16/09/2019

Relatos gays de fin de semana: ‘Postales desde el recuerdo’ | Parte 2

15 diciembre, 2018
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Tardé unos minutos en reponerme y pensé en llamar a Fernando simplemente para oír su voz, pero el reloj del móvil de Miguel decía que era la una y treinta y seis de la madrugada y pensé que sería mejor no molestarle.

Me levanté del suelo del pasillo y, secándome las lágrimas con la manga, me dirigí hacia la puerta de la UCI. Miguel me esperaba allí. Me abrazó cuando llegué hasta a él y yo se lo agradecí. Necesitaba ahuyentar de mí aquella sensación de fragilidad que había tenido. Su intención era pasar la noche allí. Frente a la entrada de la UCI había unas sillas y una maquina de café y las enfermeras le habían dado una manta para que estuviera algo más cómodo. A mí me dio dinero para el taxi, ya que yo había salido de casa sin nada, y las llaves de su casa para que le hiciese el favor de volver por la mañana con algo de ropa limpia y cuatro cosas más para la higiene personal. De forma afectuosa nos volvimos a abrazar y le prometí volver a primera hora.

El camino de vuelta a casa en el taxi fue rápido así que en poco tiempo estuve de nuevo en la cama y abrazándo a Fernando. Antes de dormirme volví a pensar en la escena que había visto en la UCI a través del cristal e instintivamente apreté más fuerte el cuerpo de Fernando contra el mío. A la mañana siguiente conté a Fer todo lo sucedido mientras desayunábamos y, tras darme una duchar rápida, subí al piso de Miguel a por las cosas que me había pedido. Era fácil moverse por su piso, tenía la misma distribución que el nuestro, así que recogí algunas cosas del baño y en el primer armario que encontré en el dormitorio recogí un par de tejanos y unas camisetas. Con todo ello en una mochila, bajé de nuevo a mi piso y, junto con Fernando, bajamos al parking a por el coche y de allí al hospital.

Miguel estaba sentado en las sillas frente a la UCI cuando llegamos, nos saludamos y le presenté a Fernando. Nos explicó que había hablado con los médicos y que le habían dicho que el estado de Sara era delicado, pero que confiaban en que poco a poco pudiese ir mejorando. Estuvimos un rato con él tomando uno de aquellos horribles cafés de la máquina y se mostró muy agradecido por la compañía y porque le hubiésemos llevado la mochila con la ropa. Fernando le preguntó si no tenía a nadie de familia y Miguel nos explicó que Sara era huérfana de padres y que él había cortado la relación con sus padres ya hace mucho tiempo por un problema con el alcohol que había tenido su padre.

Como era casi la hora de comer, le propusimos ir a comer los tres a la cafetería y así le hacíamos algo más de compañía hasta las cuatro que era la hora en que podía entrar de nuevo a ver a Sara. Con un poco de reticencia, pero agradecido, accedió y en la cafetería continuamos charlando un poco más sobre nosotros cuatro. Bromeamos sobre esto y aquello y le conseguimos sacar una sonrisa. Él nos explicó alguna que otra anécdota de sus viajes con Sara, nosotros le explicamos nuestro viaje por la Costa Este. Fernando le habló de su trabajo, él nos explicó lo que le gustaban a Sara los caballos y la idea que tenían los dos de irse algún día a vivir al campo. Cuando nos quisimos dar cuenta, eran casi las cuatro menos diez, así que nos despedimos prometiéndole que al día siguiente volveríamos a ver cómo seguían Sara y él. Muy agradecido se abrazó a nosotros antes de que marchásemos y, camino de casa, ya en el coche, Fernando y yo conversamos sobre nuestras impresiones sobre él. Los dos coincidimos en que parecía un buen tipo. Ninguno de los dos sabíamos, por aquel entonces, cómo acabaría esta historia.

Las visitas al hospital continuaron durante las siguientes semanas con toda la asiduidad con la que Fernando y yo podíamos; antes o después de ir a trabajar, los sábados por la tarde, los domingos por la mañana… En cada visita le llevábamos o le traíamos ropa y a veces, aunque pocas, le traíamos a casa para que se duchase. Nuestra relación con Miguel se fue estrechando y en aquellas largas esperas de hospital, acabamos contándonos toda la vida. Nunca creímos haber conocido tanto a alguien y tampoco que nadie nunca podría conocernos mejor.

