15/12/2018

Soy gay y no estoy “de moda”: carta abierta al Papa Francisco

4 diciembre, 2018
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Estimado Papa Francisco:

Sin palabras. No tengo palabras para intentar justificar que usted haya dicho de mí que estoy “de moda”. Esa es su reflexión sobre la homosexualidad. No logro comprender muy bien cuál es la obsesión de la Iglesia católica con este tema. Una obsesión que yo pensaba que, poco a poco, se estaba superando. Ingenuo de mí. Ahora, según usted, la “homosexualidad está de moda”; ergo, yo estoy de moda. Pues no. Siento contradecirle.

Sinceramente, sus últimas declaraciones me han dejado perplejo, en estado de shock: “En nuestras sociedades parece incluso que la homosexualidad está de moda y esa mentalidad, de alguna manera, también influye en la vida de la Iglesia”. Afirmar que “la homosexualidad está de moda” es, simple y llanamente, indignante.

Es cierto que hay muchos temas LGTBI que ahora sí se ponen sobre el tapete, es decir: se hablan y se legisla sobre ellos. Es cierto también que nuestros derechos están, por fin, empezando a reconocerse. Y no es menos cierto que esto parece que no va a tener marcha atrás. ¡Afortunadamente! Esperemos que sea así, y que no se produzca la involución que algunos fatalmente pronostican. Pero afirmar, por todo ello, que eso sea “estar de moda” es, insisto, de una frivolidad inadmisible. Y más si viene de una persona como usted que, se presume, tiene una talla intelectual lo suficientemente elevada como para no permitirse esos ‘deslices’. Las modas vienen y van; ser gay, lesbiana, trans o de cualquiera de los colectivos representados por las letras LGTBI no es una moda: es un hecho, una realidad. Le pese a quien le pese. Incluso si le pesa al Papa de Roma.

He conocido sus declaraciones fuera de contexto. Es decir, no me he leído el libro Papa Francisco. La fuerza de la vocación. La vida consagrada hoy, de Fernando Prado Ayuso, del que han sido sacadas. Pero aun así, no dejan lugar a la duda. Me da igual que estén fuera de contexto. O que en unas horas, o días, justifiquen que están mal traducidas, algo a lo que suelen recurrir ustedes de manera frecuente. Ser homosexual y estar de moda son términos que nunca se deberían asociar. Y menos aún en el contexto de unas conversaciones sobre los escándalos de pederastia que salpican constantemente a la Iglesia.

No tengo nada que opinar sobre cómo la Iglesia gestiona el tema (¿el problema?) del celibato en su seno interno. Es algo que solo corresponde a quien corresponde: es decir, a ustedes. Tampoco sobre los procesos de selección de entrada en los seminarios. Otro asunto interno. Pero sembrar la duda de que el hecho de que haya gays dentro del clero tenga la más mínima relación con los escándalos de los delitos de pederastia que hemos conocido es, sencillamente, un insulto inadmisible.

Y resulta aún más grave (y doloroso) leerlas entre palabras como estas: “Cuando hay candidatos con neurosis y desequilibrios fuertes, difíciles de poder encauzar ni con ayuda terapéutica, no hay que aceptarlos, ni al sacerdocio ni a la vida consagrada. Hay que ayudarlos a que se encaminen por otro lugar, no hay que abandonarlos. Hay que orientarlos, pero no los debemos admitir. Tengamos en cuenta siempre que son personas que van a vivir al servicio de la Iglesia, del pueblo de Dios. No olvidemos ese horizonte. Hemos de cuidar que sean psicológica y afectivamente sanos. La cuestión de la homosexualidad es muy seria. Hay que discernir adecuadamente desde el comienzo con los candidatos, si es el caso. Hemos de ser exigentes. En nuestras sociedades parece incluso que la homosexualidad está de moda y esa mentalidad, de alguna manera, también influye en la vida de la Iglesia”. ¿Es que ser gay implica un desequilibrio fuerte? ¿Hay que encauzar a un gay con ayuda terapéutica? ¿Es necesario que los gays seamos ‘orientados’? ¿Requerimos ayuda psicológica? ¡Basta ya, por favor!

Soy creyente, católico y practicante. No esperaba un milagro dentro de ‘mi’ Iglesia, pero sí una esperanza de que las cosas podían cambiar. Muchas de las decisiones que usted parecía haber tomado, así como los últimos nombramientos de obispos y asesores suyos, parecían indicarlo. También parecían una ‘luz al final del túnel’ los cambios que se podían intuir tras el último Encuentro Mundial de las Familias, el pasado verano, en Irlanda. Pero estas palabras suyas que acabo de leer no se pueden consentir.

Ser célibe es una opción. Y la Iglesia, insisto, decide cómo quiere que sus sacerdotes vivan su sexualidad. Pero los mismos problemas que puede tener la Iglesia con los sacerdotes homosexuales los ha tenido históricamente con los heterosexuales. Tanto es así que en el refranero popular español tenemos el famoso “y este cura no es mi padre”. Volver a insinuar –y hacerlo en este momento en el que no cesan los escándalos por los casos de pederastia– que estos pueden ser motivados porque muchos sacerdotes puedan ser gays es algo que me provoca náuseas.

Soy consciente, repito, de que son palabras leídas fuera de contexto. Pero también de que una personalidad como la suya, líder espiritual para millones de personas, conoce la repercusión mundial de sus palabras. Por ello debería evitar afirmar cosas como que “ser homosexual está de moda”. Perdone mi osadía, pero creo que es algo que nunca debería haber salido de sus labios. Es el lado malo de la ‘política pancartista’ que nos invade, en todos los ámbitos. Se busca desesperadamente la acción/reacción de declaración a pie de calle/titular en los medios. Luego, detrás de ellos, de esos titulares, o bien no hay nada (humo sin más) o bien reflejan (como es este caso) una realidad (homófoba) latente e intrínseca en la Iglesia católica. Llevan un cierto tiempo intentando maquillarla, a golpe de pancarta, para salir del paso, para lavar la imagen…, pero termina saliendo a la luz.

Lo siento, pero yo no estoy de moda. Nunca lo he estado y nunca lo estaré. Entre otras cosas –y esto es personal– porque detesto las modas y la gente que vive obsesionada por estarlo. Prefiero, simplemente, ser una buena persona y un buen cristiano. Ya es demasiado complicado intentar cumplir con las bienaventuranzas como para perder el tiempo en querer estar de moda.

De nuevo, disculpe que este humilde plumilla (gay) se atreva a enmendarle la plana a toda una autoridad moral como es el Papa de Roma. Pero es que cuando leí anoche sus palabras, al acostarme, me dieron ganas de vomitar.

Pero no se preocupe, ni siquiera cosas como estas que usted ha dicho van a conseguir que pierda la fe. Aunque sea en las catacumbas, seguiré siendo creyente. Aunque, ya que estamos, me niego a tener que hacerlo pidiendo perdón, por la puerta de atrás, como si tuviera que disculparme por ser como soy. Esperando alguna palabra de consuelo y aceptación por ser gay. Lo soy, y punto. Como soy creyente. Al final, con estos falsos paños calientes de maquillaje, la Iglesia lo que estaba haciendo es intentar acogernos cual acto de misericordia. Y, lo siento, ya me he cansado: la misericordia católica que mis padres me enseñaron era otra.

Reciba un afectuoso saludo,

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Shangay

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