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Un arcoíris de color inunda ‘Il turco in Italia’ en la Ópera de Oviedo

9 octubre, 2018
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Y no podía ser de otra manera, siendo un montaje con el sello de Emilio Sagi. Un arcoíris de color –y buen rollo– inunda la escena de este divertidísimo montaje de Il turco in Italia, que acaba de estrenarse en la Ópera de Oviedo.

El escenario del Teatro Campoamor parece inmenso con los decorados que Daniel Bianco ha preparado para trasladar la escena de la ópera bufa de Rossini a Nápoles, que bien podría ser la Roma de La dolce vita. Y es precisamente la luz, ese colorido, el elemento que lo agranda. Todo un chute de alegría.

Antes de empezar la función, a telón bajado, una más que merecida dedicatoria a Montserrat Caballé (fallecida el día anterior), que tanto, y tan bien, ha cantado en ese mismo escenario. Y al maestro Alberto Zedda, otro gran experto rossiniano habitual del coliseo, que falleció el año pasado. Ese escenario puede presumir de haber tenido en sus tablas a casi todos los grandes en sus más más de 70 años siendo sede de la ópera de una manera continuada. Y en unos años, hay que recordar, en los que en España no había grandes temporadas estables como hay ahora. La de Oviedo es la segunda temporada más antigua de nuestro país, tras la del Liceo de Barcelona.

Las aventuras (y desventuras) de un príncipe turco que viaja a Italia para descubrir nuevas experiencias son el punto de partida de un libreto que bien podría ser un vodevil de los hermanos Marx. Y es la apuesta por la que Sagi toma partido, que potencia al máximo este punto de comedia de enredo.

El director asturiano recurre a la idea que tan bien le funcionó en su mítico montaje de La del manojo de rosas del Teatro de La Zarzuela de 1990, en el que debutó nada más y nada menos que el barítono Carlos Álvarez. Pero la mejora de forma sustancial. En el caso de la zarzuela de Sorozábal, un gran decorado reproducía la fachada de un típico edificio madrileño. En el de esta ópera de Rossini, es una genuina calle napolitana, con toda la riqueza que ello implica. Una cuidada iluminación –detallista y en varios planos– da al escenario una profundidad que parece increíble en la pequeña caja escénica del coqueto e isabelino Teatro Campoamor.

Y llegamos al plano musical que, por otro lado, es el principal en cualquier ópera. O debería serlo, que muchas veces se nos olvida. Los cuerpos estables del teatro, orquesta  y coro, demuestran una vez más el rodaje que tienen en el terreno operístico. Son muchos años. Un estupendo reparto encabezado por Simón Orfila y Sabina Puértolas hace el resto.

En una ópera cómica de este tipo es imprescindible que los cantantes sean, además, grandes actores. Prueba superada. Estos libretos que se queda tan antiguos necesitan lecturas de este tipo para adaptarse los tiempos y no resultar imposibles de llevar a escena hoy día. Musicalmente, Il turco in Italia es una de esas joyitas deliciosas que uno no se cansa nunca de escuchar. Duetos, tercetos, cuartetos o sextetos con moraleja final incluida. Casi tres horas de música maravillosa y recitativos encantadores.

Sí. El arcoíris inunda la escena de carnaval con esa estética multicolor que Sagi domina tan bien. En la memoria, su impecable Barbero de Sevilla con Juan Diego Florez y María Bayo en el Teatro Real. A Rossini le va muy bien el ‘sello Sagi’, no hay duda. Y ese arcoíris de color y buen rollo ‘toma’ toda la función de principio a fin.

La Ópera de Oviedo dio este septiembre un paso de gigante, un campanazo, al estrenar mundialmente Fuenteovejuna, la ópera de Jorge Muñiz que subió a escena Miguel del Arco. Era el primer encargo de la casa en sus 72 temporadas. La aventura salió muy bien, con buenas críticas internacionales y gran repercusión mediática.

Ahora vuelve al repertorio, y lo hace, de nuevo, de la mejor forma posible: a lo grande. Un derroche de color y buen rollo. Se agradece, porque hay mucho talento detrás. ¡Que el arcoíris no pare! Bravi!

Dos momentos del montaje de Il turco in Italia en el Teatro Campoamor de Oviedo.

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