La ópera es como un dry martini: un cóctel supuestamente sencillo, pero que, a la postre, no resulta serlo tanto. En teoría, con unos simples ingredientes se tendría que conseguir el resultado ideal. Buena música, voces y escena, todo bien combinado [ginebra, vermú seco y un twist de limón, en el mundo coctelero] tendría que dar lugar a la noche perfecta. Con La novia vendida, de Bedřich Smetana, se consigue la magia, el cóctel perfecto, en el Teatro Real de Madrid.
Pues sí, la ópera es como un dry martini: si sale bueno, el resultado es de muerte. Pero, si esa simple combinación no mezcla bien, te quieres morir. Y puede ser bien por malas artes del ‘coctelero’, bien porque, como ya apuntamos, ese sencillo combinado no es tan sencillo y no siempre mezcla bien. En esta ocasión no es el caso, y el éxito de La novia vendida la noche del estreno fue absoluto. Ovación de las que se recuerdan.
Los ingredientes son de muy buena calidad. La ópera de Smetana es «una obra irresistible», en palabras de Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real. Una obra que bebe del singspiel en alemán (con Mozart y Las bodas de Fígaro como referencia), de la ópera buffa italiana y la opéra comique francesa. Todo ello aderezado con el folclore y la música popular checa. Estrenada en Praga en 1866 con diálogos, al estilo de una ‘zarzuela checa’, y reestrenada en 1870 ya como ópera con las partes habladas a modo de recitativos, está considerada como la primera ópera checa de la historia, justo en esos años en los que los pueblos del imperio astrohúngaro buscaban su identidad.

Svetlana Aksenova (Mařenka) y el Coro Titular del Teatro Real en La novia vendida, que se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
A Madrid llegó, a este mismo Teatro Real, en 1924, hace ahora ciento dos años. La larga espera hasta su regreso a este escenario (en los setenta se representó un par de veces en La Zarzuela) ha merecido la pena. Esta nueva producción del coliseo (en coproducción con la Opéra National de Lyon, Oper Köln y Théatre Royal de La Monnaie, teatros en los que se verá tras su estreno en Madrid) está destinada a convertirse en uno de los grandes éxitos de la temporada.
Gustavo Gimeno, director musical del Teatro Real, regresa al foso de la Orquesta Titular de la casa, y se llevó los primeros bravos de nada más comenzar la velada al terminar la obertura, que sonó trepidantemente delicada. Se notaba ya por dónde iban a ir los tiros. Y no se equivocó el respetable con esos bravos: fue a más minuto a minuto, regalándonos una noche maravillosa con esta deliciosa ópera, con una música encantadora, pero no por ello nada simple ni para la orquesta ni para las voces.
La genialidad de Laurent Pelly
Es en las voces donde estuvo otro de los puntos fuertes de noche: un estupendo y compacto reparto, brillante tanto en la parte musical como actoral, tarea nada fácil con la complicada caracterización de todos los personajes. La soprano rusa Svetlana Aksenova está magnífica como Mařenka, la novia a quien su prometido ‘vende’ para que se case con Vašek, el tenor vasco Mikeldi Atxalandabaso, espléndido en este cómico rol. Pero todo es un engaño de Jeník, el tenor checo Pavel Černoch, quien enreda al casamentero Kekal, el bajo austriaco Günther Groissböck, ante los ojos atónitos de Krušina, el barítono catalán Manel Esteve, y su esposa Ludmila, la soprano madrileña, María Rey-Joly ambos fabulosos en estos tragicómicos, y nada fáciles, papeles de los padres de Mařenka. Toni Marsol (Micha), Monica Bacelli (Háta), Jaroslav Brezina (Comediante Principal), Rocío Pérez (Esmeralda) y Ihor Voievodin (Indio) completan un elenco de altura con estos divertidísimos roles secundarios.
La indiscutible genialidad de Laurent Pelly (como muestra de ella hay en el Real varios botones: La hija del regimiento, en el año 2014; Hansel y Gretel, en 2015: El gallo de oro, 2017; Falstaff , 2019; El turco en Italia; 2023 y Los maestros cantores de Núremberg, en 2024) presenta una puesta en escena divertida, brillante y vibrante, inspirada, según él dice, en los dibujos animados checos de los años cuarenta. El arranque del primer acto, tras la ovacionada obertura es, sencillamente, magistral, con un perfecto y muy complicado movimiento del amplísimo coro en el inmenso escenario del Real casi desnudo.
Pero es que el talento del director de escena francés es tan grande como el escenario del teatro. Pelly, también responsable del vestuario, crea un espectáculo con elementos reciclados de los almacenes del coliseo así como de otros lugares para recrear las casas de los campesinos checos, con una más que eficaz escenografía de Caroline Ginet. La minuciosa dirección de actores, el movimiento escénico, la iluminación, los figurines… todo rema a favor de una función redonda, que consigue que una historia como esta, en la que unos hombres traten a una mujer como un ‘objeto vendible’, pueda ser puesta en escena hoy sin que haya que hacer estúpidas actualizaciones, tan frecuentes como generalmente mal planteadas. La obra se ve como lo que es, una comedia con final feliz, en la que los personajes no tienen maldad, sino que está contada como se contaban las cosas a mediados del XIX. La inteligencia de Pelly desmonta muchas cosas que tenemos que tragarnos en las revisiones de estos primeros años del XXI.

María Rey-Joly (Ludmila), Günther Groissböck (Kekal), Manel Esteve (Krušina) en La novia vendida, que se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
En una obra como esta el Coro Titular del Teatro Real, dirigido por José Luis Basso, vuelve a brillar como en sus noches más gloriosas. La parte coral tiene un gran protagonismo en esta ópera de Smetana, y la formación fue una de las grandes triunfadoras en el estreno. El extenso papel del coro es complejo, no solo en el lado musical, sino también a nivel escénico. Hay mucho trabajo para conseguir un triunfo como el de la noche de estreno. Por otro lado, se nota que el público del Teatro Real ‘quiere’ a sus cuerpos estables; eso es el mejor signo de la madurez de un teatro de ópera.
El coliseo madrileño lleva años poniendo toda la carne en el asador en este tipo de títulos alejados del repertorio convencional. El pasado mes de marzo se consagró como punto de referencia mundial en el ‘universo Britten’ con una brillante propuesta de El sueño de una noche de verano tras varias temporadas subiendo a su escenario, también de manera magistral, varios títulos del compositor británico. Ese camino está dando como resultado grandes noches de ópera. La temporada pasada tuvimos varios ejemplos, como El cuento del zar Saltán, de Rimski-Kórsakov.
El estreno de La novia vendida vuelve a poner al escenario de la Plaza de Oriente en la liga de la excelencia operística. En este caso, ópera bufa, algo muy de agradecer porque, como canta el coro al comienzo del segundo acto, «ya bastantes preocupaciones hay en el mundo». El libreto de Karei Sabina tiene partes que no están tan desfasadas…
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Svetlana Aksenova (Mařenka) y el Coro Titular del Teatro Real en La novia vendida, que se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
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La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
La novia vendida, de Smetana, se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.
María Rey-Joly (Ludmila), Günther Groissböck (Kekal), Manel Esteve (Krušina) en La novia vendida, que se acaba de estrenar en el Teatro Real. Foto: Javier del Real.


