22/10/2019

El ‘Orgullo LGTBI’ de Vox

7 abril, 2019
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Hay un hecho incontestable: Santiago Abascal se ha convertido en un icono sexual entre muchos gays. Frente al modelo twink o relamido de Sánchez, Casado y Rivera, y frente al aspecto hipster a destiempo de Pablo Iglesias, Abascal representa bien al machote de virilidad incuestionable: rudo, sin pelos en la lengua pero con pelos en todos los demás sitios, feromónico, de abdomen ancho pero recio, jinete de masculinidad soberbia.

No me extraña que haya despertado la admiración erótica dentro del mundo gay, tan proclive a los mitos épicos. Lo que me extraña más es que, además de follárselo, algunos gays –muchos gays, según varias fuentes– quieran votarlo. El amor romántico ha sido causa de muchos desmanes a lo largo de la historia de la humanidad. Ha arruinado la vida de muchas personas. Ha provocado guerras, torturas y hasta reality shows insufribles.

Pero en estos tiempos del siglo XXI, en la modernidad futurista, en la era de la Inteligencia Artificial, cabría esperar que el semen no borrara las conexiones neuronales. Se folla a un cacho de carne; se ama y se vota a un ser humano.

En uno de los programas de Risto Mejide, Todo es mentira, el periodista David Moreno salía a la calle a preguntarles a los votantes de Vox acerca de los derechos del colectivo LGTBI. Uno de los entrevistados, veinteañero, explicaba: “Yo tengo muchos amigos que votan a Vox y son gays. Porque aquí cabe cualquier persona. Si esto va por España, da igual ser gay, negro, mujer, hombre, abuelo, cualquier cosa”.

Ese mismo chico decía sobre la transexualidad: “Lo que no puede ser es que tú llegues a la Seguridad Social y no te pongan brackets, y llegue una mujer que se quiere hacer hombre y se haga hombre, gratis. No ponen brackets, pero una mujer que se quiere poner un pene se lo puede poner”. Y una chica de su misma edad ratificaba: “A lo mejor a mí no me gusta mi nariz y no por ello me van a pagar una cirugía de nariz”.

¿Se puede ser de ultraderecha y homosexual? Más aún: ¿se puede ser de derechas y homosexual? Pues teniendo en cuenta que la Asociación de los Judíos de la Nación Alemana pidió públicamente el voto para Hitler en las elecciones de 1933, es evidente que sí. La estupidez humana no conoce límites. Ser lesbiana, transexual o gay no te hace más inteligente, pero sería razonable pensar que te hace más sensible a la injusticia de la marginación.

Sería razonable pensar que te da una experiencia sobre la discriminación social que, bien empleada, te vuelve más empático, más tolerante y más comprensivo con los males del mundo. Ser homosexual y votar a Vox es como ser judío y votar a Hitler. Porque el apartado LGTBI o el apartado feminista no son uno más de los apartados de un programa electoral: afectan a su núcleo, a la forma de mirar el mundo, a la identidad y a la esencia de la convivencia política.

No tienen nada que ver con la presión fiscal, con la inversión en infraestructuras o con el funcionamiento de la policía. No tienen nada que ver con España. Tienen que ver solo con los derechos humanos. Y quien no respeta los derechos humanos es imposible que gestione bien el resto.

Se puede amar a España, pero no vives con ella, no te acuestas con ella, no compartes con ella una enfermedad o una sesión de cine. Por eso, ser homosexual y votar a Vox –o a quienes piensan como Vox– es una psicopatología peligrosa. Si detrás de ello hay un instinto erótico hacia Abascal, hay que reconducirlo con bromuro, que, según contaban, es lo que les echaban a los soldados en la comida para alejarles de la tentación.

LUISGÉ MARTÍN ES ARTICULISTA Y ESCRITOR.
SU ÚLTIMA OBRA PUBLICADA ES EL ENSAYO EL MUNDO FELIZ (ANAGRAMA).

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