21/06/2018

‘Call Me By Your Name’ y el helenismo: fantasías efébicas en la era Grindr

28 febrero, 2018
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Una de las decisiones más sorprendentes de Call Me By Your Name se encuentra en la secuencia de los créditos: el uso de imaginería helénica para introducir una narrativa sobre la homosexualidad. Y esto es porque hubo un tiempo, lejano en términos millennial pero no tanto para las que tenemos cierta edad, en que ser helénica era lo normal y resultaba de buen tono. Para las primeras: el helenismo consistía en utilizar el repertorio de historias, argumentaciones e imágenes de la antigua Grecia para hablar de “lo nuestro”. Pero hoy en día la referencia queda un poco lejos y la coartada no es necesaria (de hecho hay un exceso de discurso sobre el deseo), de ahí lo inesperado de su aparición aquí.

En realidad el helenismo como discurso gay tenía dos vertientes. Una era articular contenido, ya que nos permitía simplemente “hablar del tema”, presentando un deseo homosexual (sobre todo, pero no exclusivamente, masculino) que estaba ausente en otras narrativas. Dada la pobreza de otras imágenes esto resultaba hasta excitante a pesar del limitado repertorio (el efebo no tiene por qué gustar a todos). Pero tenía una segunda función, que podemos llamar estratégica: dotaba la mirada homosexual de cierta legitimidad, de cierto prestigio cultural o intelectual. Si de uno se decía que era sodomita pues le podían meter en la cárcel, lo del “amor griego” se podía mencionar en sociedad y todo lo más que generaba eran guiños o sonrisitas irónicas. Una de las figuras centrales a la mística del helenismo era, por supuesto, el efebo. Está más o menos claro que existía dentro de algunas sociedades urbanas helénicas una cultura efébica de relaciones sexuales o incluso afectivas entre caballeros de cierta edad y chavales. En algunos casos esto se consideraba una parte esencial de la educación, una de las convenciones de la masculinidad. Uno no era “menos hombre” por tener un efebo. Un efebo no quedaba “marcado” por estas relaciones, por supuesto, y acababa convirtiéndose en patriarca. Quizá adoptando un efebo e iniciando un nuevo ciclo.


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Como digo, más allá de que siga existiendo un deseo que siga las mismas pautas de edad, resulta esencialmente distinto al helénico porque no está socialmente convencionalizado y porque hoy no nos andamos con tantos tapujos a la hora de llamar a las cosas por su nombre. Hay mayores posibilidades y no tenemos por qué estar condenados a hacer ciertas cosas en ciertas condiciones mistificando ciertas tipologías. Y por esto tenemos que dar gracias. Por esto los créditos de Call Me By Your Name me hicieron físicamente mirar al cielo (una es muy teatrera cuando está en el cine): ¿En serio? ¿Vuelve el helenismo? Uno no gana para sustos. Luego vi el nombre de James Ivoryun autor central al cine marica de buen gusto de los ochenta con coartada culturalista, como firmante del guion y empecé a entenderlo: lo dicho, las de cierta edad crecimos con aquello y Ivory tiene que haber recordado que en los ochenta, cuando se desarrolla la trama, se pensaba en estos términos. Sin embargo la película intenta presentar una sensibilidad más moderna. Y esta tenía que ser la misión que se impuso su director Luca Guadagnino.

Por supuesto el efebo como tipo está en vías de extinción. Ahora lo que tenemos es su transformación postgay, visible sobre todo en el laberíntico mundo de las redes de contactos eróticos, el twink. El efebismo sigue vivo en la mirada libidinal de mucho señor de cierta edad, pero ahora resulta que el objeto del deseo ha cambiado en su definición y caracterización narrativa. No solo porque devuelva la mirada (muchas narrativas helénicas subrayan el aspecto distante del efebo) y guiñe el ojo. También porque el twink tiene su propia palabra (y su propia webcam), se expresa en términos de yo y controla el discurso. Más que del efebo helénico, el twink ha aprendido de la Lolita de Nabokov y sus fantasías son distintas. A veces son, incluso, otros twinks. Y resulta interesante el modo en el que Call Me By Your Name ha tenido que actualizar el tipo a partir del personaje de Elio (un nombre que desde ya hace surgir profundos suspiros cuando sus ecos resuenan en las proximidades de ciertos caballeros).

