13/07/2020

Relatos gays de fin de semana: ‘Dos náufragos’

6 octubre, 2018
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A él le encanta leerle en alto. Ambos se ponen en posición y ella, con los ojos cerrados, escucha con atención la lectura que él va realizando.

La noche envuelve la ciudad y, aunque fuera haga frío, ellos, tumbados sobre el sofá, parecen dos náufragos tendidos sobre la arena, ajenos al mundo y sus designios. Casi siempre encienden alguna vela y, también casi siempre, se sirven una copa de vino que, apresuradamente, alguno de los dos compra en el supermercado de la esquina.

El ruido del tapón de corcho al abrir la botella es el pistoletazo de salida para la hora de lectura que llevaban a cabo muchas noches. Cuando el vino, bermellón y vivo, inunda las copas con su color y su aroma, ambos adoptan posiciones y, como si de un ritual se tratase, se colocan estratégicamente en el sofá y enmudecen.

Él se sienta más recto, ella se tumba y mete sus pies bajo el culo de él para que se le calienten antes. Las copas sobre la mesita baja, las luces tenues y las velas creando sombras en las pequeñas paredes de la buhardilla que comparten.

A veces hasta Klaus, un dócil y simpático gato persa que tienen, se une a la lectura dejando por un momento su cara de inexpresividad para relajarse y sentarse con ellos. A veces da la sensación de que, en ciertas ocasiones, incluso él asiente con la cabeza atento a los acontecimientos que su dueño va narrando.

Él hace en la lectura alguna pausa prolongada, se inclina hacía delante para coger la copa y se aclara la garganta con el vino. Hay noches que leen un capítulo, otras veces ella se duerme al poco de él comenzar a leer y otras el club de lectura acababa con Klaus disfrutando solo del sofá mientras ellos deshacen la cama.

Sé que no les importaría invitarnos un día a su especial club de lectura y sé que, de buen grado, incluso nos cocinarían algo para que pudiésemos cenar antes de la lectura. Sé que a muchos de vosotros no os importaría, a mí tampoco.

Pero creo que es un club tan especial que nosotros, aunque solo fuésemos como meros espectadores, podríamos romper la magia del momento.

Dicen que él incluso pone voces cuando lee para imitar a los personajes. Ambos, tumbados sobre el sofá, parecen dos náufragos ajenos al mundo y sus deseos.

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Shangay

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