19/11/2018

Identidades diversas que deben reivindicar juntxs en el Orgullo

6 julio, 2018
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Este mundo en que vivimos –los europeos y los españoles, pero también los africanos, los americanos o los asiáticos– es el mejor mundo de la historia de la Humanidad. Es una porquería de mundo, pero nunca antes las libertades habían estado tan protegidas, la miseria había tenido índices tan bajos y la difusión del conocimiento había llegado a tanta gente. Incluso la igualdad social, que a veces nos parece una quimera inalcanzable, es la más alta de la historia.

Todos los ratios siguen mejorando año tras año (con ligeros vaivenes y con la excepción del medioambiente): personas que salen de la pobreza, niños alfabetizados, descenso de la mortalidad o condiciones sanitarias. También los de igualdad sexual: nunca antes existió una época en la que los hombres y las mujeres pudieran vivir su afectividad con tanto respeto y tanta libertad.

Es cierto que, a pesar de eso, el mundo sigue siendo hostil y las sociedades en las que vivimos conservan injusticias endémicas. Hay que continuar protestando. Sin descanso. Algunas veces, sin embargo, la protesta se convierte en un estilo de vida, y en ese instante todo parece una gran simulación o una farsa de amargados. No soy partidario de las protestas universales, de las protestas empecinadas e indiscriminadas. Protestar contra todo es como no protestar.

La primera vez que estuve en Buenos Aires, en el año 2002, coincidí con la manifestación del Orgullo, que estaba compuesta de una tropa extravagante de ‘oprimidos’ del mundo con la que Valle-Inclán habría hecho maravillas. Había banderas del Che Guevara, travestis despintadas, campesinos del norte, activistas anti-israelíes y muchas pancartas con el rostro perenne de Evita Perón. En las consignas igual se reclamaba la libertad sexual que el fin del capitalismo o el reconocimiento de los derechos indígenas. Como turista, fue un Orgullo inolvidable; como ciudadano gay, fue bochornoso.

No me parece mal, sobre el papel, que haya un Orgullo Crítico más politizado, que tenga un pliego reivindicativo escrupuloso y que trate de actuar en las áreas de penumbra social que nos quedan. El problema surge cuando ese Orgullo se construye sobre todo contra el otro. No para completarlo, sino para censurarlo. No para protestar acerca de algo, sino para protestar acerca de todo. A muchos gays (también de izquierdas) les parece bien tomar cervezas y gin tónics en las fiestas y no tienen ningún inconveniente en que los locales de ocio o las tiendas de Chueca multipliquen sus beneficios en la semana del Orgullo.

“Soy de esos gays que el Orgullo no desean acabar con el capitalismo global ni con el imperialismo israelí y que solo aspiran a que nadie deba pagar peajes por su identidad sexual”

A muchos gays les parece bien que empresas poderosas, como El Corte Inglés, Iberia o Axa, saquen carrozas o patrocinen la marcha, aunque sea por interés mercantil, porque saben que eso se ha traducido a lo largo de los años en normalización laboral y en aceptación social. A muchos gays que han viajado a Israel y que conocen de primera mano la vida de aquel país, les parece perfectamente compatible condenar la violación de derechos en los territorios ocupados y celebrar con Netta la diversidad sexual y la grandeza de la diferencia.

Yo soy uno de esos gays que el día del Orgullo no desean acabar con el capitalismo global ni con el imperialismo israelí y que solo aspiran a que nadie deba pagar peajes por su identidad sexual. 2018 será el primer año en el que en la marcha del Orgullo no habrá enfermos mentales. Después de que la Asociación Americana de Psiquiatría eliminara en 2012 la transexualidad como enfermedad mental, este año acaba de hacerlo la OMS. Los que desfilen en Madrid el 7 de julio serán por fin todos cuerdos.

Es un logro, aunque a veces parecería que algunos prefieren que se conserve la locura para que se conserve también la pelea, la reivindicación, la queja. Hay pocas personas a las que admire más que a los activistas de una causa noble, pero hay pocas personas que me inquieten tanto como los activistas de todas las causas. Estos me inspiran desconfianza, igual que todos los redentores. Tengo la impresión de que no saben distinguir lo bueno de lo mejor y de que prefieren el fracaso al éxito. Y tengo la impresión, sobre todo, de que no saben entender que las personas tienen identidades cruzadas, heterogéneas e incluso contradictorias. Identidades diversas.

LUISGÉ MARTÍN ES ESCRITOR Y ARTICULISTA. SU ÚLTIMO LIBRO PUBLICADO ES EL AMOR DEL REVÉS (ANAGRAMA)

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