Febrero es, tradicionalmente, el mes asociado al amor. San Valentín llama a las puertas de los enamorados para inundar sus rutinas de flores, corazones, bombones y todo tipo de expresiones románticas. El lugar de trabajo, el instituto o el colegio se convierten por un día en las improvisadas trincheras de Cupido para cualquiera que esté dispuesto a sucumbir a sus encantos. Incluso en hospitales o lugares menos amables parece que la cruda realidad se suspende por un rato para prestar atención plena a las prácticas románticas.
Si lo pensamos bien, y sin tener en cuenta los engranajes empresariales que hay detrás de esta festividad, la iniciativa es incluso sanadora, dados los tiempos que corren. Vivimos en un mundo en el que el odio y el enfrentamiento han tomado el poder y se han convertido en la tónica habitual en cualquier espacio, tanto público como privado. Así pues, centrarse en lo agradable de la vida se convierte en algo disruptivo y casi contracultural, por mucho que, a cambio, tengamos que comulgar con el capitalismo.

No obstante, esta desaforada celebración del amor no siempre me resultó tan complaciente. Aún recuerdo aquellos años de colegio en los que me sentía fuera de todo cuando veía a los chicos más populares volviendo triunfantes a sus casas con enormes manojos de rosas que les habían ido regalando a lo largo del día. Las chicas suspiraban por ellos y se lo hacían saber a través de un detalle floral o, si se venían arriba, hasta con un peluche.
«Se puede ser feliz sin necesidad del amor romántico, la idea de pareja y la monogamia»
A mí todo esto me resultaba bastante conflictivo, por no decir incómodo, debido a varios factores. Por un lado, envidiaba aquella popularidad que hacía que algunos chicos ascendieran (o se mantuvieran) en el Olimpo de los guais, de los que molan, de los que tienen toda la aceptación social que es capaz de concentrarse en un patio de recreo. Por otro lado, siempre me veía obligado a claudicar ante los ritos sociales y acababa regalando flores a las chicas, cuando lo que yo realmente quería era ser un groupie más de esos chicos de sonrisa nacarada, máximos goleadores de la liga estudiantil. Y ya, para terminar de coronar la experiencia, nadie me regalaba rosas a mí, puesto que, como buen niño mariquita que era, ¿quién iba a hacerlo, si no había aspiraciones románticas?
Todo ello convertía el 14 de febrero en una derrota que me hacía volver a casa con la cabeza gacha y plantearme, una vez más, un buen puñado de preguntas: ¿Qué había mal en mí? ¿Por qué no me regalaban rosas? ¿Por qué yo quería regalárselas a quien no debía? ¿Iba a quedarme solo toda la vida? Por suerte, el tiempo pasó y acabé descubriendo que no estaba solo, sino que había estado buscando en el lugar equivocado.

Ilustración: Iván Soldo
Con los años entendí que no había tenido los referentes suficientes para darme cuenta de que otras formas de relación romántica eran posibles; que podía enamorarme y celebrar San Valentín sin necesidad de comulgar con las rígidas reglas de la normatividad. Es más, mucho tiempo después también descubrí que se puede ser feliz y sentirse completo sin necesidad de acudir al amor romántico, a la idea de pareja, a la monogamia o incluso al propio San Valentín.
«Todas las formas de querer son válidas a la hora de expresar nuestros afectos»
Me di cuenta, en definitiva, de que el amor no es uno, sino que son muchas las formas de querer y que todas son válidas a la hora de expresar nuestros afectos. Eso sí, ojalá no hubieran tenido que pasar veinte años para darme cuenta de que no había nada malo en ese niño sin flores, sino que era el mundo el que la estaba cagando. Así que, si algo nos deben enseñar estas experiencias pasadas, es que tenemos que empezar a poner en valor la diversidad en todas sus formas a la hora de celebrar San Valentín y todas las fiestas en las que, a priori, la heterosexualidad viene impuesta. Esta será la mejor manera de darles a los niños la oportunidad de mirar más allá del amor normativo y de que no se vean obligados a recorrer parte de un camino que, a lo mejor, no es el suyo.


