Hace poco se ha reavivado la viejísima polémica sobre el outing con las declaraciones de la analista política Sarah Santaolalla, que afirmó en un tuit que sabía con qué hombres se acostaba el agitador de ultraderecha Vito Quiles, dando por sentado que este era homosexual o bisexual. Enseguida se organizó una pelea en redes sociales entre los defensores de que sacar a alguien del armario siempre es violencia, aunque el afectado sea un miserable homófobo, y los defensores de que, en determinados casos, el outing puede entenderse como una forma legítima de denuncia de la hipocresía.
El problema es que esa discusión sigue planteándose con categorías de otro tiempo. El outing es, en buena medida, un concepto pasado de moda. Nació cuando revelar la homosexualidad de alguien podía arruinarle la vida: dejarle sin trabajo, sin familia, sin prestigio o incluso sin seguridad personal. Hoy, en un país como España, ese escenario ha cambiado de forma radical.
«Hablar de la homosexualidad de alguien (salvo que sea un futbolista) puede hacerse casi sin consecuencia»
La homosexualidad está normalizada en la ley, en los medios y en buena parte de la vida cotidiana. Eso no significa que no existan costes o prejuicios, pero sí que son, en términos generales, incomparablemente menores que los de hace apenas unas décadas, y que hablar de la homosexualidad de alguien –salvo que sea un futbolista– puede hacerse casi por descuido, sin ninguna intencionalidad ni consecuencia.

Por eso, el marco moral clásico chirría en 2026. Decir que el outing es siempre violencia resulta excesivo en una sociedad en la que salir del armario ya no implica una condena. Y decir que el outing en el fondo tiene siempre un poso de homofobia es sencillamente un disparate retórico que no se sostiene de ninguna manera: hay que recordar que lo que se denuncia no es la homosexualidad, sino la impostura. La hipocresía.
El ejemplo más evidente en los últimos años fue el del eurodiputado húngaro József Szájer, sorprendido en 2020 huyendo por una ventana tras participar en una orgía en Bruselas, mientras su partido promovía políticas abiertamente homófobas. Lo relevante no era que fuese gay ni que participase en orgías –aunque era en plena pandemia–, sino que defendiera recortes de los derechos LGTBIQ+ en su país y en toda Europa.
«Confieso que hoy día el outing me parece casi un acto anodino»
Yo confieso que vi con simpatía el outing incluso en los tiempos en los que era un acto político de primera magnitud, hace dos o tres décadas. Hoy me parece casi un acto anodino. No es cierto –por mucho que se repita– que ataque la intimidad de un individuo: lo que ataca es la mentira, la falsificación, la hipocresía y la doble moral. Lo que en 2026 debemos entender por ‘intimidad’ es algo mucho más privado que la tendencia sexual de una persona.
Por eso el outing, hoy, es únicamente una forma de control democrático elemental. No pone el dedo en la identidad sexual de alguien, sino, como mucho, en sus contradicciones. Y en estos tiempos esquizofrénicos en los que el fingimiento se ha convertido en moneda corriente, señalar el fraude es casi un deber moral.