Los días pasaban y Sara continuaba estable. No empeoraba, que ya era mucho, pero necesitaba todavía permanecer en la UCI porque los médicos no creían que pudiese sobrevivir sin el coma inducido al que estaba sometida. Los meses pasaron poco a poco a través de aquellas grandes ventanas de cristal por dónde veíamos, de vez en cuando, a Sara, por donde veíamos de vez en cuando a aquel grandullón llamado Miguel abrazarse con amor a aquel cuerpo que luchaba entre la vida y la muerte. Creo que fue a finales de julio cuando Fernando y yo pensamos en ir a pasar un fin de semana de camping. Sara llevaba mucho tiempo ya en la UCI, quizás algo más de dos meses, y su estado era totalmente estable dentro de la gravedad. Así que pensé en decirle a Fernando que propusiésemos a Miguel venirse con nosotros ese fin de semana.

El camping estaba aquí al lado, en Blanes, y si pasaba cualquier cosa podríamos estar en un momento en el hospital. Además a Miguel le vendría muy bien salir un poco de la rutina y distraerse aunque solo fuese por un par de días. El fin de semana fue genial. El tiempo se comportó como pocas veces suele hacerlo en la costa barcelonesa a finales de julio y pudimos disfrutar de un sol radiante que nos ayudó a los tres a cargar las pilas. Playa, sol, barbacoa y cerveza fue nuestra hoja de ruta durante la mañana del sábado. Bromeamos, comimos, disfrutamos y para, celebrar que aún sabíamos reírnos, decidimos que el sábado por la noche buscaríamos un restaurante donde cenar y un bar cutre y viejo donde poder emborracharnos y estar tranquilos.

La noche nos sorprendió ya bebiendo, entre chistes que no hacían gracia, pero que encontrábamos graciosos e historias de vidas pasadas que, a causa del alcohol, no parecían ni que fueran nuestras. Cenamos en un pequeño restaurante, alejados de guiris y de familias con miradas de decencia y en el primer bar que vimos, entramos a beber cerveza y tequila y a brindar porque nos habíamos conocido. Íbamos abrazados los tres, zarandeándonos de camino al camping, iluminados por una gran y radiante luna que parecía vigilarnos desde el cielo cuando Miguel propuso que nos bañáramos desnudos en la playa. Ninguno se lo pensó dos veces y las risas no cesaron hasta que vimos que, saliendo del agua, Miguel sangraba por una herida en el pie. Alguna roca escondida entre la arena había hecho de las suyas. Liándose la camiseta a la pierna nos fuimos hacia el camping. Ninguno estaba en condiciones de ponerse a mirar aquella herida.

El despertar de la mañana siguiente fue horrible. La cerveza y el tequila llevaron a cabo su particular venganza en nuestras cabezas. Yo fui el primero en despertarme. El reloj decía que eran casi las dos del mediodía y como pude cogí las cosas y me dirigí a las duchas del camping. Cuando volví, Fernando y Miguel ya se habían despertado y, escondidos cada uno tras sus gafas de sol, tomaban un poco de café que acababan de hacer. Me senté con ellos y mientras nos tomábamos el café fuimos rememorando la noche anterior hasta que recordamos la herida de la pierna de Miguel.

Aquello no tenía buen aspecto, alguien debía de echarle un vistazo, así que decidimos que recogeríamos, comeríamos algo en plan rápido e iríamos al hospital para que se lo mirasen. Pero Miguel quería pasar por casa para recoger ropa antes de ir y era casi imposible que le diese tiempo a estar antes de las seis de la tarde, que era el último turno, para poder entrar en la UCI a ver a Sara. Así que decidimos que yo dejaría a Fernando y a Miguel en casa y que me acercaría al hospital para ver cómo seguía Sara. Sin más dilación nos pusimos en marcha. Recordando ahora lo que pasó, no entiendo cómo Miguel no pensó en lo que podía pasar. El tráfico a aquellas horas de la tarde era importante, pero conseguí que me diese tiempo de dejar a Fernando y a Miguel en casa y, con el tiempo justo, me personé en la puerta de la entrada de la UCI.

La enfermera, una chica que se llamada Susana, que ya me conocía por acompañar en innumerables ocasiones a Miguel, me llevó a una pequeña sala para que dejase mis pertenencias y me pusiese una bata, un gorrito y unas polainas de color verde. Una vez vestido, me guió por el largo pasillo hasta la puerta de la habitación de Sara y allí se despidió diciéndome que acababa su turno y que tenía solo diez minutos para la visita.

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