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27/06/2022

Roberto Pérez Toledo: el adiós a una de las grandes voces del cine LGTB contemporáneo

7 febrero, 2022
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La repentina muerte de Roberto Pérez Toledo el pasado 31 de enero nos sorprendió enormemente y deja un enorme vacío. Recordamos a un autor único que siempre apostó por la diversidad y la visibilidad LGTB.

Sería el año 2007, con apenas veinte años recién cumplidos, cuando el mundo me cruzó, de forma fugaz, con el director Roberto Pérez Toledo. Nuestro encuentro se dio a través de Fotolog, esa plataforma que a las nuevas generaciones les sonará a la prehistoria de las redes sociales.

Allí nos intercambiábamos mensajes en los me contaba que quería dedicarse al cine –de hecho, ya había dirigido algún cortometraje–, y yo, que también lo estaba intentando en aquellos años, rápidamente vi en él un compañero de fatigas, un lugar seguro en el que apoyarme para transitar por el largo, espinoso y aciago mundo de la creación audiovisual.

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Nuestra relación virtual duró muy poco. No seré de los que exageran la amistad con alguien una vez que se ha marchado. Rápidamente me di cuenta de que esa profesión no era para mí, y pronto desistí del sacrificado mundo del cine, mientras que él siguió adelante. Es más, lo intentó con todas sus fuerzas. Tanto que al final lo consiguió.

Y es que Roberto es –todavía me cuesta hablar en pasado– una de las grandes voces del cine LGTB contemporáneo. Es el último eslabón de una estirpe de directores que hicieron de la diversidad su seña de identidad, así como el eje central de sus discursos: hablamos de autores como Ventura Pons en los años 70, Pedro Almodóvar en los 80 o Félix Sabroso y Dunia Ayaso en los 90.

Él recogió el testigo y dio continuidad a este tipo de relatos. Ha sido, por tanto, el encargado de actualizar el discurso cinematográfico, un discurso postmatrimonio igualitario, y de llevar las historias LGTB al mainstream, sobre todo las relacionadas con chicos. Hombres guapos, historias tiernas y mucho, mucho amor.

Cualquiera que viera sus cortos –y sus dos películas en solitario, Seis puntos sobre Emma (2011) y Como la espuma (2017)–, ya fuera una ama de casa o un adolescente despistado, podía sentir empatía con estas historias, que, al fin y al cabo, tan solo hablaban de sentimientos. Porque Roberto Pérez Toledo no deconstruyó el amor, tampoco lo transformó ni luchó contra las relaciones románticas. Ni falta que le hizo. Simplemente se limitó a mostrar en pantalla el amor entre dos cuerpos del mismo género, algo que ya estábamos hartos de ver en las historias de chico-conoce-a-chica.

Sus guiones eran pedagógicos. No solo nos hablaban de la diversidad sexoafectiva, Roberto también aprovechaba para tocar temas como la diversidad funcional o la lucha contra el estigma del VIH, entre otros. Además, su trabajó nos ayudó a muchos, ya no solo como espectadores, sino también como docentes.

Hace unos meses yo impartía un taller para adolescentes de 14 y 15 años en el que se intentaba educar en diversidad a través del cine y las series. En una de las sesiones proyectábamos un cortometraje suyo, Sí a todo, en el que un chico intentaba pedirle una cita a otro, que era sordo. Con esta pieza queríamos, entre otras cosas, mostrar cómo en algunas ocasiones varios tipos de diversidad interseccionan en una misma persona.

El caso es que todos los chicos se quedaban embobados viendo el corto, y yo quise escribirle a Roberto para contárselo, puesto que sabía que le haría ilusión. Pero pasó el tiempo y nunca le enviaba el mensaje. Lo posponía una y otra vez, pensando que ya tendría tiempo de hacerlo, hasta que finalmente se me olvidó por completo. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho porque ya nunca lo podré hacer.

Su último trabajo, Manual básico de lengua de signos para romper corazones, suponía su primera incursión en el teatro, y lo hacía por todo lo alto: ni más ni menos que en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional. El mismo día en el que escribo estas líneas, Roberto y sus actores tenían previsto un encuentro con el público después de la función.

Pero él, al igual que su adorado E.T., no pudo esperar para marcharse a las estrellas. Y, al igual que el extraterrestre, nos deja un corto adiós, pero un largo recuerdo. A Roberto Pérez Toledo siempre le gustó sorprender.

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