25/11/2020

Ernesto Caballero nos invita a descubrir ‘Un bar bajo la arena’, historia viva de nuestro teatro

21 septiembre, 2018

El Centro Dramático Nacional cumple 40 años, y Ernesto Caballero lo celebra por partida doble, porque lo dirige y también firma la puesta en escena de Un bar bajo la arena, un homenaje en toda regla a la profesión teatral y a lo que se cocía en el antiguo bar del Teatro María Guerrero.

La confusión entre realidad y ficción comienza justo cuando Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional desde 2011, posa para nosotros. Te parecerá que lo hace en un sitio de copas, pero en realidad tras él está el decorado de Un bar bajo la arena, que dirige, y se representa en la sala de la Princesa del madrileño Teatro María Guerrero. Un decorado que reproduce fielmente el bar del teatro, que después se convertiría en la sala que ahora acoge esta función, y que Caballero visitó en numerosas ocasiones.

Su historia con el María Guerrero se remonta a su adolescencia, cuando con 17 años participó como figurante en un montaje de La paz de Francisco Nieva. Muchos recuerdos, muchos actores que han pasado por allí –y por el difunto bar– y mucho que celebrar con esta obra, “un ejercicio de admiración a mis mayores”, afirma. El autor y director no quería celebrar los 40 años del CDN con un acto institucional, quería resaltar que es una casa de teatro, un lugar dedicado al arte. “Como este es un arte efímero, me obsesiona la idea de no olvidarnos de dónde venimos, y de recordar a nuestros antepasados, lejanos y próximos. Veo a muchos actores y actrices, sobre todo mayores, grandes talentazos, a los que ya no se tiene en cuenta en esta cultura clínex en que vivimos, muy injusta con gente que aún tiene mucho que decir”.

De modo que comenzó a trabajar con José Ramón Fernández, autor del texto (“una enciclopedia viviente del teatro español del siglo XX”), rescatando todo tipo de anécdotas, historias reales y fragmentos de distintas obras, que ha utilizado para esta ficción basada en pura realidad. Trece actores interpretan a más de sesenta personajes, muchos de ellos nombres históricos que han dejado una importante huella en el María Guerrero, como Núria Espert, Berta Riaza, José María Rodero, Adolfo Marsillach, y la realidad y la ficción se confunden continuamente en esta obra “muy pirandelliana. Porque los actores transitan en tres niveles: lo que son, en pleno 2018, el actor o actriz al que interpretan, y estos a la vez, en ocasiones, citando frases de un personaje que han interpretado. En esta cafetería todo es posible, porque así es el teatro, un sueño que te hace soñar”.

“Como el teatro es un arte efímero, me obsesiona la idea de recordar a nuestros antepasados”

Un ejercicio de reivindicación del oficio teatral que sin duda servirá para que los espectadores más jóvenes descubran datos y curiosidades de intérpretes legendarios que no pudieron llegar a ver sobre las tablas. “No queríamos que fuese un ejercicio de nostalgia. Siempre que trabajo con José Ramón [ya lo hicieron en La colmena científica o el Café de Negrín y El laberinto mágico] nos basamos en la idea de que el pasado hay que traspasarlo y hay que contemplarlo con una mirada joven. Si vivimos en un presente permanente, sin conocer los referentes que tenemos detrás, no podemos proyectarnos hacia el futuro. Como el teatro es un arte de renovación permanente, el lenguaje que usas en cada momento debe ser el de hoy”.