A diferencia de la mirada protagonista en las narrativas helenizantes, aquí se plantea desde el principio que quien mira, quien desea (aunque la película prefiere llamarlo amor) es el efebo Elio (Thimotée Chalamet), que intenta fingir desinterés cuando el chulazo interpretado por Armie Hammer entra en su casa. A partir de entonces, el suspense que hilvana la primera parte de la película es si lo harán o no lo harán. Y el motor, quien busca, duda, se ofrece y desea, es el propio Elio: el personaje de Oliver, como han señalado muchos espectadores, permanece como un enigma, no sabemos mucho de él, no sabemos si está armarizado, si de verdad desea, si miente o si está más por aquello de que un dulce nunca amarga y la ley del mínimo esfuerzo. De hecho, podría aducirse, a partir de su pasividad, que narrativamente, el verdadero efebo es Oliver. Privarnos de la mirada de Oliver es, probablemente una de las jugadas más astutas de la película (aunque uno intuye que Hammer tiene que estar arrepintiéndose de haber entrado en el proyecto).

Elio es otra cosa. No es la primera vez que una película permite agencia o deseo a un personaje adolescente. Pero sí es probablemente una de las manifestaciones más acabadas de esta narrativa. Y sobre todo resulta interesante que se produzca en un contexto en el que el twink se ha convertido en uno de los tipos de la cultura gay. No habría sido del todo propio o adecuado que un efebo, helénico o posterior, se declarase tal. Sin embargo Grindr y el mundo ofrecen la posibilidad de declararse twink, que algunos explotan hasta pasados los treinta. El twink es un yo transitorio, perfectamente dramatizado, y dotado de una identidad que no es necesariamente gay. En Call Me By Your Name se ha tenido que lidiar con el twink incluso aunque no se quiera hacerlo: está demasiado presente en el mundo como para que cierto sector de los espectadores puedan olvidarlo. Porque la agencia sexual del adolescente es hoy muy diferente a lo que era en los ochenta. O al menos existe cierto sector claro, definible, que la percibe de manera diferente (la realidad puede ser un poco menos contundente). Y porque (afortunadamente) hoy no se perciben las relaciones entre un adolescente y un hombre de menos de treinta años en los mismos términos que en los ochenta. Seguir con el tipo helénico no era creíble a pesar de las insinuaciones en los créditos y las ideas que deben perdurar en las mentes de algunos espectadores.

Por supuesto había un peligro que se intuye en el párrafo anterior: el de convertir las fantasías sobre el adolescente deseable y deseante en un tema “social”. La vocación de Call Me By Your Name no es específicamente gay (un modelo identitario basado en realidades sociales y en el que es determinate un proyecto anti-homofóbico). La película aspira a premios y quiere llegar espectadores entre los que una visión politizada de lo gay no hace más que estorbar (por esto mantiene una mirada irónica hacia las viejas maricas invitadas a la fiesta), y Guadagnino sabe quiénes son sus amos. La película tenía que comportarse como si el twink no fuera un tipo cotidiano, presente en las redes, con el que muchos espectadores se identificaban, con una imaginería y un anecdotario creciente en la cultura gay. Y es una suerte para Guadagnino que la apuesta haya funcionado: es dudoso que la película hubiera alcanzado tanto éxito entre los hombres gays sin el marco de referencia de Grindr, pero al mismo tiempo lo que le da una intensidad especial es fingirse ignorante de esa cultura (y sí, habla de los ochenta, pero la verdad es que una película comercial de ficción tiende a reflejar su época).

Elio se convierte así en el twink que no se atreve a decir su nombre. De haberse seguido la intención de la primera parte de la novela de Aciman, esto quedaría mucho más claro, ya que la imaginería remite siempre a lo sexual. El giro que la película da para desexualizar el sexo (en términos de puesta en escena, en términos de trama) y convertirlo en mero sentimentalismo hace que de un plumazo todo sea cuestión de amor, algo que, aquí sí, todo el mundo, homo y hetero, es capaz de abrazar sin reservas. Privarnos de la mirada de Oliver, de su pasado, de “lo que quiere” es otro movimiento en esta dirección. Una mirada de deseo por parte de Oliver bien articulada en la trama o la puesta en escena habría hecho a la película entrar en terreno resbaladizo (lo “social”). En la novela acabamos por saber un poco más de Oliver. No mucho. Pero al fin y al cabo la vida cotidiana del efebo, sus aspiraciones, no importaban mucho.

