23/09/2019

Este no es otro verano gay: ‘La otra Jackie O’

1 septiembre, 2018
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Jacobo pesa 120 kilos. Para ser exactos, pesaba 120 kg el día que salió de su casa hace ahora cinco días. Hoy, aunque él no lo sepa, pesa 125,4 kg. No es culpa suya, nos pasa a todos. Te vas de vacaciones unos días y vuelves una semana después con souvenirs que te da vergüenza regalar, con alguna que otra camiseta nueva y con algún que otro kilo de más.

Pues eso es lo que a Jacobo, como al resto de los mortales, le ha pasado. Pero él sigue de vacaciones en Mykonos y hoy, según su agenda, Jacobo es muy organizado y meticuloso para todo, toca ir a la playa.

Son apenas las once de la mañana cuando Jacobo desembarca en Jackie O’. Ha recorrido casi quince kilómetros desde el hotel hasta este beach club cuando sus pies, levemente peludos, pisan de una vez por todas la arena de la playa. “Hay mucha gente para ser la hora que es”, piensa Jacobo, pero un segundo después repara en que quizás dedicó demasiado tiempo a cargarse de provisiones en el supermercado de al lado del hotel.

Sus amigos le habían advertido que la playa era cara, que aquella playa era cara. Así que él, meticuloso y ordenado, llega a la playa con comida y bebida fresca para pasar el día.

En la primera línea encuentra a lo lejos una hamaca vacía y se encamina hacía ella. No ha tenido tiempo de dejar la mochila cuando el hamaquero, un chico delgado y de piel tostada por el sol, mira de arriba abajo antes de decirle, Jacobo entiende que en griego, que no se puede poner ahí. Jacobo no lo entiende. No entiende el idioma ni la actitud, ¿por qué no puede ocupar un sitio que está libre? Pero educadamente recoge sus cosas y sigue al chico a través de las líneas de hamacas que pueblan la playa.

En la última fila, a la derecha del todo, Jacobo deja caer sus cosas, previo pago de los veinte euros que cuesta el alquiler. Sin esforzarse mucho puede contar diez hamacas libres delante de él.

Una vez instalado completamente en la hamaca, Jacobo decide ir a ver cómo está el agua. No tarda en darse cuenta de que su cuerpo, voluminoso y redondeado, no pasa desapercibido para el resto de chicos que están allí e incluso, al llegar a la orilla, escucha un comentario de un turista de esos catetos que se piensan que, al estar en el extranjero, pueden criticar en su idioma porque nadie les va a entender.

Cuando el agua le llega hasta las rodillas, cuando las tibias aguas le refrescan las piernas, Jacobo se da la vuelta para mirar la orilla y comprueba cómo media playa le mira y le apunta con el dedo. El agua le parece fría, demasiado fría.

Una sensación conocida le embarga y, por un momento, piensa que metido en aquella playa de Mykonos siente lo mismo que metido en la piscina de Moratalaz.  “Para notar lo mismo aquí que allí –se dice–, me hubiese quedado en Madrid”. Desgraciadamente no se refiere al agua.

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Shangay

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