Echa la vista atrás el director del CDN y recuerda cuando, en los 80, en plena movida, ya dirigía teatro alternativo y se pasaba por la cafetería del María Guerrero, “un teatro que para mí era un templo”. Ni en sus mejores sueños habría imaginado que escribiría y dirigiría montajes en él, y que sería su máximo responsable. “Entonces era un outsider, y algún guiño a lo que viví en esos 80 y 90 allí también hay en el montaje”. La fascinación por las celebridades no es exclusivamente millennial; siempre nos ha llamado la atención encontrarnos con, por ejemplo, actores a los que admiramos fuera de su ámbito de trabajo. Y eso era muy fácil que sucediera en la cafetería del María Guerrero, donde en ocasiones intérpretes caracterizados aprovechaban un descanso de la función para reponer fuerzas o, simplemente, se tomaban algo cuando habían terminado. “Esa aura que deja el actor a mí me deja embobado”, confiesa Caballero. “Sobre un escenario, el actor se convierte en un semidiós, y cuando baja, recién duchado, y lo tienes al lado, aún está impregnado de ese componente mítico que te ha hecho conectarte a él”.

Es algo que ocurría en aquella cafetería que ahora se recrea, y que siempre sucederá. “Porque el teatro es el arte de los actores. Todos los demás estamos ahí… de añadido. Los que trabajamos en él lo que hacemos son sublimaciones de la interpretación. Porque el actor se expone públicamente a diario ante un grupo de desconocidos y, si es buen actor, le vemos el alma. Incluso en ocasiones, como decía Patrice Chéreau, sacando lo que más detesta de sí mismo. A mí, a día de hoy, me sigue provocando una gran admiración”.

Incluso parte de los ensayos se convirtieron en ocasiones, según revela el director, en una tertulia en la que todos recordaban, y celebraban, a intérpretes a los que han admirado, o citas que no se les han olvidado, o anécdotas que han presenciado. “Esa admiración y ese entusiasmo son los que predominan en este trabajo”. Confianza recíproca, convicción de todo el equipo de lo que quiere comunicar y alegría son las tres claves en las que se asienta Un bar bajo la arena. “A esta cafetería la gente va a venir a vernos alegres”, explica, “habría una pequeña estafa artística si no se transmitiese esa alegría”.

“Me hace feliz pensar que desde el sitio en que estoy puedo hacer algo por los creadores y por el público”

Está encantado con su reparto (“busqué gente contenta a la que la apeteciera contar esto”) y con la sala en donde estrenan. “Porque el espacio también es un protagonista, son trece actores más uno, y me interesa mucho cómo dialogan”. No siempre el diálogo ha sido tan fluido con los actores, la suya es una larga trayectoria como director, y se da por sentado que desencuentros habrán surgido a lo largo de los años. “Sí, son gajes del oficio. Pero con muchos de los actores con los que me ha ocurrido, al cabo del tiempo, cuando hemos vuelto a trabajar juntos me he llevado de maravilla, porque sabíamos que teníamos una cuenta pendiente. A mí los enfados me duran diez minutos”. Y confiesa que todavía tiene algunas situaciones de tensiones pasadas que solucionar. “No voy a dar nombres, pero les llegará, porque tampoco he tenido tantas experiencias así”, dice entre risas. “Estoy deseando que se produzcan esos reencuentros, porque a mí me gusta ir ligero de equipaje por la vida”.

Retratos Ernesto Caballero: Miguel Ángel Fernández

De su despacho de director del Centro Dramático Nacional se baja a dirigir Un bar bajo la arena. De la gestión a la emoción, y sabe cómo llevar adelante ambas facetas sin problema. “Cuando empecé a ver que en la gestión también hay un lado de creación lo empecé a disfrutar más. Los grandes del teatro, de Molière a Shakespeare pasando por María Guerrero, eran empresarios”, asevera. “Hoy por hoy, me hace feliz pensar que desde el sitio en que estoy puedo hacer algo por los creadores, por el público…”. Y aunque lo suyo sería suponer lo contrario, encuentra tiempo y actividades para desconectar de este universo tan absorbente al que dedica tanto esfuerzo. “No estoy obsesionado por el teatro”. Bueno es saberlo.

LA OBRA UN BAR BAJO LA ARENA SE REPRESENTA DEL 28 DE SEPTIEMBRE HASTA EL 25 DE NOVIEMBRE EN EL TEATRO MARÍA GUERRERO (C/TAMAYO Y BAUS, 4) DEL CENTRO DRAMÁTICO NACIONAL.

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