El monólogo final del padre nos convence de que en realidad el momento twink de Elio siempre estuvo tutelado: como señala D.A. Miller en un brillante artículo reciente, en realidad se trata de decir a quienes quieran escuchar que lo que ha sucedido no impide al muchacho una integración sana en el paraíso heterosexista, que esto ha pasado y está bien, porque en la era post gay, post identidad y post homofobia, estas cosas importan poco, pero que al igual que Oliver, puede iniciar sereno una vida en la que no habrá amor tan intenso (o así lo llama la película) pero en la que tampoco será como los amanerados invitados a la fiesta (a los que no tanto los padres como la película ridiculizan): en esta película el contenido identitario que se asocia a un deseo gay está tan marginado que no aparece como una posibilidad plausible, y la homofobia es tan sutil que casi no hay motivos para luchar contra ella. En la sociedad helénica había que creer en el reciclaje del efebo en términos patriarcales, porque, hay que recordarlo aunque sea inconveniente, la homofilia helénica se apoyaba en una profunda misoginia. Y la película sugiere que incluso el twink puede ser sometido al mismo reciclaje: no todos los chavales sonrientes de Sean Cody o Grindr están perdidos para la causa de la heterosexualidad, parece decírsenos. Y a muchos esto les tiene que haber reconfortado un montón. El twink de Guadagnino se parece así más al efebo helénico. Y si se entiende esto, la imaginería de los créditos adquiere sentido pleno.

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Entrevista con Luca Guadagnino, por Agustín Gómez Cascales

Mucho se ha escrito de Call Me By Your Name. Y ya sabemos que en ocasiones incluso el hype mejor orquestado acaba por tener consecuencias adversas. En este caso, la expectación que ha provocado la nueva película de Luca Guadagnino ha sido casi exclusivamente por las maravillas que se han escrito de ella, y por la emocionada reacción de quienes la han visto –cuando menos, de un 99%–. Este romántico (melo)drama, basado en la novela de André Aciman y con guion de James Ivory –no en vano, el espíritu de su Maurice flota en el aire–, cuenta cómo el joven Elio (prodigioso Thimotée Chalamet) se enamora desesperadamente de Oliver (Armie Hammer), bastante mayor que él, que llega a pasar el verano de 1983 con su familia, en algún lugar idílico de Italia sin determinar, para trabajar en su doctorado y ayudar al padre de Elio, experto en cultura grecorromana (espléndido Michael Stuhlbarg, cuyo monólogo final pone los pelos de punta, y debería haberte reportado una nominación al Oscar, que finalmente no llegó).

Guadagnino retrata con maestría el deseo sexual de Elio, un adolescente nada prototípico, con unas inquietudes culturales muy avanzadas, que guarda en secreto sus impulsos hasta que por fin tiene la seguridad de que van a ser correspondidos. El director italiano, abiertamente gay, he declarado que, aunque vivió circunstancias similares en su adolescencia a las de Elio, la principal diferencia con él es que enseguida puso sobre la mesa sus sentimientos y se atrevió a hablar de ellos. En su sensorial película, las pulsiones sexuales son siempre sugeridas. En Call Me By Your Name, cada pequeño elemento, cada detalle, contribuye a reforzar la tensión evidente entre sus dos protagonistas. No siempre es posible descubrir qué libro lee Elio, aunque hay que intentarlo; albaricoques y melocotones inundan de sensualidad la película; dos pies que se rozan pueden resultar más explícitos que esos miembros que no se ven; unos simples bañadores mojados en la bañera dan a entender mucho sobre su descontrolado deseo; dos manos que se acarician furtivamente, también… Al preguntar a Guadagnino –que nos atiende telefónicamente desde Los Ángeles, inmerso en plena campaña de los Oscars– si era su intención que cada pequeño detalle fuese, efectivamente, fuente no solo de información sino también un refuerzo emocional o sensual, su respuesta es: “Permíteme que le dé la vuelta a la pregunta… ¿A ti te provocó esa sensación todo lo que fuiste viendo? Entonces ya tienes tu respuesta”.


“Para esta película me interesaban más el erotismo y la sensualidad que el sexo explícito”


Se nota incluso a través del teléfono que Luca Guadagnino, de 46 años, es una persona con carácter. El director de Melissa P. (2005) o Yo soy el amor (2010) no parece haberse deslumbrado con los elogios y el interés superlativo que ha despertado su última película, aunque no niega, ni mucho menos, estar encantado con que esta historia que habla del despertar del amor, de los vínculos familiares y del traspaso de conocimiento de unas generaciones a otras esté siendo recibida con tantos elogios. “Te mentiría si dijese lo contrario. Mi principal interés como cineasta es esforzarme por ofrecer trabajos que sean buenos y tengan calidad. El impacto a nivel mundial de Call Me By Your Name es tan fuerte, la generosidad con el que público la está recibiendo y el amor que está demostrando la crítica por ella es tan increíble que solo puedo decir que me siento muy feliz y abrumado”.

