El reciente estreno de la película Tal vez, de Arima León, devolvió a la luz una de las historias más silenciadas de nuestra cultura: el romance clandestino que vivieron la trapecista Pinito del Oro y la poeta Natalia Sosa Ayala a finales de los años sesenta. Un idilio nacido entre bambalinas que desafió las rígidas normas de la época desde la intimidad de sus cartas. En la pantalla, Adriana Ugarte (como Pinito) y la canaria Tania Santana (como Natalia) dan cuerpo y alma a este emotivo reencuentro con nuestra memoria.

Imagen de Tal vez. Foto: Julia Quintana
El destino las conectó en 1968. María Cristina del Pino Segura (Pinito del Oro) era una estrella internacional que volaba a catorce metros de altura sin red. Al preparar su retirada de las lonas, buscó una pluma sensible para redactar sus memorias. Fue entonces cuando apareció Natalia Sosa Ayala, una de las voces literarias más profundas de la isla de Gran Canaria. Para documentar el libro, la poeta se subió a la caravana del Circo Price y la acompañó durante su gira por la península.
Compartieron kilómetros, camerinos y noches infinitas. En ese entorno nómada, rodeadas de fieras y serrín, la admiración mutua se transformó en una atracción eléctrica. Quienes las conocieron en aquella gira recordaban la estampa diaria de Natalia sentada al pie de la pista, absorta, observando cada ensayo y anotando palabras que luego cobraban vida por las noches. La poeta descubrió que la imponente trapecista, descrita a menudo por la prensa como una mujer fría y distante, guardaba en realidad la fragilidad de la niña que apenas pudo ser debido a la rigidez de su disciplina circense. Pinito, por su parte, encontró un refugio intelectual inédito en los ojos de la escritora.
Sin embargo, el idilio profesional y afectivo levantó sospechas en el asfixiante entorno de la dictadura, provocando que el encargo oficial de la biografía terminara por romperse de forma abrupta. Vivieron un amor ardiente que se vio abocado a la distancia. Aun así, consolidaron su unión a través de una intensa correspondencia secreta que sorteó la censura de la época durante décadas. La propia Natalia dejó escrito en sus cuadernos una declaración directa que resumía la entrega de aquel romance clandestino frente a los kilómetros que las separaban: «Donde tú escribes ‘un beso’, yo pongo mi boca. Adiós, querida mía».

Imagen de Tal vez. Foto: Julia Quintana
Los últimos años: el refugio de dos mitos
La huella de aquel romance de juventud permaneció imborrable, aunque el día a día terminó por separar sus caminos. Natalia Sosa sufrió en 1989 un gravísimo ataque cerebral que le provocó una hemiplejia irreversible. Aquel revés físico forzó su jubilación anticipada, pero no logró apagar su voz.
Se aferró a las letras como salvación y, desde su silla de ruedas, continuó vertiendo su lucidez en poemas cargados de dolor y en artículos de opinión para la prensa local. La escritora falleció el 13 de noviembre del año 2000 en la ciudad que la vio nacer, consolidada hoy como una creadora de culto que prefirió el éxodo interior antes que la sumisión a los dogmas de su tiempo.
Por su parte, tras su retirada definitiva de las alturas en los setenta, la gran trapecista regresó a su isla para convertirse en empresaria, e inauguró el Hotel Pinito del Oro. También se dedicó a la narrativa y publicó varias novelas. Sus últimos años transcurrieron con total discreción en su casa del barrio de Guanarteme. Aunque arrastraba las secuelas físicas de tres graves accidentes en el aire, conservó siempre una enorme lucidez y elegancia.
Recibió el Premio Nacional del Circo, la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo en las Bellas Artes y con orgullo la Medalla de Oro de Canarias y el cariño constante de una isla que jamás la olvidó. Pinito del Oro falleció el 25 de octubre de 2017 en su ciudad natal de Las Palmas de Gran Canaria.
Dos mujeres extraordinarias que, en un momento en el que estaba prohibido querer a contracorriente, se atrevieron a amarse sin red de seguridad. El tiempo, por fin, les hace justicia.


