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‘Juana de Arco en la hoguera’, Marion Cotillard y el triunfo (rotundo) del coro y la orquesta del Teatro Real

8 junio, 2022
Léetelo en 3 minutos

Este oratorio de Arthur Honegger llega en una especie de programa doble en el que primero, y a modo de prólogo, podemos disfrutar de una exquisita La damoiselle élue de Claude Debussy.

Brutal. Es lo menos que se puede decir de esta Juana de Arco en la hoguera en la que Marion Cotillard debuta en las tablas madrileñas con un montaje bestial de Àlex Ollé (La Fura dels Baus), que divide el inmenso escenario del Teatro Real en dos partes: arriba, el cielo; abajo, la tierra, que para el director teatral no es otra cosa que “el infierno”. Uno de los (muchos) aciertos teatrales de esta apuesta furera.

Marion Cotillard es la estrella indiscutible del cartel. Pero estamos hablando de una obra en la que el coro tiene un no menos indiscutible papel protagonista. Y el Coro Titular del Teatro Real –el Coro Intermezzo a las órdenes de Andrés Máspero– se consagra, y enamora a un público, el del estreno, que se vino abajo para ovacionarlo. No era para menos, y es de justicia rendirse ante el gran triunfador de esta Juana de Arco en la hoguera que acaba de llegar a Madrid.

Juanjo Mena, el director musical, que debuta en el foso del Real, consigue que la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid) demuestre no solo su versatilidad, sino que nos recuerde una vez más que podemos estar más que orgullosos de los cuerpos estables de nuestro principal teatro de ópera. Sobre todo en una noche que comienza con Debussy y continúa con esta apasionante partitura de Honegger, compositor suizo del parisino ‘Grupo de los Seis’ que bebe de las influencias francesas de la época, del surrealismo, el neorromanticismo alemán, pero también del music hall o el cabaré; de Poulenc a Kurt Weill (aunque este último no sea del citado grupo).

Cuando podemos disfrutar de los cuerpos estables de nuestro teatro en estas maravillosas condiciones, en una función tan redonda como esta, es cuando podemos decir, y bien alto, que estamos en la primera división de la ópera internacional.

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No es fácil llevar esta semi ópera, u oratorio –que en su momento fue considerada como la ‘anti ópera’– a escena. Es un título desconocido y complicado. No es una obra que sea fácil para el público, y tiene un grandísimo poso espiritual, religioso. Por eso es tan importante una cabeza de cartel del tirón de la oscarizada actriz gala Marion Cotillard para dar vida a esta heroína francesa, una mujer que fue quemada en la hoguera por blasfema y que en 1920 (es decir, dieciocho años antes del estreno de esta obra) fue elevada a los altares por el Papa Benedicto XV.

Cotillard crea una santa Juana de Arco atemporal. Àlex Ollé, el director de escena, la viste en vaqueros y camiseta para que sea una mujer de hoy, pero precisamente con esa idea de que no pertenezca a una época concreta. Y la rodea de un coro de verdugos, desnudo de cintura para abajo con prótesis-penes, que pide, sin piedad, su muerte en la pira. Amplificar el sonido a la actriz (que recita e interpreta maravillosamente bien los textos de Paul Claudel, y se mete en la piel de esta mujer que rompió moldes y géneros, vistiéndose de hombre para honrar a su patria, una Francia que entonces no existía como tal) distrae un poco. El sonido amplificado en un actor es veneno para el teatro, y más en una sala con una acústica tan perfecta como es la del Real. Pero quizá no había otra posibilidad de hacerlo con un coro y una orquesta tan rotunda.

Marion Cotillard con el Coro del Teatro Real. [fotos: Javier del Real]

Conoce el papel a la perfección, pues no solo lo ha interpretado varias veces, sino que lo ha heredado de su madre, también actriz, aunque no de su fama. Y fue precisamente eso, su fama, la que ha llevado al Real a la crème de la crème de cine patrio: Pedro Almodóvar, Fernando León de Aranoa, Toni Acosta, Ana Belén, Goya Toledo, Ángela Molina, Aitana Sánchez-Gijón, Emma Suárez, Carmen Maura… Todos querían ver a la Cotillard en su debut en España. Y la actriz no defraudó.

El montaje tiene el sello furero. Una vez más, como no podía ser de otra manera, el público se dividió en los saludos. El comienzo, con la cantata de Debussy La doncella elegida (1888) es bellísimo, de una exquisitez sublime con una delicadísima Camilla Tilling. El cielo, arriba; la tierra abajo. La transición a la obra de Honegger (1938) se hace con un sonido pregrabado mientras se van la mitad de los músicos de la orquesta y entran otros para esta partitura que introdujo las hoy famosas ondas Martenot en los fosos de los teatros de ópera.

Dos momentos del impactante montaje, que tiene una inconfundible estética furera.

La puesta en escena es brutal, descarnada. Tanto que el (espléndido) Coro de Pequeños Cantores de la Jorcam sale encerrado en una jaula. Abajo sigue el infierno y arriba un cielo que convierte las mantas de aluminio que cubren los cadáveres de los accidentes en las carreteras en una estética naíf. Pero no se entiende que nadie se moleste por ello en la puesta en escena de una partitura que pasa del ‘neo gregoriano’ a la música de cabaré.

Todo funciona a la perfección en una puesta en escena mastodóntica, pero a la vez, extremadamente cuidada en los pequeños detalles, con una iluminación y proyecciones de vídeo realmente increíbles.

El Teatro Real encara su fin de temporada con un nuevo éxito, saldando de paso otra nueva deuda del coliseo con el siglo XX. Tras El ocaso de los dioses, el pasado mes de enero, y El ángel de fuego, en marzo, las llamas parecen haberse apoderado del Real. Pero es un fuego purificador que nos hacía mucha falta.

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