En su película, que literalmente nos traslada a unos idílicos 80, a un paraje de ensueño de la Italia más bucólica, Guadagnino apuesta por la sensualidad para contar esta historia de atracción gay en la que se sugiere más que se muestra. “Podía haber tomado dos caminos distintos al contar esta historia en que la sexualidad es clave: uno, centrarme en el disfrute, o dos, en el deseo. Si hubiera optado por el primero, tendría que haber contextualizado los actos sexuales en un espacio y unos cuerpos concretos. Lo cual habría podido llegar a ser tildado de pornográfico”, explica. “Al apostar por representar el deseo, lo que tuve que hacer fue analizar los paisajes emocionales que se desarrollan en el interior de los personajes, para explicar al espectador por qué se lanzan como lo hacen al deseo. Lo cual te lleva al mundo del erotismo y la sensualidad, que me interesa mucho más que la pornografía y el retrato del disfrute explícito”.

Inevitable resulta preguntarle por la principal polémica que ha generado la película desde su estreno, especialmente en voces críticas pertenecientes a la comunidad LGTB. En una película en que no se utilizan las palabras ‘gay’ y ‘homosexual’ en ningún momento, y en la que el primer beso no llega hasta entrada la segunda hora de metraje, no han sido pocos los que han reprochado a Guadagnino que no haya desnudos frontales ni momentos de sexo más directo. Es algo que le irrita profundamente, y no lo oculta. “No entiendo esa historia”, afirma en tono grave. “Es algo que no tiene nada que ver con el universo que muestro en la película. Responde a ideas preconcebidas de personas que no han tenido nada que ver en su creación. Parece que si cuentas una historia de dos hombres que se aman, inevitablemente esta tiene que terminar con una escena de sexo en la que se muestren desnudos frontales”. Llegados a este punto, hace uso de su ironía. “Me parece un cliché tan absurdo y random como pensar que si tienes sed, tienes que beber Coca-Cola para que se te quite. ¿Por qué no agua o zumos? Cada cual debe hacer su propia elección. ¿Para representar una relación sexual entre dos hombres es obligatorio mostrar sus desnudos frontales? No, ese es un estereotipo estúpido”. Cuando ya le estoy formulando otra pregunta, me interrumpe. “Tengo 46 años, y llevo dedicándome a mi oficio desde los 22. Mis primeros cortometrajes eran muy explícitos, siempre he rodado desnudos y secuencias de sexo. Por eso no llevo bien que se me tache de recatado, porque no lo soy. Es un tema que considero irrelevante, y estoy harto de que salga continuamente en las entrevistas que hago”.


“El impacto a nivel mundial de Call Me By Your Name es tan fuerte que solo puedo decir que me siento muy feliz y abrumado”


Es tanto lo que tiene que ofrecer en su película que, efectivamente, sorprende que sea una cuestión que ha dado tanto de sí. No sorprende en absoluto que Thimotée Chalamet –nominado al Oscar al mejor actor– haya sido unánimente considerado la gran revelación de Call Me By Your Name, porque sin su gran trabajo no se entendería la fascinación que despierta el filme. La suya es una interpretación de una madurez y una riqueza extraordinaria, sin duda otro mérito de Guadagnino. “Es mi trabajo”, afirma sin atisbo de falsa modestia. “Concibo cómo quiero mostrar personajes en la pantalla y dirijo actores para conseguirlo. Hice todo lo posible para crear una atmósfera en la que todo el equipo, incluidos los actores, se sintieran lo más inspirados posible para expresarse. Y a la vez, les modulaba para obtener lo que buscaba”. De su pareja protagonista le gustaría destacar un detalle que realmente le sorprendió. “Tanto Thimotée como Armie tienen unas cualidades emocionales que les hacen ser personas muy hermosas, se han convertido en grandes amigos”.

En 2017, Moonlight se convirtió en el gran referente de película con personajes LGTB capaz de cautivar a un público más amplio de lo imaginado. Pero no ha sido la única destacada, porque el pasado fue un gran año, gracias a, entre otras, Tierra de Dios, Una mujer fantástica –nominada al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, representando a Chile– o La herida. No quiere dar mayor importancia el director italiano a que la suya se esté convirtiendo en la primera gran película gay de 2018. “En las últimas décadas ha habido películas de gran éxito que han contado relaciones homosexuales, desde Maurice de James Ivory [guionista de su película, también nominado al Oscar] a Brokeback Mountain. Debo reconocer que estoy un poco chapado a la antigua y no estoy muy al tanto del cine actual. Aunque diré que Moonlight me parece una película muy hermosa”.

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