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Homosexual y transgresor: por qué Eduardo Casanova no recibe aplausos como Bad Bunny

1 marzo, 2022
Léetelo en 6 minutos

La reciente polémica generada por la reacción en redes a la manera en que Eduardo Casanova vistió en los Goyas nos lleva a reflexionar sobre por qué a él se le insultó de forma desmedida mientras que a Bad Bunny se le alaba cuando se pone un vestido “de mujer”.

La música de Bad Bunny, como la de muchos cantantes de reguetón, consiste en la total y desacomplejada celebración de uno mismo. El puertorriqueño llena sus canciones con frases como “está cabrón ser yo”, “el mundo es mío” o “tamos bien, yeh, sobran los billetes de cien”.

Esa confianza y seguridad consigo mismo, esa comodidad en su propia piel, es uno de los pilares de su éxito: cuando escuchas a Bad Bunny te contagias de todo eso y te da por mover el culo. El mundo no es de Eduardo Casanova.

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El director de Pieles, que creció siendo “el niño mariquita de España” por su papel en Aída, basa su estilo y su obra artística en los parias. En su cine (ya sean cortos o largometrajes), Eduardo Casanova siempre busca contrariar y epatar al que mira, y lo suele hacer descontextualizando, recargando o afeando elementos que normalmente son percibidos como agradables, delicados o infantiles.

Esta improbable comparación entre dos personas de universos tan alejados y ajenos entre sí ha surgido en las últimas semanas por las fotos virales de ambos vistiendo ropa tradicionalmente femenina. Bad Bunny protagonizó una campaña de Jacquemus luciendo un vestido ajustado rosa; Eduardo Casanova se presentó en los Goya con un traje negro adornado con grandes lazos rosas.

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El primero fue aplaudido por demoler las barreras de género en la moda, el segundo ha sido ridiculizado y atacado con virulencia, recibiendo insultos homófobos y serófobos. ¿Son las mismas personas quienes alabaron a Bad Bunny y quienes insultaron a Eduardo Casanova? Seguramente no, pero el alcance de las reacciones y el carácter general de las distintas respuestas invitan a sacar varias conclusiones.

La más obvia y evidente: la homofobia que tiene que sufrir uno, el otro ni la huele. ¿Por qué? Bad Bunny, como Brad Pitt en 1999 en una foto casi idéntica o Kurt Cobain unos años antes, es un heterosexual que juega con los límites de los roles de género precisamente porque está muy cómodo dentro de ellos.

La historia reciente de la música está llena de hombres heterosexuales o bisexuales con elementos andróginos y estilos de moda más o menos femeninos (de David Bowie a Marilyn Manson, incluso Elvis se maquillaba en los años 50), y hoy en día tenemos a Harry Styles o cualquier integrante de una banda de K-pop.

El establishment lo asimila y lo permite porque se ve como una travesura, una rebeldía, un toque exótico e incluso sexy dentro de lo aceptado. De hecho, el look del puertorriqueño destacaba sus piernas fuertes y tatuadas y sus brazos, flexionados para resaltar sus bíceps como signo de virilidad. Eduardo Casanova, en cambio, lucía un llamativo maquillaje de querubín, el pelo teñido de rosa y un escote que dejaba ver sus esbeltos hombros, atributo ligado típicamente a la mujer. Él no está ‘jugueteando’ sino constatando y resaltando su inherente feminidad.

También es una propuesta que va en consonancia con su arte, que busca provocar e incomodar: llevaba lazos rosas de tamaños desproporcionados, bonitas cuerdas que ataban sus brazos como si fueran cadenas y pecas que le aniñaban el rostro con un resultado desconcertante.

Las fuertes opiniones eran de esperar; lo que es escandaloso es que algunos hombres homosexuales necesitaran dejar claro que ese tipo de gay no les representa, recordándonos cuánta homofobia, plumofobia y misoginia corre entre los nuestros, y también en nosotros mismos.

Mientras se compartían las fotos del look de Eduardo Casanova se fue viralizando un vídeo de unos Goya pasados en el que pedía más dinero público para el cine y decía que es importante hacer cultura antifascista. También se volvió a difundir un bulo que asegura que Pieles recibió una subvención de un millón de euros (está más que refutado: el ICAA le otorgó una ayuda de 12.000 euros para su proyección en el Festival de Berlín).

Pasó todo con tal fuerza y eficacia que uno podría pensar que fue un ataque orquestado. ¿A quién puede incomodarle tanto un cineasta homosexual, libre y transgresor que aboga por una cultura antifascista?

Javier P. Martín es periodista de cultura. Colabora con medios como ICON (El País), Fotogramas E InfoLibre, y tiene dos podcasts, Sesión golfa y Perdidas: We Have to Go Back
ILUSTRACIÓN: IVÁN SOLDO

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