la lluvia? Seguramente sí. Una pena.

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